Era Aurora

C12: La Escuela Sin Respuestas Dadas

Javier viajó a Nueva Cali y buscó a Mila. Juntos propusieron crear un espacio nuevo: no una escuela donde se enseñara qué pensar, sino un lugar donde se aprendiera cómo pensar. Lo llamaron “El Umbral”.
Allí no había libros de texto con verdades absolutas. Había cajas con los informes originales, las notas manuscritas de Eunice, los manifiestos de los hombres marginados, las opiniones en contra y a favor de cada cambio. Los estudiantes no tenían que memorizar fechas ni nombres: tenían que analizar, debatir y descubrir por sí mismos.
—No vengo a decirles qué es lo correcto —les dijo Javier en la primera reunión—. Vengo a contarles lo que sentimos. El miedo a no ser suficientes, la alegría cuando alguien nos escuchó, la vergüenza de haber juzgado sin saber. Pero ustedes tendrán que decidir si nosotros acertamos, si nos equivocamos, o si ambas cosas pasaron a la vez.
Al principio hubo resistencia. Muchas madres y padres pensaron que estaban confundiendo a los jóvenes, que podían volver a cometer errores del pasado. Pero pronto los resultados empezaron a notarse:
Algunos jóvenes defendieron que la protección de los más vulnerables debía ser aún más estricta. Otros dijeron que la libertad de elegir valía más que cualquier precaución. Otros propusieron formas de convivencia que nadie se había atrevido a imaginar.
Un grupo presentó una conclusión que se volvió famosa: “Nuestros antepasados acertaron al ver que nadie debe ser descartado. Pero se equivocaron al creer que podían guardar la verdad para siempre. La verdad no es algo que se hereda: es algo que se busca cada día”.
Así empezaron a entender que los valores no son reglas que se transmiten, sino preguntas que se comparten.




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