Error de una Noche

Capítulo 9

El miércoles, el ambiente en el despacho 575 es eléctrico. Eduardo apenas le dirige la palabra, pero su mirada la sigue por la habitación como un depredador acechando desde las sombras. A media mañana, él sale de su oficina y lanza un guion sobre la mesa de Mireya.

—La gala es el sábado —dice con una frialdad que la hace estremecer—. Andrea estará allí, y quiero que todo sea impecable. No quiero que parezcas una secretaria cansada, Mireya. Quiero que parezcas la mujer que eres cuando dejas de fingir que estás muerta. He enviado un vestido a tu casa. Pruébatelo. Si no te gusta, puedes decírmelo… pero ambos sabemos que te quedará perfecto. Es rojo. El color de la vida que tanto te empeñas en negar.

Se inclina sobre ella, apoyando las manos en el escritorio, acorralándola, y sorpresivamente la besó. Todo sucedió demasiado rápido y él ya había recobrado la compostura. El beso fue como un latigazo eléctrico en medio de la oficina. No tuvo nada de la suavidad de Tom; fue una invasión, una marca de posesión que dejó a Mireya sin aliento y con el corazón golpeando sus costillas como un animal enjaulado.

—Una pequeña muestra para que compares —dijo Eduardo con una sonrisa burlona, recuperando su compostura con una rapidez que a Mireya le resultó insultante—. No me gustaría que, por pura inercia, terminaras casándote con Tom Leyton. Tu instinto pusilánime no te deja considerar otras posibilidades.

—¿Qué posibilidades? —preguntó ella, con la voz entrecortada y el fuego del beso aún quemándole los labios.

—Existen otros hombres en el mundo, Mireya. Se me ocurren más de media docena que se arrebatarían la oportunidad de salir contigo si dejaras de actuar como una mártir.

—Me gusta Tom —logró articular ella, aferrándose a la seguridad que ese nombre le brindaba.

—Claro —se mofó Lucas—. Es seguro, sobre todo. Un hombre joven y sumiso que no te hará daño, que no te arrastrará gritando fuera de tu mundo de sueños para que te enfrentes al verdadero. Por supuesto que te gusta. ¿Sabe él que solo es el sustituto de un hombre muerto?

—¡No es así! —exclamó Mireya, poniéndose de pie.

—¿No? —La pregunta de Eduardo fue un susurro peligroso.

—No —repuso ella, furiosa—. Tom es muy diferente a Adrián. Nunca los confundiría.

Eduardo se enderezó, cerniéndose sobre ella con una presencia física que parecía reducir el tamaño de la habitación. Mireya tuvo la impresión de que la estaba amenazando en silencio, prometiéndole un caos que ella no estaba lista para manejar. Alarmada, se encogió en su silla, pero él dio un paso más, con el rostro decidido, como si estuviera a punto de terminar lo que aquel beso improvisado había empezado. En ese instante crítico, la puerta se abrió de golpe. Andrea Redmond entró en el despacho, haciendo que el tintineo de sus pulseras resonara como una alarma de guerra. Se detuvo en seco, y Mireya pudo ver cómo los ojos de la guionista pasaban de ella a Lucas, captando instantáneamente la tensión eléctrica que vibraba en el aire.

Las facciones de Andrea se endurecieron, transformándose en una máscara de sospecha helada.

—Espero no interrumpir nada... productivo —dijo Andrea, arrastrando las palabras con una elegancia venenosa.

Eduardo no se inmutó. Se giró hacia ella con una lentitud exasperante, mientras Mireya bajaba la cabeza, intentando ocultar el temblor de sus manos y el rubor que delataba el asalto de Eduardo.

—Vaya, vaya, ¿qué vientos te traen por aquí? —la saludó, recorriéndola de arriba abajo—. Ese vestido es nuevo y bastante atrevido, por cierto. Estás preciosa, Andrea.

Mireya tuvo que admitirlo: el vestido naranja era audaz. El color le daba una viveza eléctrica que resaltaba su cabello brillante, pero el escote era tan exageradamente revelador que rozaba la provocación. Andrea, satisfecha por la admiración de Eduardo, se inclinó para recibir su beso con una sonrisa de triunfo. La imagen se le quedó grabada a fuego: Andrea se adhería a Eduardo como una planta trepadora. Ojalá esos brazos delgados lo asfixiaran, pensó Mireya con una furia repentina. ¡Bien merecido lo tendría! Escribía sin fijarse en las palabras, sintiendo que aquel beso en el centro de la oficina duraba una eternidad insoportable. ¿Es que pensaba comérselo allí mismo? Los miró de reojo y vio que seguían abrazados estrechamente, una estampa de intimidad que parecía diseñada para humillarla.

—¡Caramba! —ronroneó Andrea al verse libre, por fin—. ¿Cómo se supone que voy a trabajar después de esto?

—Esforzándote —se burló Eduardo, aunque su voz aún guardaba un rastro de la aspereza que había usado con Mireya minutos antes.

Cuando Andrea salió finalmente del despacho, el silencio que quedó fue denso y asfixiante. Lucas regresó a su escritorio y Mireya notó su mirada fugaz, pero decidió ignorarlo. De pronto, soltó una maldición entre dientes al darse cuenta de que, por mirar de reojo, se había saltado varias líneas del libreto. Lucas soltó una risita seca.

—¿Algo te molesta, señora Buchan? —inquirió con tono mordaz.

—En absoluto —replicó ella, manteniendo la calma a duras penas mientras posicionaba los dedos sobre las teclas—. Me he saltado una línea, eso es todo.

Eduardo no respondió, pero la curvatura de sus labios indicaba que no creía ni una palabra de su excusa. Durante el resto del día, ambos se sumergieron en un trabajo frenético, pero Mireya ya no podía engañarse a sí misma: la cercanía de Eduardo estaba empezando a cambiar algo en su interior, una transformación lenta y peligrosa que amenazaba con derretir el hielo que la protegía.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.