Las primeras luces del día empezaron a filtrarse por las cortinas de la alcoba de visitas. Mireya despertó con una sensación de irrealidad. El peso del brazo de Eduardo sobre su cintura era un recordatorio constante de lo que había sucedido: la máscara se había roto y ella se había entregado sin reservas. Se giró lentamente para observarlo dormir. Sin la dureza de su mirada inquisidora, el rostro de Eduardo parecía casi sereno, aunque la fuerza de su mandíbula seguía sugiriendo esa determinación que la había doblegado. De pronto, un ruido en el pasillo la puso en alerta. Unos pasitos pequeños y rápidos se acercaban a la puerta.
—¡Tiíta Mireya! ¿Estás despierta? ¡Queremos desayunar! —la voz de Tony resonó con la claridad implacable de un niño de cuatro años.
Mireya sintió que el pánico la invadía. Si los niños entraban y veían a su jefe en la cama, no habría forma de explicárselo a Ángela cuando regresara por la tarde.
—Pensándolo bien, creo que no vale la pena —soltó Eduardo, incorporándose con una sonrisa maliciosa e insolente que congeló la sangre de Mireya.
El golpe fue devastador. Mientras ella, temblando de humillación, intentaba cubrirse y recomponer sus ropas, Eduardo la observaba con el triunfo brillando en sus ojos grises. No había rastro del amante apasionado de hacía unos segundos; solo quedaba el hombre que cobraba una deuda pendiente.
—Ya he mitigado el dolor en mi orgullo lastimado —sentenció él con una frialdad aterradora.
—¿Por qué, Eduardo? —susurró ella, aunque la verdadera pregunta que gritaba su alma era: ¿Cómo has podido planear algo así a sangre fría?
Él se puso en pie, ajustándose la camisa con una calma exasperante.
—La última vez fui yo quien se quedó con un palmo de narices, Mireya. Ahora ya sabes lo que sentí al salir de tu apartamento. He devuelto el golpe con intereses.
Eduardo esperaba verla quebrarse, esperaba súplicas o insultos, pero Mireya se mantuvo petrificada, con las facciones inmóviles como una máscara de cera. Su silencio pareció enfurecerlo aún más.
—Suplícame que me quede, Mireya —la insultó con la mirada, acercándose un paso—. Pídemelo seductoramente y tal vez me convenzas. No es a lo que vine, pero podrías intentarlo... ya sabes que podrías.
Nada en el mundo la haría ceder. Si dejaba que la tocara de nuevo, sentiría que moría por dentro. Lo detestaba con cada fibra de su ser. Momentos antes, sus labios la habían enloquecido; ahora, le producían náuseas. Sin decir palabra, Mireya caminó hacia la puerta de la habitación y la abrió de par en par, indicándole el camino de salida.
—Puede que tengas razón —añadió él, pasando por su lado sin rozarla—. Ya obtuve lo que quise. De todos modos, tengo un compromiso con Andrea. Ella también es apasionada, aunque tenga un genio de mil demonios.
Mireya escuchó sus pasos alejarse, el portazo de la entrada y el chirrido violento de los neumáticos sobre la grava. Solo cuando el ruido del motor se perdió en la distancia, sus fuerzas la abandonaron y se derrumbó en el suelo, sacudida por sollozos incontenibles. La ira empezó a suplantar al dolor sordo. Ideó mil formas de matarlo, de borrarlo de la existencia, pero la realidad era mucho más cruel: el lunes tendría que volver a la oficina. Tendría que mirar a los ojos al hombre que conocía sus debilidades más íntimas y que las había usado para destrozarla.
Él sonreiría. Mireya lo sabía. Eduardo la desnudaría con los ojos cada vez que se cruzaran en el pasillo, regodeándose en el secreto que compartían. Necesitaba un escudo, alguien que inyectara un poco de "normalidad" en su vida antes de que la oscuridad de Eduardo la tragara por completo. Tom podría calmarla, pensó. Marcó el número de su teléfono y él se sorprendió al escuchar su voz.
—¿Tom, te gustan los niños? —inquirió ella, intentando que su voz no delatara el temblor de sus manos.
—¿Me estás haciendo una propuesta? —rio Tom, claramente sorprendido y halagado.
—No, es para ir al zoológico mañana —replicó ella, forzando una calma que era pura fachada.
Tras cerrar el plan con un Tom encantado de ejercer de caballero andante, Mireya se observó en el espejo. Tenía la mirada extraviada, el reflejo de una mujer que acababa de ser asaltada emocionalmente. Tendría que hacer un esfuerzo inaudito para que Eduardo no notara la herida moral que le había infligido.
Al día siguiente, entró en la sala de sonido con la cabeza bien alta. Había elegido un vestido de seda natural azul claro que realzaba su figura con una elegancia casi desafiante. No iba a esconderse. Si Eduardo quería una guerra de voluntades, la tendría.
El encargado del equipo soltó un silbido de admiración al verla pasar. Mireya le dedicó una sonrisa radiante, una que nunca le daba a su jefe. Eduardo estaba allí, de pie, con una cinta en las manos. Al levantar la vista y verla, su expresión de sorpresa fue momentánea, pero evidente. ¿Qué esperaba? ¿Que se presentaría arrastrando los pies y sometida? ¡Estaba muy equivocado!
La mañana transcurrió entre cables, cronómetros y el zumbido de las cintas. Eduardo se comportaba con una profesionalidad cortante, pero Mireya sentía su mirada quemándole la nuca cada vez que ella se inclinaba sobre los libretos.
A las doce y veinticinco, la puerta de la cabina se abrió y Tom apareció, puntual y sonriente, luciendo una chaqueta.