Error de una Noche

Capítulo 3

Al día siguiente, Mireya llegó tarde a la oficina. El enorme piso diáfano de Metrópolis TV ya era un hervidero de actividad bajo las luces fluorescentes. Caminó con la espalda rígidamente erguida hasta su escritorio, sintiendo cada par de ojos clavado en su nuca como si llevara la marca de su pecado grabada en la piel. Carol la observaba con una expresión indescifrable, una mezcla de curiosidad y extrañeza que Mireya no se atrevió a enfrentar. Se sentó, retiró la funda del teclado y, en un acto de puro escapismo, se colocó los auriculares. Conectó el equipo de audio y la voz grave de Eduardo volvió a inundar sus oídos, recordándole cada caricia de la noche anterior.

Un toque brusco en el brazo la hizo saltar.

Era la señora Dawkins, la supervisora. A sus cincuenta años, era una mujer delgada y siempre tensa, como si viviera esperando una catástrofe inminente que solo ella podía ver.

—¿Sí, señora Dawkins? —preguntó Mireya, intentando que su voz no temblara.

—Señora Buchan, lamento interrumpirla, pero esas grabaciones que está transcribiendo… bueno, ¡yo no tenía cómo saberlo! No había necesidad de que me gritara de esa forma, ¡pero algunos hombres en este edificio se creen hijos directos de Dios! —La mujer gesticulaba, visiblemente alterada—. He tenido que apartar el teléfono de mi oreja. Le he dicho que no hacía falta que me dejara sorda, y el muy animal ha gritado con más ganas. Sé que es un fastidio, pero no tenemos otra opción que hacer lo que exige.

—¿Se refiere a las cintas de Lang? ¿Hay algún problema con ellas? —Mireya no lograba descifrar el monólogo nervioso de su jefa.

—Bueno, eso imagino, aunque no se ha dignado a explicar nada —resopló la supervisora.

—¿Qué es lo que ha dicho exactamente? —Mireya contuvo un suspiro de frustración—. ¿Qué quiere que hagamos con el material?

—Qué cabeza la mía. ¿No se lo he dicho? —la señora Dawkins se llevó una mano a la frente—. Quiere que se las lleven a la sala de edición número dos de inmediato. Creo que se refería a los brutos de las grabaciones dos y tres, o quizás las tres y la cuatro. Ha dejado muy claro que las quería para ya. Espero que no sea mucha molestia, Mireya.

Daba igual si lo era o no; en Metrópolis TV, los deseos de los productores estrella eran órdenes sagradas. Mireya se puso en pie y recorrió el largo pasillo de la redacción. Un murmullo bajo, como el siseo de una serpiente, pareció seguir sus pasos, pero ella mantuvo la mirada al frente. Sabía que las habladurías ya estarían circulando y que Sandra se encargaría de envenenarlas con cada detalle. Tendría que soportar la tormenta; era el precio de su noche de locura.

Al pasar junto a Carol, sintió que el silencio de su amiga era una acusación silenciosa. Carol la observaba con una curiosidad febril, ansiosa por desentrañar los detalles de lo que todos sospechaban. Mireya sintió pavor ante el enfrentamiento que, tarde o temprano, sería inevitable. Se metió en el ascensor. Mientras las puertas de acero se cerraban, una corriente de aire frío hizo que una partícula de polvo se le clavara en el ojo. Maldijo entre dientes mientras buscaba un pañuelo en su bolso. Al rebuscar, sus dedos rozaron algo frío, liso y metálico en el fondo del forro. El corazón se le detuvo. Era su anillo.

Si no lo hubiera perdido el día anterior, jamás habría ido a esa fiesta. Nunca habría buscado consuelo en los brazos de un extraño. Se colocó la alianza en el dedo anular con un gesto solemne, sintiendo el peso del oro como un grillete. Era el último lazo que la ataba a Adrián, y ahora sentía que le quemaba la piel.

La sala de edición estaba en el sótano del edificio, un lugar sin ventanas, sepultado bajo el asfalto de la Castellana. Allí reinaba un silencio artificial, roto solo por el zumbido de los equipos eléctricos. La puerta número dos estaba a la izquierda, pesada y hermética. Mireya entró en la penumbra del cuarto oscuro, donde solo brillaban los monitores de alta definición.

—¿Señor Lang? —preguntó, con la voz apenas por encima de un susurro.

—¿Sí? —La respuesta vino desde el fondo, envuelta en las sombras.

Mireya dio unos pasos hacia la voz, con el anillo brillando débilmente en su mano izquierda, sin saber que estaba caminando directa hacia las fauces del lobo.

—Soy la señora Buchan, del equipo de transcripción. Le traigo el material que solicitó.

Se hizo un silencio denso, cargado de una electricidad estática que erizó el vello de la nuca de Mireya. Ella dio un paso hacia adelante, intentando distinguir algo entre las sombras de la sala de edición, mientras la luz mortecina del pasillo silueteaba su figura en el umbral.

—¿Quiere que las deje sobre la silla? —preguntó al no ver otra superficie despejada.

Antes de recibir respuesta, presintió un movimiento felino. Un clic seco rompió el silencio y la luz fluorescente del techo se encendió de golpe, deslumbrándola. Mireya parpadeó, tratando de enfocar, y cuando lo hizo, la congoja fue un golpe físico que le robó el aire. El mundo se inclinó bajo sus pies.

—¡No puede ser! —el grito murió en su garganta mientras sus dedos perdían fuerza.

Las cintas resbalaron de sus manos, pero Eduardo reaccionó con una rapidez asombrosa. Las atrapó en el aire antes de que impactaran contra el suelo, soltando un rugido de furia:

—¡Tenga cuidado, joder! ¡Esto es irreemplazable!




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