—Tienes mejor color y te ves mucho mejor —le decía Ángela los fines de semana, observándola con ojo crítico mientras servía la comida—. Cómete ese filete, Mireya. Lo he comprado especialmente para ti. Y no intentes esconder trozos bajo la lechuga, que no eres Tony.
—¡Yo soy Tony! —exclamó su sobrino, golpeando la mesa con su cuchara—. Tengo cuatro años. ¿Cuántos tienes tú, tiíta Mireya?
Mireya rió, una risa que ya no sonaba tan forzada como un mes atrás.
—Tengo veinticuatro, Tony. Seis veces tu edad.
—¡Eso es mucho! —el niño abrió mucho los ojos—. ¿Ya eres vieja?
—A veces me siento así —respondió ella, pensando en la intensidad de las jornadas con Lucas.
Pero mientras Tony seguía con sus preguntas infantiles, la mente de Mireya voló de nuevo al despacho. Recordó la mirada de Lucas antes de que ella saliera de la oficina, ese brillo extraño cuando mencionó a Tom. Sabía que la tregua del fin de semana terminaría pronto. Mañana sería lunes, y Lucas Lang no era hombre de dejar que su secretaria se sintiera demasiado "tranquila".
—¡Eres más vieja que papito! —exclamó el niño, genuinamente sorprendido—. Él tiene veintiuno. Me lo dijo él mismo.
—Se toma las cosas de forma demasiado literal —comentó el cuñado de Mireya, riendo ante el gesto amonestador de Ángela.
—Entonces, deja de contarle fantasías —replicó Ángela, sacudiendo la cabeza.
Aquella mención a las fantasías le recordó a Mireya lo que Tom Leyton le había dicho en la oficina: que ella le recordaba a un cuento de hadas. Cuando Tom pasó a recogerla a las siete y media, ella no pudo evitar preguntarle a qué se refería.
—Es el cuento de la princesa sin corazón —respondió Tom con un brillo pícaro en los ojos—. ¿Lo conoces?
—No. ¿Qué le pasó a la princesa? —inquirió ella, intrigada.
—Le dieron un beso —respondió él. Y, dicho y hecho, se lo demostró antes de que Mireya tuviera tiempo de evadirlo.
La caricia fue suave, agradable, pero no logró perturbarla. No se apartó, sin embargo, porque en ese preciso instante escuchó que la puerta del despacho privado se abría. Sabía que Eduardo los observaba en un silencio sepulcral. Tom dio un paso atrás para observar el rostro encendido de Mireya, justo cuando Eduardo se acercaba a ellos con paso pesado.
—¡Hola, Eduardo! No me di cuenta de que habías entrado —dijo Tom, tratando de sonar casual.
—No utilices mi oficina para tus interludios amorosos —gruñó Eduardo al desplomarse en su silla. Tenía el ceño fruncido y su voz sonó más áspera que de costumbre. Saltaba a la vista que estaba agotado, pero sus ojos inyectados en rabia estaban fijos en Mireya.
—¿Nos vamos, Tom? —preguntó ella apresuradamente, sintiendo que el aire en el despacho se volvía irrespirable.
Tom la siguió, pero al llegar al pasillo, no pudo contener su curiosidad.
—¿Eso han sido celos, o es que siempre tiene un humor tan endemoniado? —inquirió, mirando de reojo la puerta cerrada.
Mireya no respondió. Sabía que no eran solo celos, era algo más oscuro: la furia de un hombre que ha intentado "despertar" a una mujer con crueldad, solo para ver cómo un "buen chico" parece lograrlo con un simple beso. Pero lo que Tom no sabía, y Eduardo sí, era que el corazón de Mireya no se había inmutado con aquel contacto.
—Sí, lo fue —respondió Mireya, y sintió cómo el peso de las lágrimas se acumulaba tras sus párpados ante el eco de los recuerdos.
—Lo siento de verdad, Mireya —murmuró Tom, su voz cargada de una compasión honesta.
—Estoy tratando de olvidar la lástima que siento por mí misma, Tom. No me alientes a regodearme en ella.
—¿Quién te ha dicho que te tienes lástima? —preguntó él, extrañado.
—Varias personas. Mi hermana fue una de ellas. Y tienen razón, aunque en su momento me dolió escucharlo.
—Yo conozco un remedio rápido para eso —susurró Tom con una sonrisa.
Pasaron diez minutos antes de que Mireya saliera del coche. Tom se despidió con un último beso, visiblemente satisfecho. Ella, en cambio, aunque no había rechazado sus caricias, sabía que su interior seguía siendo un lago en calma. El deseo violento y perturbador que Eduardo Lang le había provocado aquella noche era algo que Tom Leyton ni siquiera podía rozar. Le agradaba, sí, pero… en ese "pero" se escondía un abismo de sensaciones que la aterraban.
Ya en la soledad de su cama, Mireya hizo una mueca de amargura. ¿Realmente le sorprendía? Después de un hombre como Adrián, no podía esperar que alguien como Tom la incitara. Sabía que nunca encontraría a nadie igual a su marido, y no estaba dispuesta a aceptar un amor de segunda categoría. Además, dudaba que cualquier hombre aceptara ser "el otro" en su corazón. La reacción de Eduardo había sido cristalina al respecto. Al recordarlo, Mireya sintió que el rubor le quemaba las mejillas. La vergüenza de aquella noche seguía siendo una herida abierta. Eduardo, al darse cuenta de que ella se perdía en sus brazos creyendo que era Adrián, se había enfurecido con una intensidad animal. No podía culparlo. A ningún hombre le gusta ser el sustituto de un fantasma.
Al trabajar con él, Mireya había comprendido que Eduardo Lang era un hombre que no aceptaba mediocridades. Exigía una entrega total, una dedicación absoluta en el trabajo y, sin duda, esperaría lo mismo en una relación. Su orgullo era un monumento a su propia fuerza. Nunca perdonaría a nadie que lo lastimara en su amor propio… y ella lo había herido de la forma más cruel posible.