Año 401 d.A.
Llegó al mundo la primera generación en la que niños y niñas crecieron con las mismas oportunidades, sin muros ni expectativas preestablecidas. Fue también la generación que puso a prueba todas las certezas de la Era Aurora.
Entre ellos estaba Lisa, nieta de Eunice, y Darien, hijo de Javier. Crecieron juntos en la misma escuela, aprendieron a pilotar aeronaves, a leer códigos genéticos y a escalar las montañas de los Andes. Pero pronto descubrieron que las diferencias no desaparecían, simplemente se volvían personales.
Lisa tenía una capacidad excepcional para organizar proyectos complejos y ver los riesgos antes de que ocurrieran. Darien, en cambio, se aburría rápidamente con los planes detallados, pero tenía una intuición sorprendente para conectar con las personas y encontrar soluciones creativas en situaciones caóticas.
Cuando juntos lideraron el proyecto de construir la primera base en Marte, surgieron los conflictos más fuertes.
—Si no seguimos el calendario, fracasaremos —le decía Lisa con firmeza.
—Si nos atamos al calendario, no veremos las mejores oportunidades —respondía Darien—. Hemos planeado cada detalle, pero nadie sabe cómo reaccionarán los suelos marcianos. Necesitamos margen para equivocarnos.
La tensión entre ellos reflejó el gran debate de la época: ¿cómo mantener la eficiencia y seguridad que habían permitido sobrevivir y avanzar, sin perder la flexibilidad necesaria para crecer?
Sus abuelos los observaban sin intervenir.
—Nosotros resolvimos el problema de la desigualdad —dijo Eunice a Javier—. Pero ellos tienen que resolver el problema de la diversidad. No se trata de igualar a todos, sino de trabajar juntos aunque sean diferentes.
Lisa y Darien aprendieron a combinar sus fortalezas: ella definía los objetivos y los límites de seguridad; él proponía las formas de llegar a ellos. Cuando la primera nave aterrizó en Marte, ambos pusieron la primera piedra de la base, y en la placa se leía: “No hay un único camino hacia las estrellas”.
Esa generación demostró algo importante: la condición genética que afectaba a los hombres no era una marca de inferioridad, sino una variante —igual que hay mujeres muy organizadas y otras muy creativas, hay hombres con más facilidad para la intuición y otros para el análisis. Lo que antes parecía un rasgo de todo un grupo, resultó ser solo el resultado de siglos de haberlos tratado a todos igual.