En el office de la consultora, el zumbido de la cafetera industrial sonaba como un martillo contra los nervios de Mireya. Fue al alargar la mano para pasarle el azúcar a Carol cuando el mundo se detuvo. Sus dedos, pálidos y temblorosos, se congelaron en el aire. La marca de bronceado apenas perceptible donde debería estar el oro era una cicatriz abierta.
Se había ido.
—¿Mireya? —Carol frunció el ceño, dejando la taza sobre la mesa de cristal—. Te has quedado blanca. ¿Qué pasa?
Mireya no podía articular palabra. Las lágrimas, calientes y violentas, empezaron a nublarle la vista.
—Mi anillo —susurró, y su voz sonó como cristal roto—. No está.
—Joder, qué putada —Carol rodeó la mesa y le apretó el hombro con fuerza, tratando de anclarla a la realidad—. No te desmorones ahora. Respira. ¿Dónde lo tenías? ¿Esta mañana al salir de la ducha en casa?
Mireya no respondió. Su mente era un pozo de sombras donde solo habitaba el recuerdo de Adrián. Hoy era su segundo aniversario, el día en que el calendario parecía burlarse de su luto. Recordó el día de la boda en aquella finca de Segovia, el cielo plomizo amenazando tormenta y cómo, justo al bajar del coche, un sol agresivo y cegador rompió las nubes.
"He sobornado al cielo para que brille solo para ti", le había dicho su padre al oído mientras caminaban hacia el altar.
Pero hoy no había sol. Solo el frío de las oficinas en el centro de Madrid y el hueco vacío en su dedo.
—Piensa, Mireya. Repasa lo que has hecho —insistió Carol, bajando la voz al ver que un par de compañeros las miraban.
Mireya recordó haber visto el destello del sol sobre el marco de fotos de su salón esa mañana. Un escalofrío le había recorrido la columna, un presentimiento oscuro de que el día la devoraría viva.
—¿Te fijaste al usar el teclado? —insistió su amiga.
Ella negó con la cabeza, ausente. Daba igual dónde mirara; en el reflejo de los ventanales de la oficina, en las sombras de los pasillos, siempre veía lo mismo: el rostro de Adrián, sus ojos intensos, su cabello oscuro. Llevaba muerto poco más de un año, pero para ella el tiempo se había detenido en el instante del accidente. El primer aniversario lo pasó en una clínica, dopada hasta el olvido, incapaz de distinguir el día de la noche.
—Seguro que está en tu piso, en el baño o en la mesilla —dijo Carol, intentando sonar optimista—. Te lo habrás quitado para echarte crema y ahí seguirá.
—Es posible —mintió Mireya. Se pasó una mano por su melena oscura, que ahora le caía por la espalda de forma salvaje, sin orden ni concierto. Hacía meses que no pisaba una peluquería; la vanidad le parecía un insulto a los muertos. Se sentía como una extraña en su propio cuerpo, una ghariba errante en su propia vida.
—¿Qué vas a hacer esta noche? —le preguntó Carol, observando con preocupación las ojeras violáceas que empañaban la belleza de su amiga.
—Lo de siempre. Volveré al piso —Mireya se encogió de hombros, un gesto vacío.
¿Qué otra cosa iba a hacer? Hacía semanas que su vida se limitaba a un trayecto mecánico entre la oficina y las paredes silenciosas de su apartamento. A veces visitaba a sus padres, que se habían jubilado en un pueblo costero cerca de Alicante, en una casa blanca frente al Mediterráneo. Era un viaje largo en AVE, y ella no tenía fuerzas para conducir. Les escribía por WhatsApp o correos breves que sospechaba eran incoherentes y vacíos; se pasaba horas frente a la pantalla buscando algo, cualquier cosa, que no sonara a derrota. No podía decirles la verdad: que cada mañana despertaba deseando que el asfalto se la hubiera tragado a ella también aquel día. Nadie podía salvarla de ese pozo.
Con los padres de Adrián la situación era aún más asfixiante. El viaje el año pasado para verlos en su casa de campo en el norte fue una tortura lenta. Su suegra se mostraba tan entera, tan gélidamente serena, que Mireya sentía que su propio dolor era obsceno. Adrián era hijo único, el heredero de todo un legado que ahora se pudría en la tierra, y ver el vacío que había dejado en esa casa era como respirar ceniza.
Su único refugio real —o al menos, el más honesto— era su hermana Ángela, que vivía en un chalet a las afueras de Madrid con su marido y sus dos hijos. Ángela era puro fuego y pragmatismo;
—Lava los platos mientras le limpio las manos a Colin. ¡Por Dios, Mireya! ¿Es así como pelas las patatas? ¡Has desperdiciado la mitad! —Esa era Ángela. Sus gritos y su pragmatismo eran los únicos cables a tierra que impedían que Mireya se desvaneciera por completo.
—¡Mireya, despierta! —le reclamó Carol, chasqueando los dedos frente a su cara y devolviéndola al presente, a la oficina madrileña—. Estás en las nubes.
Desde que Mireya entró a trabajar en Metrópolis TV, el gigante de la comunicación en España, Carol se había convertido en su sombra más luminosa. Era la única que se atrevía a cruzar el muro de silencio que Mireya había construido a su alrededor.
—Lo siento, es que... —Mireya tomó aire, sintiendo el nudo en la garganta—. Hoy habría sido mi segundo aniversario de bodas.
Carol se quedó helada, su expresión de reproche se transformó en pura compasión.
—No... Mireya, de verdad que lo siento. Qué golpe más bajo perder el anillo justo hoy.