El verano en Madrid se presentó perezoso y asfixiante. Los madrileños buscaban cualquier rincón de sombra en el Retiro, la policía patrullaba en manga corta y la ciudad parecía derretirse bajo el sol. Trabajar en las entrañas de la productora era una tortura. El calor en los platós y en las oficinas era opresivo; nadie tenía energía ni entusiasmo cuando el termómetro rozaba los cuarenta grados. Un sábado por la mañana, Mireya y Eduardo pasaron dos horas encerrados intentando editar unas secuencias. Era una tarea desesperante porque cada plano parecía indispensable.
—Lo dejamos como está —sentenció Eduardo con tono sombrío.
Bajaron en el ascensor y salieron al vestíbulo de la planta baja. Los grandes ventanales de la entrada brillaban como cristales hirientes y Eduardo se protegió los ojos con la mano.
—¡Dios, qué calor! Pagaría lo que fuera por pasar unas horas cerca del mar.
—Te entiendo perfectamente —suspiró Mireya, cerrando los ojos e imaginando el agua azul y la brisa de la costa—. Pero las playas deben estar a reventar; eso dicen todos los periódicos.
—Eres una realista insufrible —murmuró él—. ¿Te llevo a casa?
—Gracias —aceptó ella, siguiéndolo hacia el aparcamiento.
—¿Has quedado con Tom hoy? —preguntó Eduardo una vez dentro del coche.
—Está en Bruselas —le recordó ella—. Está cubriendo un reportaje sobre el Parlamento Europeo.
Tom iba y venía constantemente, algo que a Mireya le resultaba conveniente, ya que esas ausencias le permitían mantener su propia independencia.
—Conozco una piscina solitaria —comentó Eduardo de repente.
—En un día como hoy, dudo que exista tal cosa.
—Te aseguro que sí. Mi madre tiene una en su jardín.
—¿Tu madre? —inquirió ella, totalmente sorprendida por el giro personal de la conversación.
—¿Pensabas que no tenía madre? —preguntó él con ironía—. Supongo que te imaginabas que me habían fabricado con hormigón y alambre de espino.
—Algo parecido —admitió Mireya.
—Pues, por extraño que te parezca, tengo padre y madre. Él es abogado, aunque ahora está jubilado y se dedica a cultivar rosas; tiene miles de ellas. Y mi madre, efectivamente, tiene piscina.
—¿Y estarán en casa? —le lanzó una mirada cargada de sospecha.
—Sí, mi cautelosa amiga. Ambos están allí y me esperan para comer. Estás invitada.
—No podría. No se puede aparecer en una casa con un invitado inesperado así como así.
—¿Y por qué no? Habrá comida de sobra y, además, tienen ganas de conocerte. Pasaremos primero por tu piso para que recojas el biquini y dedicaremos la tarde a refrescarnos.
Mireya suspiró, seducida por la idea. Si se quedaba en casa, terminaría limpiando el apartamento o contestando correos pendientes. Estaría sola y aburrida.
—Acepta de una vez. Tengo el presentimiento de que mi madre te va a caer muy bien y, desde luego, le encantarás a mi padre. Es un experto en la belleza, sobre todo en la que no necesita palabras; por eso le vuelven loco las rosas. La casa y el jardín están llenos de ellas. Insistirá en enseñarte todos los premios y copas que ha ganado con sus ejemplares. Ya me encargaré yo de rescatarte antes de que te aburra, para que puedas pasar unas horas deliciosas en la piscina.
—¿Y por qué tiene piscina tu madre? ¿La usa mucho?
—Nada todos los días —asintió Eduardo, recobrando la seriedad—. Hace veinte años se quedó paralizada y un terapeuta le recomendó la natación para fortalecer los músculos. Le costó años volver a caminar, y todavía lo hace con una ligera cojera.
—¿Cómo podía nadar estando paralizada? —preguntó Mireya, conmovida por la historia.
—Mi padre la metía en el agua y la sostenía. Durante mucho tiempo solo conseguía flotar, pero poco a poco empezó a recuperar movilidad. Tardaron años, pero, por Dios, valió la pena.
—Por lo visto, tus padres son personas maravillosas —comentó ella con total sinceridad.
—¡Dilo ya! —soltó él con una sonrisa divertida.
—¿Decir qué?
—Que no te explicas cómo han podido tener un hijo como yo.
—No me lo explico —respondió ella justo cuando llegaban al edificio de Madrid donde vivía.
El sentido común le gritaba que no fuera. Habían conseguido establecer una buena relación profesional y era peligroso cruzar la línea hacia algo más personal. Eduardo se dio cuenta de sus dudas, pero no dijo nada. Mireya levantó la vista hacia el cielo de un azul incandescente e imaginó el agua fresca sobre su cuerpo acalorado. Era demasiado tentador.
—Deja de luchar contra ti misma —le ordenó él—. Te vendrá bien conocer a mis padres y necesitas un descanso, has trabajado muchísimo. Tranquila, Mireya.
—Está bien, voy.
Una hora más tarde, el coche cruzaba una gran verja verde y avanzaba lentamente por un camino privado flanqueado por arbustos en flor. Al detenerse frente a la fachada de la casa, una puerta que daba a una terraza techada se abrió y tres perros salieron corriendo y ladrando. Eduardo bajó del coche y los animales saltaron sobre él para lamerle las manos. Era evidente que lo adoraban.
—¡Quietos, desobedientes! —les dijo Eduardo, fingiendo una severidad que los perros ignoraron por completo.
—Como de costumbre, llegas tarde —dijo una voz cálida desde la casa. Mireya se volvió y vio a una mujer menuda en la terraza.
—Adivina a quién te he traído, mamá —dijo Eduardo después de darle un beso e indicando a Mireya con un gesto.
—De modo que tú eres Mireya —dijo la mujer, delgada y con una sonrisa amable en los labios.
Mireya se quedó desconcertada. ¿Cómo sabía quién era? ¿Acaso Eduardo le había dicho que la traería? Eso significaba que la invitación no había sido un impulso de última hora, como ella creía.
—Soy Elizabeth, la madre de Eduardo —continuó la voz agradable—. Puesto que mi maleducado hijo no nos ha presentado, olvídate de formalidades y llámame Elizabeth. Siento que te conozco bien y no hay necesidad de ser distantes.