Era Aurora

C13: El Peso del Nombre

Año 442 d.A.
El mayor obstáculo apareció cuando se descubrió que muchos jóvenes rechazaban las figuras del pasado. Decían: “Si Eunice y los demás construyeron este mundo, ahora nos toca a nosotros hacerlo nuestro, sin seguir su sombra”.
Otros, en cambio, los convertían en símbolos intocables: “Si desobedecemos lo que ellos decidieron, todo se derrumbará”.
Ambas posturas venían del mismo error: creer que los valores estaban atados a las personas, a sus nombres y a sus decisiones concretas.
Mila y su compañero de estudios, Gael —quien tenía la variante genética que años atrás se consideraba “limitada”— organizaron una asamblea en la plaza principal. Allí colocaron una estatua vacía, sin nombre ni rostro.
—Hemos puesto el nombre de Eunice en edificios, naves y escuelas —dijo Mila—. Pero ¿qué pasaría si mañana descubrimos que ella cometió un error grave? ¿Tiramos la estatua? ¿Borramos su nombre? ¿Y si lo que ella defendió sigue siendo cierto, aunque ella se equivocara en algo?
Javier subió al estrado y respondió:
—Eunice no nos dio un mundo perfecto. Nos dio el valor de cuestionar el propio mundo que construimos. Si ustedes la siguen ciegamente, no son sus herederos: son sus prisioneros. Si ustedes la critican con respeto, si mejoran lo que ella hizo, entonces sí están cumpliendo su legado.
Ese día cambiaron todas las placas conmemorativas. En lugar de nombres y títulos, pusieron frases que invitaban a seguir pensando:
“Nadie tiene toda la razón. Escucha, pregunta y decide tú mismo.”
“La igualdad no es copiar a nadie. Es dejar que cada quien sea quien es.”
“No protejas el pasado: aprende de él para construir un futuro mejor.”
Así aprendieron que no se transmiten los nombres ni los honores: se transmiten la capacidad de dudar y la voluntad de respetar.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.