Error de una Noche

Capítulo 5

Mireya esperaba que el estruendo de los rumores se apagara pronto, confiando en que su esfuerzo por evitar a Eduardo serviría de algo. Pero Sandra no estaba dispuesta a dejar morir la noticia; Mireya sabía perfectamente que ella era la mano que alimentaba la hoguera. Cada vez que cruzaba un pasillo y un grupo de chicas callaba de golpe para observarla con sonrisas maliciosas, sentía el peso de la envidia de Sandra. Sus nueve meses de anonimato y luto respetuoso habían saltado por los aires. Ahora, en las plantas de Metrópolis TV, consideraban que su timidez y sus modales tranquilos no eran más que un disfraz engañoso, una estrategia de seductora silenciosa que había cazado a la presa más codiciada.

Pero hubo otra consecuencia de aquella fiesta desastrosa: la mirada de los hombres del edificio había cambiado. Tom Leyton solo fue el primero. Pronto, otros emularon su atrevimiento y Mireya se vio obligada a rechazar propuestas en los sitios más absurdos: en el hueco del ascensor, en los pasillos de edición o en su banco del parque mientras intentaba almorzar en paz. Incluso hombres a los que no recordaba haber visto jamás se sentían con el derecho de invitarla a salir.

Cualquier otra mujer se habría sentido halagada, pero para Mireya aquello era una alarma constante. Siempre había detestado los galanteos masculinos; provocaban en ella un deseo inmediato de retraerse, de desaparecer. Había logrado ocultar su vulnerabilidad bajo un manto de serenidad profesional, pero su esencia no había cambiado. Mireya era mujer de un solo hombre, y Adrián había sido su mundo entero. En gran medida, seguía siéndolo. No deseaba sustitutos, ni pretendientes, ni juegos de oficina. Lo que Mireya no sospechaba era que, mientras ella intentaba volver a su caparazón, Eduardo la observaba desde la distancia, viendo cómo el resto de los hombres revoloteaban a su alrededor... y su paciencia empezaba a agotarse.

El panorama en Metrópolis TV se había vuelto asfixiante. Eduardo había roto involuntariamente el escudo de Mireya. Antes, ella era una presencia elegante y distante; ahora, los hombres la veían como un reto, imaginando que tras su luto se escondía la mujer apasionada que se había ido con el productor estrella aquella noche. Cansada de luchar contra la marea y de los susurros de Sandra, Mireya tomó una decisión táctica: aceptó salir con Tom Leyton. Tom era inofensivo, amable y, sobre todo, no se parecía en nada al fantasma de Adrián ni a la presencia perturbadora de Lucas.

—¿Te gusta el teatro? —le preguntó Tom una mañana de abril, interceptándola bajo la lluvia ligera que bañaba la entrada del edificio.

—Mucho —asintió Mireya, resignada al ritual de cortejo.

—Tengo entradas para mañana. Uno de nuestros compañeros de guion ha escrito la obra y un grupo independiente dará tres funciones. ¿Te interesaría ir?

Mireya arqueó una ceja, intrigada a pesar de sí misma.

—¿Quién del personal se ha lanzado a la dramaturgia?

—Andrea Redmond. ¿La conoces?

Mireya la conocía de sobra. Andrea era una fuerza de la naturaleza: menuda, con una melena pelirroja eléctrica y unos brazos llenos de pulseras que anunciaban su llegada con un tintineo constante. En el trabajo era un lince; implacable, aguda y con una voz que recordaba al graznido de una gaviota cuando encontraba una errata en un guion. No era precisamente la persona más popular de la quinta planta.

—¿Qué tipo de obra es? —preguntó Mireya con el ceño fruncido, tratando de imaginar qué tipo de historia brotaría de una mente tan rígida y analítica como la de Andrea.

Mireya sabía que los guiones técnicos que Andrea redactaba para los documentales eran puro pragmatismo; su faceta creativa, en cambio, era un enigma que despertaba una curiosidad reticente.

—Es teatro progresista —explicó Tom con entusiasmo—. Ya sabes, de ese donde el público participa y las líneas entre el escenario y la realidad se borran. Gran parte del personal de Metrópolis TV va a estar allí. Podría ser una experiencia interesante, Mireya.

—Gracias, Tom. Me encantaría ir —respondió ella con una sonrisa genuina.

Era la jugada perfecta. No necesitaba decir nada; solo necesitaba que la vieran entrar al teatro colgada del brazo de Tom Leyton. Quería que esa imagen borrara de una vez por todas la absurda idea de que era "propiedad" de Lucas.

—¡Fantástico! —exclamó Tom. Su rostro se iluminó de tal manera que Mireya sintió una punzada de ternura. Él le tomó el brazo con una familiaridad suave, como si la aceptación de la cita le otorgara el derecho a esa pequeña intimidad. Mireya no se apartó. No pensaba decírselo a nadie, convencida de que el impacto visual en el estreno sería suficiente.

Sin embargo, subestimó la euforia de Tom. Cuando bajó a la cafetería a las once, la atmósfera ya estaba cargada. Las miradas eran flechas y los susurros, un zumbido eléctrico. Todo el mundo lo sabía.

—¿Por qué no me lo dijiste? —le soltó Carol en cuanto la tuvo cerca, con una expresión de absoluto desconcierto—. ¿Cómo puedes salir con Tom después de lo de Lucas? ¡Estás loca, Mireya!

—Te aseguro, una vez más, que no existe nada entre el señor Lang y yo —protestó ella, manteniendo su máscara de calma—. No es mi culpa que prefieras creer en cuentos de hadas oscuros antes que en mi palabra.

—Ya, pero... ¡es Tom Leyton! —gimió Carol, casi ofendida en nombre del buen gusto—. Es como cambiar un Ferrari por una bicicleta.




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