Felix
Cuando Isaac dijo que ya había apartado una sala privada del karaoke, pensé: genial.
Cuando agregó: “Y ya pedí comida”.
Pensé: Más genial todavía.
Pero cunado vi a Alina caminando a mi lado hacia la entrada… de repente me puse nervioso.
Lo cual es ridículo, porque es Isaac, literalmente el ser humano menos intimidante del planeta.
–¿Por qué caminas raro?– pregunta Alina de pronto.
–¿Qué?
–Estás caminando raro.
–No estoy caminando raro.
–Si lo estás haciendo.
Miro a mis pies, las converse rojas que me parecieron buena idea antes pero ahora me hacen dudar, se mueven con normalidad.
Creo...
Espero.
–Solo estoy… caminando.
–Ajá– ella me observa un segundo más.
Ok, eso fue sospechosamente juzgador.
Llegamos al establecimiento, nos dirigimos a la sala al fondo del pasillo y antes de siquiera tocar la puerta, esta se abre de golpe.
Isaac aparece sosteniendo una canasta de papas fritas… y tiene catsup en los labios.
Muchísima.
–¡¡ALINA QUIN!!
Ella parpadea perpleja y yo cierro los ojos un segundo.
–Isaac…
–¿Qué?– pregunta confundido.
Señalo mi boca y él se limpia rápido con la manga de su playera, lo cual es peor porque es de color claro.
Mucho peor.
–Oh, no, espera– ahora si usa una servilleta– Hola– dice otra vez, mucho más digno– Soy Isaac.
Alina lo mira, después a mí y regresa su atención a él.
–¿Siempre es así?
–Desafortunadamente sí– respondo.
–Y orgullosamente– añade Isaac.
Entramos a la sala.
Hay canciones cargadas desde antes, vasos de refresco y una cantidad absurda de nuggets sobre la mesa.
–Llegué rápido porque Felix escribió “emergencia social” y pensé que alguien se estaba muriendo.
–No escribí eso.
–Si lo hiciste.
Pienso un segundo, solo uno, pero el recuerdo de enviar ese mensaje mientras esperaba a que Alina se alistara me golpea abruptamente.
–…ok, si.
Alina rueda los ojos mientras se sienta en una esquina del sofá, pero ya no se ve tan tensa como antes y eso me gusta más de lo que debería reconocer.
Isaac nos entrega el control del karaoke mientras sonrie divertido.
–Yo ya puse mis canciones, así que ahora ustedes sufren.
–Yo no voy a cantar– dice Alina inmediatamente.
–Si vas a hacerlo– respondo igual de rápido.
–No.
–Si.
–No.
–Si.
Isaac levanta una mano como si pidiera permiso en la clase.
–Como mediador profesional en peleas absurdas, propongo duetos.
–No– dice ella.
–Si– digo yo.
–No canto con desconocidos,
Vale, eso me ofende un poquito y lo dejo claro cuando la miro indignado.
–Hemos entrenado juntos, tengo moretones que lo prueban…
–Eso no significa que te conozca.
–Tiene un punto– Isaac asiente solemnemente, si que se toma el papel de mediador muy en serio.
–¿De qué lado estás?
–Del caos– sonrie de lado.
Claro que si.
Al final, después de diez minutos de negociación que honestamente parecían Tratados Internacionales, Alina acepta cantar.
Pero no conmigo.
Sino sola.
Lo cual me sorprende un poco, pero también me intriga.
Desde que comienzan los primeros acordes, supe lo que se avecinaba.
Isaac canta horrible, con orgullo y demasiada emoción.
En algún momento interpreta una canción dramática de los 2000, arrodillado sobre el suelo mientras señala a un nugget como si fuera el amor de su vida.
–¡DIME POR QUÉ!
–Porque estás enfermo– responde Alina.
Y nadie me preparó para lo que ocurrió despues… ella se ríe.
No fuerte ni exagerado, sino una pequeña risa ligera… y yo, olvido completamente el drama romántico de Isaac con el nugget.
¿Cómo podría describir este acontecimiento en un libro de historia? Porque definitivamente estará plasmado en uno.
Cuando Alina Quin sonríe de verdad… todo cambia.