Error de una Noche

Capítulo 2

La sede de Metrópolis TV se alzaba en una de las zonas más agresivas del centro de Madrid, en pleno Paseo de la Castellana. Los empleados llamaban al edificio "La Torre del Olvido", porque los dueños originales quebraron antes de terminarlo y estuvo años vacío, como un esqueleto de cristal vigilando la ciudad. El interior era un caos de espacios abiertos y techos infinitos; una planta diáfana donde la intimidad era un mito. El ruido de las redacciones, el eco de los pasos y el zumbido constante de los aires acondicionados hacían que concentrarse fuera una tortura. Había planos para levantar muros, pero en esa empresa las promesas valían menos que el café de máquina. El personal no sufría en silencio; las quejas eran el hilo musical del edificio.

Al volver a su escritorio, en mitad de aquel océano de mesas, Mireya intentó que sus dedos no temblaran sobre el teclado. Estaba transcribiendo un guion para Eduardo Lang, el productor más implacable y brillante de la cadena. El tema era magnético, oscuro, pero ese día las palabras se le escurrían entre los dedos. Tenía los cascos puestos, aislada en el audio de la grabación, cuando Carol le dio un susto de muerte al levantarle uno de los auriculares.

—¿Comemos?

Mireya miró el enorme reloj de pared. El tiempo se le había escapado como arena. Desconectó el equipo y la voz grave, profunda y aterciopelada que llenaba sus oídos se detuvo en seco. El silencio dolió.

—¿Qué estás escuchando? —Carol se inclinó, curiosa.

—El nuevo proyecto de Lang. Me lo han asignado a mí.

—¡Qué suerte tienes, maldita! —Carol suspiró, casi con devoción—. Sandra dice que lo vio ayer en el ascensor. Ha vuelto de sus vacaciones más moreno y más peligroso que nunca. Está para comérselo.

Mireya apenas registró sus palabras. Guardó las hojas en la carpeta, cerró el cajón con llave y sintió un escalofrío. Todavía no sabía que esa voz que acababa de apagar en sus cascos estaba a punto de convertirse en su dueño.

—¿Por qué tanto misterio? —preguntó Carol, arqueando una ceja al ver a Mireya cerrar el cajón con llave.

—Junto con las grabaciones venía una nota de producción exigiendo discreción absoluta. Eduardo no quiere que nadie ponga un ojo en el guion antes de que se emita. Es una orden directa.

—¡Vaya! —exclamó Carol con una mezcla de envidia y fascinación—. A este paso, acabará descubriendo un imperio perdido.

Eduardo Lang se había evaporado durante dos años, perdiéndose en el corazón de África con un equipo de cámaras y mercenarios de la imagen. Su objetivo: capturar la historia del continente, desde las antiguas rutas comerciales árabes hasta el caos moderno. En los pasillos de Metrópolis TV, la curiosidad era una enfermedad; sus dos series anteriores habían sido fenómenos de masas y se rumoreaba que esta tercera entrega destrozaría cualquier récord de audiencia en España. Los grandes tiburones de las cadenas estadounidenses le habían puesto cheques en blanco sobre la mesa para llevárselo a Nueva York, pero Eduardo los había rechazado todos sin pestañear.

Mireya, a pesar de estar sumergida en su propio océano de apatía, no pudo evitar notar la calidad bruta del material que transcribía. Era demasiado potente para ignorarlo. Pero lo que más la perturbaba era la voz que le dictaba al oído a través de los cascos: una voz profunda, cargada de una autoridad masculina que rozaba lo sensual. Era el tono de un hombre que no pedía permiso, alguien que simplemente tomaba lo que quería y apartaba cualquier obstáculo de su camino con una frialdad quirúrgica.

Siguió a Carol por el pasillo hacia los ascensores de cristal, intentando sacudirse la vibración de esa voz de la cabeza. Ahora tenía un problema más mundano: el disfraz que debía comprarse para la noche.

—Cómprate algo que grite, Mireya. Algo alegre, algo que llame la atención —sugirió Carol mientras bajaban a la velocidad de la luz hacia la calle—. Un rojo sangre o púrpura. Ya ha pasado tiempo suficiente; puedes permitirte volver a usar esos colores.

Al llegar a la boutique de la calle Jorge Juan, a apenas cinco minutos de la oficina, Mireya se detuvo en seco. No buscó el rojo que Carol le imploraba; sus ojos se clavaron de inmediato en una prenda que parecía emitir su propia luz.

—Ay, no... el azul no es lo que necesitas para tu estado de ánimo —protestó Carol, soltando una risita nerviosa.

Pero no era un azul cualquiera. Era una amalgama hipnótica de verde y cobalto, un tono extraño, vibrante y profundo, como las aguas del Mediterráneo cuando el sol se hunde en ellas antes de una tormenta. El corte era de una elegancia arquitectónica, diseñado para favorecer cada curva que Mireya intentaba ocultar.

—Vas a dejarlos sin respiración —silbó Carol cuando Mireya salió del probador.

Directamente de la oficina, se dirigieron al lugar de la fiesta. El ambiente en el guardarropa era un caos de risas, perfume barato y excitación. Varias chicas se cambiaban allí mismo, retocándose el maquillaje frente a los espejos empañados, intercambiando pintalabios y confidencias a gritos. Pero cuando Mireya salió del cubículo, el ruido pareció bajar de decibelios.

Desde que entró en Metrópolis TV, nadie la había visto así. Se había esmerado en cada detalle, una especie de ritual de guerra silencioso. Era una mujer alta, de una esbeltez casi aristocrática, con su melena oscura cayendo en ondas salvajes sobre sus hombros. El vestido dejaba al descubierto la palidez de su cuello y la línea de sus clavículas; el corpiño se ceñía a sus pechos con firmeza y marcaba una cintura que se había vuelto demasiado estrecha, antes de que la falda cayera en pliegues vaporosos que bailaban con cada uno de sus pasos.




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