Felix
Hacer reír a Alina Quin debería ser considerado un deporte olímpico de alto riesgo.
Sucedió el martes por la tarde, durante la última hora de entrenamiento, cuando Sofía afortunadamente ya se había ido de la pista.
Estábamos ensayando una transición nueva que requería que la deslizara por debajo de mi brazo antes de un giro sincronizado.
A mitad del movimiento, perdí un poco el equilibrio debido a un bache invisible en el hielo y, para no aplastarla, terminé haciendo una maniobra ridícula que parecía una mezcla entre ballet clásico… y un pato mareado.
Terminé sentado en el hielo, con las piernas abiertas y una expresión digna de un meme.
Esperaba un suspiro frustrado por parte de Alina, que rodara los ojos o me regañara por no mantener el torso firme. Pero en su lugar, el silencio de la pista se llenó de un sonido suave, ahogado al principio, que luego se convirtió en una risa pequeña y cristalina.
Me quedé helado en el suelo, mirándola hacia arriba.
Alina tenía una mano sobre sus labios, intentando contenerse, pero sus ojos oscuros estaban completamente iluminados y sus hombros temblaban.
Fue una risa real.
No una mueca de cortesía o algo ensayado para las camáras, sino un destello de alegría pura que le transformó el rostro por completo.
Dios, se veía hermosa.
Sentí un vuelco en mi pecho, pero me obligué a morder la parte interna de mi mejilla.
Sabía perfectamente que si mencionaba lo que acababa de pasar, su frío muro volvería a subir a la velocidad de la luz y la perdería, por lo menos, durante el resto del día.
Así que simplemente sonreí, me levanté sacudiéndome la escarcha y continué la práctica como si mi corazón no hubiera estado a punto de colapsar.
El problema es que, en Lucky Snow, las paredes tienen ojos… o mejor dicho, cámaras.
⛸️⛸️⛸️
Alina
El miércoles por la mañana, mi teléfono comenzó a vibrar a las seis de la mañana con tanta insistencia que pensé que el edificio se estaba incendiando.
Cuando estiré la mano para apagarlo, noté que tenía treinta mensajes de Noah y una llamada perdida de Ariel.
Deslicé la pantalla y lo primero que apareció en mi inicio de Twitter fue un video en bucle de cinco segundos de duración.
El ángulo era elevado, tomado desde las sombras de las gradas superiores de la pista.
El video mostraba el momento exacto de ayer: Felix cayéndose de forma ridícula y yo… riéndome. La toma hacia un acercamiento dramático directamente a mi rostro, enfocando mis ojos achicados por la risa y la forma en que mi psotura rígida se desarmaba por completo.
El tweet principal tenía más de cien mil likes en menos de cuatro horas y el pie de foto decía en mayúsculas:
“¿ESTÁ SONRIENDO? REPITO: ¿LA REINA DE HIELO ACABA DE SONREÍR POR CULPA DE FELIX LOVELACE? INTERNET, ESTAMOS EN CRISIS”.
Me senté en la cama de golpe, sintiendo el frío de la mañana colarse por mi pijama blanca.
Las redes sociales eran un caos absoluto.
Había capturas de pantalla de mi cara con círculos rojos, hilos de discusión analizando el lenguaje corporal de Felix y teorías conspirativas sobre si estábamos saliendo en secreto.
La reputación de chica difícil e inaccesible que durante años, todos a mi alrededor habían construido, comenzando por Sofía, se estaba desmoronando públicamente gracias a un video de cinco segundos.
Pero lo peor no era internet.
Internet me importaba poco, pero lo que me causó un vuelco en el estómago fue el pánico de pensar…¿Qué va a pensar Felix de esto?
¿Iba a creer que estaba cambiando? ¿Pensaría que había logrado ablandarme? ¿Se daría cuenta de que su forma tan optimista de ver el mundo me estaba comenzando a afectar?
Sinceramente, quería reportarme enferma para evitar verlo en la práctica.
Cuando llegué a Lucky Snow una hora después –con mucho pesar y una taza gigante de café en mi sistema– el ambiente en el vestíbulo era tenso.
Había dos guardias de seguridad revisando los pases de los técnicos en la entrada.
Han seguido el caso de los videos filtrados desde lo sucedido con Leo y conmigo, pero al principio intentaron mantenerlo de forma discreta debido al alboroto que se generó, pero ahora… comienzan las medidas pesadas.
La agencia ha prohibido celulares en las gradas y ha cambiado los códigos de acceso, pero algo me dice que el filtrador anónimo seguirá encontrando la forma de colarse.
Es como un fantasma.
Caminé hacia la pista con las manos metidas en los bolsillos de mi sudadera rosa, intentando mantener mi rostro más neutral y serio posible, pero conforme me acercaba, pude ver a Felix en la barandilla.
Estaba sentado en la banca, amarrándose los patines de Spiderman, pero tenía el teléfono en la mano; estaba viendo el video, lo supe por la luz cambiante en su rostro y por la ligera curva que tenían sus labios.