La controversia se extendió por todas las colonias. Surgieron dos bandos irreconciliables:
Los Tradicionalistas defendían que la historia debía mantenerse tal como se había transmitido, porque su función era dar identidad y unidad: “Si cambiamos el relato, perdemos lo que somos”.
Los Revisionistas, entre ellos Veyra, sostenían que ocultar la verdad convertía los valores en ficción: “Si nuestro respeto depende de que nuestros antepasados fueran perfectos, entonces nuestro respeto no vale nada”.
Para intentar resolverlo, se organizó un congreso en la antigua plaza principal de Nueva Cali, reconstruida solo para ese encuentro. Allí se exhibieron proyecciones de los documentos originales: las dudas de Eunice, el miedo de Miryam, la soledad de Javier, los errores que tardaron décadas en corregirse.
—Hemos contado la historia como una lucha entre el bien y el mal —dijo Veyra—. Pero no hubo villanos ni héroes perfectos. Hubo personas asustadas que tomaron las mejores decisiones que pudieron, con la información que tenían. A veces acertaron, a veces fallaron gravemente. Eso es lo que los hace parecidos a nosotros.
Entonces alguien señaló algo importante: cada generación había reescrito la historia según sus propios miedos y necesidades. Siglos atrás, al principio del cambio, se exageró la debilidad masculina para justificar que las mujeres tomaran el mando. Luego, cuando se buscó la igualdad, se minimizaron los prejuicios para no romper la unidad. Ahora, en una época de paz y seguridad, se quería ver a los fundadores como seres intachables.
—La historia no es un libro que se escribe una vez y se cierra —concluyó Veyra—. Es un diálogo entre el pasado y el presente. Nosotros no podemos cambiar lo que pasó, pero sí podemos dejar de mentirnos sobre por qué pasó.