Una noche, apenas unos días después de la partida de Tom, el timbre rompió el silencio de su apartamento. Al abrir, Mireya se quedó petrificada.
—¡Señor Lang! —exclamó, llevándose una mano al cuello. Acababa de lavarse el cabello y la humedad empapaba los hombros de su bata de algodón.
—Quiero hablar contigo —anunció él, imperturbable ante su asombro—. ¿Puedo entrar?
—No estoy... no estoy vestida para recibir visitas —replicó ella, consciente de que la prenda de casa era demasiado reveladora para alguien como él.
—Se trata de negocios, no es una visita social —sentenció Eduardo, entrando en el recibidor sin esperar invitación.
Mireya dio un paso atrás, permitiendo que el hombre y los recuerdos vergonzosos de aquella noche invadieran su espacio. Lo guio hasta la salita, donde Eduardo reparó de inmediato en el secador sobre la silla.
—Tengo el cabello mojado —murmuró ella, sintiéndose vulnerable.
—Entonces, termina de secártelo. No tengo prisa.
Mireya obedeció mecánicamente, el ruido del secador llenaba el hueco entre ambos. Eduardo, mientras tanto, se paseó por la habitación con la elegancia de un depredador que reconoce el terreno, deteniéndose frente a la fotografía de la boda. Vestía un traje oscuro que acentuaba su autoridad; Mireya prefería verlo así, profesional, antes que con la ropa ajustada que solía llevar en la oficina. Sin embargo, al verlo de espaldas frente a la foto, esa silueta familiar hizo que se le secara la boca. Al apagar el aparato, el silencio regresó, más denso que antes.
—Me ha impresionado mucho el trabajo que has desempeñado con mi serie de documentales —dijo él, girándose.
—Gracias —respondió ella, halagada a su pesar.
—No he encontrado ni un solo error —continuó Eduardo con lentitud—. De hecho, lo has hecho tan bien que he decidido convencerte de que abandones el departamento de libretos. Quiero que trabajes directamente para mí.
—No —se apresuró a responder Mireya, con el corazón martilleando en sus costillas.
—Mi secretaria me dejó tras el viaje a África y ninguna candidata da la talla. Ya he hablado con tu jefe; está de acuerdo en el traslado.
—Debe saber que eso es imposible —Mireya se retorcía las manos, angustiada.
—¿Por qué? —la miró él, con una calma que la irritaba.
—Es evidente, señor Lang —Natalie sintió unos deseos furiosos de golpearlo. ¿Por qué fingía no saberlo?—. ¡Me he desvivido por acallar los chismes! Si trabajo para usted, todo empezará de nuevo.
Eduardo entreabrió los ojos, analizándola.
—¿Y qué es exactamente lo que has hecho para "acallarlos"? ¿Leyton? —pronunció el nombre con un deje de desprecio—. ¿Así que ese fue el motivo por el cual saliste con él?
—En parte... también me cae bien. Me pareció una buena táctica para detener los rumores sobre... nosotros.
—¿Sobre nosotros? —Eduardo forzó una sonrisa gélida—. Tienes suerte de que yo no haga confidencias, Mireya. Y aunque no terminé lo que empezamos aquella noche, te apuesto lo que quieras a que llegué mucho más lejos que ese tal Leyton.
—¡Cállese! —susurró ella, bajando la cabeza.
—Eres demasiado sensible —replicó él, implacable—. Pero no te preocupes. Ahora que conozco la situación, he perdido todo interés personal en ti, señora Buchan. Ningún hombre desea ser el sustituto de un esposo muerto. No creo en fantasmas y no tengo la menor intención de convertirme en uno dentro de tu cama. Me resultaría... molesto.
Mireya sintió que el rostro le ardía.
—Estaba ebria. Nunca volverá a suceder.
—Por supuesto que no —asintió él—. No lo permitiría. Por cierto, el parecido con tu marido solo existe en tu imaginación.
—Le dije que en el rostro no... es solo de espaldas, en la penumbra.
—Pues no pienso pasarme la vida dándote la espalda en la oscuridad —sentenció Eduardo, volviendo a mirar la foto—. No era mal parecido, el tal Adrián.
Mireya no respondió. Para ella, Adrián no era solo un rostro atractivo o unos ojos grises; era el hombre que le había dado sentido a su vida. No iba a intentar explicárselo a un hombre tan cínico y arrogante como Lucas Lang.
—Acepta el trabajo conmigo —insistió Lucas, dando un paso hacia ella—. Salta a la vista que eres inteligente y ambiciosa. Es una oportunidad que se presenta pocas veces en la vida y lo sabes perfectamente.
Era una verdad que dolía. La mayoría de las chicas de la oficina se desmayarían de placer ante la propuesta; trabajar codo a codo con el productor estrella era el pasaporte directo al éxito. Pero a Mireya el solo pensarlo le producía una punzada de intranquilidad que no lograba calmar.
—Gracias por pedírmelo, pero no puedo aceptar el empleo que me ofreces —respondió ella, tratando de mantener la voz firme.
—Voy a hablarte bien claro —anunció él con severidad, metiéndose las manos en los bolsillos—. En primer lugar, los chismes no cesarán. Tendrás que aprender a soportarlos. En un sitio como Metrópolis TV, siempre existirán habladurías, hagas lo que hagas.
—No lo dudo, pero me disgusta ser el blanco de todas ellas.
—En segundo lugar —la interrumpió él, ignorando su queja—, te aseguro que no debes temer que se repita lo de aquella noche. Las chicas de tu tipo... me atraen —confesó con un tono que rayaba el aburrimiento—. Con toda franqueza, me gustas y podrías llegar a incitarme. Pero te juro por lo que más quieras que nada en este mundo me haría tocarte ahora.
Mireya respiró hondo. ¿Por qué le dolía aquel comentario? No quería que él la deseara, y sin embargo, la indiferencia con la que él hablaba de su atractivo la hirió profundamente.
—Así que, si rechazas el empleo por temor a que te persiga, tranquilízate. No será así —prometió Eduardo—. Te ofrezco el puesto porque me gusta cómo trabajas y necesito a alguien de confianza. Puede que piense que estás descentrada en tu vida privada, pero sé que serás un magnífico elemento en mi equipo.