Alina
El frío del hielo nunca me ha molestado.
Lo prefiero.
El silencio que lo rodea, la forma en que todo se reduce a respiración, música y precisión… ahí es donde todo tiene sentido; no hay ruido, no hay opiniones, no hay miradas que juzguen.
Solo yo, el programa y cada movimiento exactamente donde debe estar.
Aquí no se falla.
Aquí no hay espacio para eso.
Respiro hondo en la entrada de la pista mientras ajusto los cordones de mis patines. Están perfectos, igual que siempre.
A mi alrededor, el murmullo del público se filtra como un eco lejano, pero nunca me ha interesado.
–Alina, treinta segundos– dice alguien del staff.
Asiento sin mirarlo, porque mi atención lo tiene el reflejo que me devuelve la mirada.
El traje azul con piedras plateadas brilla debido a la luz artificial del lugar, mientras mi cabello oscuro está atado en un perfecto moño y mis medias brillan al igual que el traje.
Por fuera, este deporte luce glamuroso, pero la disciplina es el pilar de esto… no los trajes bonitos.
A mi lado, Leo se mueve inquieto, sacudiendo los hombros como si intentara liberar tensión; su traje, a juego que el mío, tintinea por sus movimientos y los rizos le caen con descuido en la frente.
–Recuerda el tercer lift– le digo– Llegas tarde medio segundo.
Él exhala, cansado de la conversación.
–Lo sé.
–No lo suficiente, al parecer.
Leo aprieta la mandíbula, logrando que su perfíl se vea más intimidante aquí que en los videos de presentación, donde siempre muestra una sonrisa coqueta y “agradecida” por estar en la pista.
–No puedes decir eso ahora.
–Puedo decirlo siempre– levanto una ceja en su dirección– Si fallas, nos arrastras a los dos.
El silencio entre nosotros se vuelve más pesado que el aire frío de la pista.
–A veces parece que quieres que falle– responde.
Lo miro con atención, directa y sin suavizarme debido a sus palabras.
–Si quisiera eso, no estaría aquí.
Un segundo. Él frunce los labios ante mi respuesta.
Dos segundos. Exhala cansado, sabe bien que mis palabras son ciertas.
Alguien hace una señal desde la pista.
Es nuestro turno.
Camino hacia el hielo, tomando mis patines en el camino, sin esperar respuesta por parte de Leo, porque al final esto no es sobre él.
Nunca lo ha sido, aunque él se engañe pensando lo contrario.
La música comienza en cuanto mis cuchillas tocan la superficie, la intro de Don´t Go Insane suena por los parlantes que rodean la pista y es suficiente para que todo desaparezca.
El mundo, el ruido, Leo.
Incluso yo.
El programa es perfecto.
Cada giro entra donde debe, cada transición fluye como si estuviera escrita en mi cuerpo desde antes de aprender a caminar.
El salto en el minuto uno cae limpio, el segundo… aún mejor.
La música crece y nosotros con ella.
Y el tercer lift…perfecto.
No medio segundo tarde, no impreciso ni dudoso, sino perfecto.
Cuando aterrizo, el público estalla en aplausos, pero eso no es lo que importa y lo sé incluso antes de detenerme.
Lo siento.
No hubo errores, ni uno solo.
Terminamos en la última posición, respirando sincronizados, congelados en la pose final mientras la música muere lentamente y es entonces cuando el sonido vuelte.
Fuerte e invasivo.
Aplausos, gritos, flashes.
Sonrío.
La sonrisa que esperan los espectadores, la que adoran los medios y la que siempre brindo a quien se acerca demasiado.
⛸️⛸️⛸️
La zona de entrenamiento huele a hielo raspado y nervios.
Apenas cruzamos la puerta, dejo de sonreír.
–Llegas tarde en la entrada del segundo giro– digo, quitándome los patines blancos con cordones azules igual que el traje.
Leo suelta una risa incrédula.
Sus rizos se han pegado a los laterales de su rostro, debido a un poco de sudor frío después del programa que ejecutamos y, aunque a los espectadores les guste su cabello, insisto en que se volverá un obstaculo un día de estos.
–¿En serio, Alina?
–Si, en serio.
–Fue imperceptible.
–Para ti.
Se pasa una mano por el sudoroso cabello, despegandolo de su rostro y dejando ver con claridad su expresión frustrada.