Mientras la sociedad avanzaba, aparecieron formas nuevas y más sutiles de discriminación.
En la capital, Javier —ahora coordinador de proyectos de adaptación tecnológica— se enfrentó a una situación que nunca imaginó: cuando fue invitado a dar una conferencia en la universidad más prestigiosa, le asignaron como tema “La perspectiva masculina en el trabajo manual”, aunque su investigación trataba sobre lógica de sistemas complejos.
—No queremos decir que su trabajo no sea valioso —le explicó la decana con tono amable—, pero su aporte único es esa forma práctica y sencilla de ver las cosas. Dejemos los temas teóricos a quienes llevamos años estudiándolos.
Al mismo tiempo, un grupo de hombres jóvenes que habían crecido fuera de los Refugios publicó un manifiesto donde expresaban su frustración: “Nos dicen que somos necesarios, pero solo mientras seamos diferentes. Si intentamos pensar como ustedes, nos dicen que nos sobrevaloramos. Si pensamos de otra forma, nos limitan a ser ‘los prácticos’ o ‘los sensibles’. ¿Cuándo nos dejarán ser simplemente quienes somos?”
Eunice y Javier organizaron entonces un foro abierto, sin jerarquías ni asientos reservados, donde todos podían hablar. Allí surgió una verdad incómoda: las mujeres habían pasado siglos definiendo su valor frente a la idea de “inferioridad” que les habían impuesto en el pasado, y ahora muchas repetían sin darse cuenta el mismo mecanismo, pero al revés: definían a los hombres por lo que no sabían hacer, en lugar de por lo que sí.
—Construimos un mundo donde nadie fuera juzgado por su género —reconoció una de las científicas más respetadas—, pero seguimos juzgando a todos por cómo creemos que deberían ser según su género.
El cambio más difícil no fue en las leyes ni en las instituciones, sino en la mente de cada persona. Se crearon grupos de diálogo en todas las ciudades, donde mujeres y hombres compartían sus miedos: ellas temían perder el control de lo que habían construido con tanto esfuerzo; ellos temían que nunca dejaran de verlos como un complemento o un recurso.
Meses después, Javier dio su conferencia. No habló de plantas ni de herramientas: habló de cómo la rigidez de las normas puede cegar incluso a las mentes más brillantes. Y al terminar, la sala entera aplaudió sabiendo que no lo hacían por ser un “hombre talentoso”, sino por ser un gran pensador.