Error de una Noche

Capitulo 15

Hacía tiempo que Mireya había aprendido a esconder su timidez tras una máscara de serenidad absoluta, y nunca estuvo tan agradecida por ese hábito como ahora. Necesitó toda su entereza para aguantar la observación burlona de esos ojos grises. Eduardo no perdía oportunidad de marcar territorio frente a todos. No llegaba a tocarla, pero la forma en que la miraba la hacía estremecerse; era una mirada tan cargada que incluso los demás se sentían incómodos. Si la hubiera besado en medio del plató, no habría sido más evidente.

Mireya sabía que tenía dos opciones: estallar de rabia o fingir que no pasaba nada. Eligió la segunda. Él, por supuesto, esperaba que ella perdiera los estribos, que le gritara o hiciera algo drástico que le permitiera a él dar el siguiente paso. Pero ella no hizo ni dijo nada. Se limitó a tratarlo con una cortesía profesional impecable y se aseguró de no quedarse a solas con él ni un solo segundo.

Resultó relativamente fácil porque la actividad en la oficina era frenética. La gente entraba y salía sin cesar, algo que Eduardo no podía evitar. Se quedaba de pie frente al escritorio de Mireya, observándola en silencio. Si ella hablaba con alguien, sentía que sus ojos la devoraban. Todo el personal de la productora estaba intrigado, intentando descifrar qué estaba pasando, pero Mireya lo ocultaba con maestría.

A las veinticuatro horas, el edificio entero era un nido de rumores. Mireya notaba cómo las cabezas se giraban cuando entraba en la cafetería, pero ya había aprendido la lección. Miraba sin ver a nadie y sonreía como si no tuviera idea de qué hablaban. La ausencia de Tom facilitó las cosas, ya que nadie se atrevía a preguntarle directamente. Le lanzaban indirectas o sonrisas cómplices, pero su dignidad innata actuaba como un escudo que los mantenía a raya. Carol fue la única que se atrevió a tocar el tema, aunque de forma velada.

—¿Cómo está Eduardo? —le preguntó sin rodeos un día mientras almorzaban juntas.

—Bien, soltando rayos y centellas como siempre —respondió Mireya con naturalidad.

—Pero... ¿ya no te los lanza solo a ti? —sonrió Carol, esperando una confidencia.

—No discrimina, es bastante democrático con su mal humor. Nos salpica a todos —replicó Mireya, sabiendo perfectamente que Carol lo difundiría a los cuatro vientos.

—Claro... —murmuró Carol, observándola con atención—. Pero siempre le has gustado, ¿no? Desde aquella primera fiesta. Supongo que le enfurece saber que prefieres a Tom, que es un encanto, aunque nunca será un Eduardo.

—Precisamente en eso reside su atractivo.

—¡Estás loca! Eduardo es poco menos que un regalo de los dioses para cualquier mujer —exclamó Carol, incrédula.

—¿Quién te ha dicho eso? ¿Él mismo?

—¿Cómo puedes hablar de Eduardo así? —Carol soltó una carcajada y se tapó la boca—. Todas lo desean, y Andrea Redmond está perdiendo la cabeza por él, eso lo sabemos todos.

—Pues que le aproveche —Mireya mostró una indiferencia total—. Yo no lo aceptaría ni envuelto para regalo con un lazo de lujo.

—¿Por qué no tendré yo tu suerte? —suspiró Carol—. Yo lo aceptaría con los brazos abiertos.

—Te arrepentirías —replicó Mireya tajante.

Carol no lo conocía de verdad; no tenía ni la más remota idea de lo cruel que Eduardo podía llegar a ser. Sin embargo, Mireya no podía darle detalles; de hecho, no sentía que tuviera a nadie en quien confiar plenamente.

Más tarde, se arrepentiría de haber pronunciado esas palabras, porque, tal como era de esperar en ese nido de cotilleos, llegaron a oídos de Eduardo. Él entró en el despacho como la viva imagen de la furia, casi dando un portazo en las narices de un redactor que intentaba entrar tras él. Mireya vio la expresión de estupefacción del compañero antes de que la puerta de madera se cerrara con violencia. Cautelosa, levantó la vista hacia Eduardo, que ya estaba a su lado, invadiendo su espacio personal.

—Hablas demasiado —le soltó él, rodeándole el cuello con una mano como si fuera a estrangularla.

A Mireya nunca la habían acusado de algo así, y soltó una risa incrédula, puramente nerviosa.

—¿Te hace gracia? —inquirió él, acercándose más—. Pues ríete, no te cortes.

Eduardo casi la asfixió al besarla con una violencia contenida. Mireya intentó mantenerse rígida e indiferente, obligándose a no reaccionar mientras permitía que él descargara su rabia en ese beso.

—¿Así que no me aceptarías ni como un regalo de lujo? —masculló él al separarse apenas unos milímetros.

—No —respondió ella con altivez—. Ni aunque vinieras cubierto de diamantes.

—Vas a ser mía —dijo él, fuera de sí—. Créeme, Mireya, lo serás. Y cuanto más luches, más voy a disfrutar del momento de mi victoria. Puedes ir a contárselo a tu comprensivo amiguito si quieres.

—Si quieres puedo redactar un comunicado y colgarlo en el tablón de anuncios —replicó ella desafiante—. Estoy segura de que a todo el equipo le encantará conocer tus intenciones de primera mano.

—Creo que ya se lo has dejado bastante claro a todo el mundo.

—Tú te encargaste de que así fuera —asintió ella.

—Pero ellos no son mi objetivo —sentenció él con una mirada que prometía no rendirse hasta verla claudicar.

—Te dije que eres cruel —murmuró ella—. Por lo tanto, nada de esto me sorprende.

—Me halagas —respondió Eduardo, y parecía decirlo tan en serio que la enfureció aún más.

—Nunca pensé que tu ego soportaría tantas miradas curiosas.

—Cuanto más público haya, mejor —sonrió él con una aceptación fingida—. Cuando por fin seas mía, todos lo sabrán —susurró. Mireya desvió la mirada al comprender su juego: como ella lo había rechazado frente a otros, él planeaba anunciar su victoria de la misma forma.

—¡Eres lo peor!

—Gracias —rio él, como si fuera otro cumplido. Le rozó la mejilla con un dedo—. No me hagas esperar demasiado, Mireya. Sabes que no soy un hombre paciente.

—Pues aprende a serlo, porque esperarás hasta el fin de los tiempos.




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