Era Aurora

C3: Voces Contra el Cambio

La publicación del informe desató una tormenta. Para la mayoría de la población, la idea de dar responsabilidades a los hombres era absurda e incluso peligrosa.
—¿Quieres que dejemos nuestras investigaciones en manos de quienes no saben ni cuidar de sí mismos? —le gritó la senadora Leticia Maza en una sesión pública—. Hemos evitado catástrofes que ellos provocaron en el pasado, y ahora quieres devolverles el control?
—No se trata de darles el control —respondió Eunice con calma—, sino de darles oportunidades. El virus afectó ciertas capacidades, pero no todas. Si no les exigimos nada, nunca sabremos qué pueden lograr.
Algunas mujeres apoyaron su propuesta: entre ellas, las cuidadoras que trabajaban en los Refugios, que habían observado cómo algunos hombres florecían cuando se les daba una tarea sencilla pero clara. Pero la oposición era muy fuerte. Muchas asociaban a los hombres con los errores del pasado: las guerras, la contaminación, la desigualdad que ellas habían tenido que superar con tanto esfuerzo.
Para probar su teoría, Eunice obtuvo permiso para realizar un experimento pequeño: seleccionaría a diez hombres, entre ellos Javier, y les daría tareas adaptadas a sus posibilidades. No en los laboratorios más importantes, sino en áreas que nadie consideraba prioritarias: el cuidado de los bosques urbanos, la catalogación de archivos históricos, la atención a los animales silvestres.
Al principio los resultados eran inciertos. Javier tuvo dificultades para seguir horarios estrictos, y otro de los participantes abandonó al tercer día. Pero poco a poco, cosas sorprendentes empezaron a ocurrir: Javier descubrió una forma de guiar las raíces de los árboles para que no dañaran las tuberías subterráneas, un detalle que las ingenieras habían pasado por alto. Otros hombres desarrollaron una paciencia extraordinaria para ordenar documentos antiguos, y otro más aprendió a calmar a los animales heridos mejor que cualquier especialista.
Sin embargo, el éxito del experimento trajo un nuevo problema: algunos hombres empezaron a pedir más. Querían estudiar, querían viajar, querían ser reconocidos por lo que hacían. Y eso chocaba con una verdad que Eunice había evitado enfrentar: incluso si lograban desarrollar sus habilidades, la sociedad seguía considerándolos innecesarios.
—¿Por qué deberíamos cambiar nada? —le preguntó una de sus colaboradoras más cercanas—. Podemos reproducirnos sin ellos, podemos gestionar todo sin ellos. ¿Qué nos aporta darles un lugar?
Eunice no tenía una respuesta sencilla. Sabía que biológicamente eran necesarios, pero ¿qué pasaba con la ética? ¿Qué tipo de mundo habían construido si dejaban de lado a un grupo entero de seres humanos solo porque no encajaban en lo que ellas consideraban útil?




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