El viernes, Eduardo le informó con una indiferencia gélida que tendría que trabajar a la mañana siguiente.
—Es sábado —replicó Mireya, incrédula.
—Lo sé muy bien, también yo tendré que hacerlo. La sala de sonido solo estaba disponible mañana. Lamento si eso interfiere con tus planes —aunque sus palabras pedían disculpas, su tono dejaba claro que no le importaba en lo más mínimo.
—¿Es indispensable que venga? —inquirió ella. Había prometido a su hermana pasar el fin de semana en su casa y se desanimó al pensar que, bajo el mando de Eduardo, nunca podía hacer planes de antemano. Ángela se sentiría decepcionada.
—¿Por qué lo preguntas? ¿Tienes algo tan importante?
—Salgo de la ciudad, eso es todo.
De pronto, el silencio en el despacho se volvió tan denso que Mireya pudo escuchar la respiración contenida de Eduardo. Aquello la sorprendió; la oficina no estaba tan callada como para que ese sonido fuera tan evidente. Levantó los ojos y notó que él estaba indignado, haciendo un esfuerzo titánico por no perder los estribos. Mireya abrió los ojos, asustada, y ambos se quedaron suspendidos en un tenso silencio.
—¿Con Leyton? —preguntó él por fin, con una voz controlada que ocultaba una tormenta.
—No —la voz le temblaba, así que bajó la cabeza para evitar su mirada—. Mi hermana planea ausentarse con su esposo y les prometí cuidar a los niños. Si no me presento, no podrán tomarse esos días de descanso... Ángela estará tan furiosa que querrá arrancarme el cabello.
—No podemos permitir que eso suceda —respondió Eduardo, y por primera vez en semanas, su expresión se suavizó un milímetro.
Se inclinó sobre su escritorio, observándola con una fijeza inquietante. —Lleva a los niños a la sala de sonido.
—¿Qué? —Mireya lo miró sin entender.
—He dicho que los traigas. Hay una sala de espera con televisión y sofás justo al lado de la cabina. Podrán jugar allí mientras terminamos el montaje. No voy a permitir que tu hermana pierda sus vacaciones, pero tampoco voy a retrasar la serie por dos críos.
Mireya se quedó atónita. Eduardo, el "diablo despiadado" de Metrópolis TV, estaba ofreciendo convertir su santuario de trabajo en una guardería improvisada solo para no dejarla marchar. Se atrevió a mirarlo; su rostro ya estaba calmado. La expresión iracunda de Eduardo había desaparecido y ella suspiró de alivio. La amenaza de violencia se había esfumado, dejando paso a esa curiosidad magnética que él siempre ejercía sobre ella.
—Entonces... ¿no tengo que presentarme mañana? —inquirió esperanzada.
—Todo lo contrario, te necesito aquí —se encogió él de hombros.
Mireya sintió unos deseos feroces de vapulearlo. De seguro no se daba cuenta de lo importante que era no arruinarle el fin de semana a Ángela y a su cuñado, que apenas tenían oportunidades de salir solos desde que nacieron los niños.
—¡No seas tan desalmado! —gritó ella, perdiendo por un momento su habitual compostura.
—¿Tú me dices eso a mí? —Eduardo enarcó una ceja, divertido—. ¿No sabes lo que se dice de ti en las oficinas de Metrópolis? Eres la "Princesa sin corazón", Mireya.
—No conoces a mi hermana —suspiró ella, cansada y sonrojada al comprender que el apodo que Tom había iniciado ya corría por todo el edificio—. Antes que hacerla enfadar a ella, prefiero enfrentarme a tu ira, Eduardo. Con eso te lo digo todo...
—No puede ser tan mala —comentó él, recobrando un poco el sentido del humor.
—Es peor de lo que imaginas —gimió Mireya—. Solía aterrorizarme cuando éramos niñas.
—¿Acaso te golpea? —preguntó él con una chispa de burla en los ojos.
—Ángela no necesita recurrir a la fuerza bruta. Puede desollarte a tres pasos de distancia con solo decir tres palabras —lo miró acongojada, recordando las reprimendas de su hermana mayor.
—¿Es bonita? —La pregunta de Eduardo fue típicamente masculina, directa y cargada de una ironía ligera.
—¡Esa es una pregunta tan tuya! —replicó ella—. Sí, es muy atractiva. Su marido, que mide un metro noventa y posee un listón azul de boxeo, así lo considera.
—Retiro la pregunta —rio Eduardo, levantando las manos en señal de rendición—. Está bien. ¿Cuándo se supone que debes llegar al domicilio de la mencionada hermana?
Mireya lo observó, intentando adivinar sus intenciones. Eduardo se levantó de su silla y rodeó el escritorio, deteniéndose justo frente a ella.
—Tengo una propuesta —dijo, bajando la voz—. Si me ayudas con la sala de sonido mañana por la mañana, yo mismo te llevaré en coche a casa de tu hermana después del almuerzo. Así no perderás tiempo con el tren y llegarás antes de que ellos se marchen. Además... —añadió con una sonrisa peligrosa—, tengo curiosidad por conocer a esa mujer que te da más miedo que yo.
Mireya tragó saliva. La idea de Eduardo entrando en el hogar familiar, conociendo a Ángela y viendo su mundo privado, la aterraba casi tanto como la ira de su hermana. Pero no tenía otra opción si quería salvar el fin de semana.
—Está bien —aceptó ella en un susurro—. Estaré aquí mañana a primera hora. Pero prométeme que no te portarás como un "diablo" frente a mi familia. Esta noche iremos. Eso les permitiría salir a tiempo para evitar el tráfico de la mañana.
—¿Qué edad tienen los niños? —preguntó Eduardo, sentándose con naturalidad sobre el borde del escritorio de ella, invadiendo su espacio de una forma que ya no se sentía como una amenaza, sino como una extraña confianza.
—Tony tiene cuatro y Colin, dos.
—¿Están bien educados? —inquirió él, arqueando una ceja.
—¿Los hijos de Ángela? ¡Ni lo dudes! Ella no permite ni una mota de polvo fuera de su sitio, mucho menos un mal comportamiento.
—Entonces, tráelos contigo mañana —sentenció Eduardo con una sonrisa tranquila que dejó a Mireya sin palabras.
—¡Bromeas! ¿Tú? ¿En una sala de sonido con dos niños pequeños?
—Hablo totalmente en serio. Te necesito aquí, pero si corres el riesgo de que tu hermana te odie por incumplida, soportaré a sus vástagos una mañana. Si causan demasiados desórdenes, los ataremos a una silla —bromeó, aunque con Eduardo nunca se sabía dónde terminaba el sarcasmo.