Errores Sobre Hielo

Capitulo 17 "El primer beso"

Alina

El entrenamiento del jueves fue un desastre absoluto de principio a fin.

La pista en Lucky Snow se sentía más fría que de costumbre, o tal vez era la presión que se nos metía por los poros.

El video viral de mi risa seguía acumulando millones de reproducciones, los altos mandos de la agencia caminaban por los pasillos con cara de pocos amigos buscando al filtrador fantasma, y para rematar, Sofía seguía apareciendo de vez en cuando solo para observarnos con los brazos cruzados y una sonrisa de autosuficiencia que me carcomía los nervios.

Intentamos la nueva elevación tres veces y las tres veces salió mal.

Mis movimientos eran toscos, defensivos.

En lugar de dejarme guiar, ponía el cuerpo rígido cada vez que las manos de Felix tocaban mi cintura.

Estaba sobreanalizando todo, el peso de lo que me había dicho el dia anterior –que solo le importaba hacerme sonreír– flotaba entre nosotros como una barrera invisible que yo me negaba a cruzar.

Y aunque antes había dicho algo similar cuando establecí las reglas de nuestra dinámica, algo en su declaración reciente fue diferente… se sintió diferente.

–Otra vez– dije, limpiando el sudor de mi frente con el dorso de mi mano.

Mi respiración era un hilo de vapor en el aire.

–Alina, estás agotada– Felix bajó los brazos, deteniéndose en seco en medio del hielo.

Su sudadera gris estaba empapada, incluso el dibujo de Spiderman se oscureció debido a ello, y sus ojos avellana que usualmente brillaban, ahora reflejaban una frustración que era inusual en él.

–Llevamos cuatro horas sin parar… tu cuerpo no está respondiendo bien y sí seguimos forzando el lanzamiento vas a terminar lesionándote.

–Dije que otra vez, Felix– lo miré fijamente, clavando las cuchillas con brusquedad– Si no puedes seguirme el ritmo, solo dilo, pero yo no me voy a ir a casa dejando esto a medias.

Felix soltó un suspiro pesado junto a una risa seca que no tenía nada de habitual con él, se pasó una mano por el cabello desordenado y se acercó a mí.

El hielo de la pista crujió bajo sus patines.

–No se trata del ritmo, ¡Se trata de que no me estás dejando hacer mi parte!– su voz resonó en las paredes vacías de la pista, mucho más alta de lo normal.

–¿Tu parte? ¡Solo debes atraparme, Felix!

–¡Y no puedo hacerlo si saltas antes de tiempo porque tienes miedo de que te toque!– exclamó, deteniendose a centimetros de mí.

El golpe de sus palabras me dejó sin aire por un segundo, porque la verdad duele más que una caída en el hielo.

–Yo no tengo miedo– mentí, acortando la distancia todavia más, hasta que mi pecho casi rozaba el suyo.

La rabia, el pánico y la frustración acumulada de los últimos días estallaron dentro de mí, aunque intenté en vano contenerlos un poco más… ambos sabíamos que necesitaba decirlo.

–No te equivoques, he patinado con peores personas que tú y nunca he tenido miedo.

–Si hablas de Leo…– cerro los ojos con frustración e intentaba calmarse.

–Él no ha sido mi único compañero.

–¡Entonces deja de tratarme como si fuera el enemigo!– Felix abrió los ojos de golpe para sostenerme la mirada, sus iris destellaban con una intensidad que podía sentir como me quemaba– Estoy intentando cuidarte… Intento estar aquí para ti, pero cada vez que doy un paso adelante, tú construyes una pared más alta, ¿Qué es lo que te asusta tanto, Alina? ¿Qué internet tenga razón? ¿Qué de verdad le importes a alguien?

–¡Me asusta que arruines todo!– le grité con la voz rota por el esfuerzo y la emoción contenida– Me asustas tú, Felix. Me asusta cómo haces que todo se sienta tan jodidamente fácil cuando la mayor parte de mi vida no lo ha sido, me molesta que me mires así y me molesta no poder concentrarme porque solo puedo pensar en lo que dijiste ayer.

–¿Y qué fue lo que dije que te molestó tanto?– su voz bajó un octavo, volviéndose peligrosamente baja, pero manteniendo la misma fuerza.

Sus nudillos estaban tensos a los costados de su cuerpo y aunque intentaba cubrirlos con la sudadera, ya los había notado.

–¡Que te importa mi maldita sonrisa!– di un último paso, quedando a milímetros de su rostro, respirando su mismo aire– ¡Nadie se preocupa por eso! ¡A nadie le importa si soy feliz mientras haga lo que me dicen y gane medallas! Asi que deja de hacerlo, deja de ser tan… tú.

–No puedo– su respuesta fue inmediata. La mandibula se le tensó y sus ojos bajaron a mis labios un solo segundo antes de volver a conectarse con los mios– No puedo dejar de hacerlo aunque quisiera.

–¿Por qué?– lo desafié, con el corazón dándome golpes salvajes contra mis costillas y dejandome llevar por la adrenalina del momento– Dame una sola razón válida, Felix Lovelace.

El silencio que siguió fue un vacío ensordecedor que congeló la pista entera.

Ya no había gritos, ni música, ni el eco de nuestras respiraciones agitadas; solo estábamos nosotros dos, atrapados en la gravedad del otro, con todas las cartas sobre la mesa y las defensas completamente destruidas.




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