Antes de regresar a sus puestos en la productora en Madrid, pasaron por la finca de la sierra para darles la noticia a los padres de Eduardo. La alegría fue absoluta. Los padres de Mireya, por su parte, se enteraron a través de una llamada internacional. Su madre, con esa intuición que siempre la caracterizaba, no pareció sorprendida en absoluto; después de todo, siempre supo que el destino de su hija estaba ligado a ese hombre de ojos grises y voluntad de hierro.
Mireya ya no necesitaba huir a Nueva York. Había encontrado su lugar, y Eduardo había encontrado, por fin, la paz que solo el verdadero amor puede otorgar.
—Ángela me dijo que te gustaba —comentó su madre por teléfono, sin mostrar rastro de preocupación por la precipitación con la que se había efectuado la boda—. Espero que seas muy feliz, cariño. ¡Que la suerte os acompañe siempre!
Los padres de Eduardo tampoco se mostraron sorprendidos. Elizabeth sonrió radiante al abrazarlos en el porche de la finca.
—Me alegra mucho que al final te haya convencido —dijo la mujer.
—Mamá siempre acaba enterándose de todos mis planes —le informó él con una media sonrisa.
—Mucho antes de conocerte en persona, yo ya sabía que Eduardo había encontrado a la mujer de sus sueños —añadió Elizabeth.
—¿Eso fue lo que te dijo? —preguntó Mireya, divertida.
—A su manera —respondió ella. Eduardo se ruborizó ligeramente ante la risa de las dos mujeres, algo que Mireya jamás habría creído posible.
—Me dijo que eras bella como un ángel y que, literalmente, lo estabas volviendo loco —reveló Elizabeth con picardía.
—Espero que esto signifique que por fin tendremos nietos —intervino el padre de Eduardo, visiblemente satisfecho—. Este chico ha tardado demasiado en dar el paso.
—Danos tiempo, papá. Apenas llevamos una semana de casados —replicó Eduardo.
—¿Seguirás trabajando en la productora, Mireya? —inquirió Elizabeth mientras tomaban café.
—La verdad es que no hemos hablado de eso todavía —respondió ella con sinceridad.
—¿Deseas seguir haciéndolo? —preguntó Eduardo, observándola con una expresión impávida pero atenta.
—Eso depende de lo pronto que quieras empezar a formar una familia —respondió ella con cierta timidez.
—Hablaremos de eso más tarde, a solas —dijo él, con un brillo divertido y posesivo en los ojos.
—Quiero tener hijos lo más pronto posible —le afirmó Eduardo esa misma noche, cuando por fin cerraron la puerta de su habitación, sellando un futuro que ya no conocía ni el miedo ni la distancia.
—¿Por qué tanta prisa, Eduardo? —preguntó ella. Mireya sospechaba que ese deseo ferviente de formar una familia nacía de una necesidad de borrar cualquier rastro de su pasado con Adrián, marcando una diferencia absoluta con su primer matrimonio. Sin embargo, si eso era cierto, no le parecía buena base utilizar a los hijos como un escudo contra algo que ya no existía.
—Me gustan los niños. ¿A ti no? —respondió él con naturalidad—. Además, tengo la oferta norteamericana sobre la mesa.
—¿Qué oferta? —preguntó ella, sorprendida.
—Me la propusieron hace años, pero siempre me negué porque no tenía una razón para irme. Ahora que termine esta serie, creo que aceptaré el puesto por un tiempo. Te será mucho más fácil aclimatarte allí con hijos. Además, Angela estará disponible en caso de que la necesites. Viviremos también en Nueva York.
—Sería fantástico —asintió Mireya, sintiendo un peso menos en el corazón—. Eso alegrará muchísimo a mi hermana, aunque va a ponerse furiosa cuando se entere de que nos hemos casado sin su consentimiento.
—¡Podríais habérmelo dicho! —estalló Angela a la mañana siguiente, en cuanto pasaron a visitarla—. ¡Es la primera boda de la familia que se celebra sin un solo pariente delante!
—No pude esperar —explicó Eduardo con una tranquilidad pasmosa, provocando que Mireya se ruborizara hasta la raíz del pelo.
—¡Egoístas! ¡Ni siquiera me disteis un aviso previo!
—Angela, de verdad, lo siento —se disculpó Mireya acercándose a ella.
Eduardo aprovechó el momento para soltar la noticia de su inminente contrato en los Estados Unidos. Como era de esperar, Angela cambió el chip de inmediato y empezó a planear en qué zona de Manhattan vivirían y qué tipo de casa deberían buscar.
—Todo eso está muy bien —la interrumpió Eduardo con una sonrisa de suficiencia—, pero necesitamos que la casa tenga, al menos, un cuarto para niños.
—¡Dios santo! —exclamó Angela, deteniéndose en seco y examinando el vientre de Mireya con ojos de detective—. ¿Es por eso que os habéis casado tan rápido? ¿Es que ya estáis...?
—¡Claro que no! —replicó Mireya, indignada y con las mejillas encendidas por la insinuación de su hermana.
—Estoy seguro de que no hace falta un diagrama para explicar las razones de nuestro enlace precipitado —intervino Eduardo con esa seguridad suya que siempre rozaba la insolencia.
—Desde el momento en que te conocí supe perfectamente qué tipo de hombre eras —sentenció Mireya, señalándolo con el dedo—. Espero que mi hermana sepa cómo mantenerte a raya.
—Nunca me sentiré atado —aseguró él, mirando a Mireya con una devoción que suavizaba sus rasgos—. Sé reconocer cuando tengo algo valioso entre las manos y sé cómo cuidarlo.
—Ella es alguien especial, Eduardo. Por favor, cuídala.
—Cada minuto de su vida —prometió él con total seriedad.
Más tarde, cuando las dos hermanas se quedaron a solas en la cocina, Angela no pudo evitar la pregunta que le quemaba en la lengua:
—Así que tuve razón desde el principio... fue irresistible, ¿verdad?
—Lo confieso —declaró Mireya sin rodeos, sintiendo por fin que no tenía nada de qué esconderse.
—¿Y qué siente él con respecto a Adrián? —Mireya sonrió; sabía que Angela no dejaría pasar un tema tan delicado por mucho que ella intentara evadirlo.
—Al principio estaba celoso, era una obsesión... pero ya ha pasado. Eduardo me ha traído de vuelta al presente, a un futuro donde el recuerdo de Adrián es solo una parte de mi historia, no algo que pueda hacernos daño.