Errores Sobre Hielo

Capitulo 20 "Rumores"

Alina

El olor a café con canela y el sonido sordo de Felix moviéndose por mi pequeña cocina rompieron el hechizo de aislamiento que había gobernado mi departamento las últimas tres semanas.

Estaba sentada en el sofá, con una manta térmica sobre el hombro izquierdo –el que se había llevado la peor parte de la caída– y las piernas encogidas.

Me sentía adolorida, exhausta y extrañamente en paz.

Después del colapso en el vestidor, Felix simplemente se había negado a dejarme sola; se subió junto a mí al taxi que iba a mi edificio, cargó mi bolsa y confiscó mi teléfono para que dejara de leer las noticias de la prensa.

–Aquí tienes– Felix apareció en la sala, extendiéndome una taza humeante. Llevaba una de esas sudaderas oscuras de los últimos días, pero ver el regreso de su expresión suave y atenta me devolvió la vida– Tómalo despacio ¿Cómo va el hombro?

–Sobrevivirá– murmuré, tomando la taza entre mis manos y dejando que el calor me invadiera.

Lo miré de reojo mientras él se sentaba a mi lado, dejando una distancia prudente pero manteniéndose lo suficientemente cerca como para que nuestras rodillas se rozaran.

–Gracias, Felix. Por… todo lo de hoy.

Felix sonrió sutilmente, estirando la mano para acomodar un mechón de cabello detrás de mi oreja; el roce de sus dedos me hizo suspirar.

–Te dije que no iba a dejarte caer otra vez, Alina. Ni en el hielo, ni fuera de él– su voz bajó de tono, cargada de una honestidad que ya no me asustaba– Estaba volviéndome loco estas tres semanas, ver de lejos cómo te encerrabas en ti misma… no vuelvas a hacer eso, por favor– el último par de palabras sonaron igual a una suplica que me recorrió como una descarga– Si tienes miedo, habla conmigo. Nos caemos juntos y nos levantamos juntos.

Dejé la taza en la mesa del centro y, rompiendo toma mi rígida armadura, me incliné hacia él, apoyando mi cabeza en su hombro sano.

Felix soltó el aire que contenía y me rodeó con sus brazos, pegándome a su pecho; sentir su latido constante me hizo darme cuenta de lo estúpida que había sido.

Dejarlo entrar me hacia invencible… no débil.

Sin embargo, la paz duró poco.

Mi teléfono, que estaba sobre la mesa, se iluminó con una notificación de una aplicación de deportes y no pude evitar estirar el cuello para leer el titular en la pantalla:

“¿Falta de nivel? Expertos aseguran que Felix Lovelace carece de la experiencia internacional necesaria para sostener el ritmo de la Reina de Hielo hacia Snow Price”.

Un frío agudo me recorrió la espalda.

Me aparté lentamente de Felix, mirando la pantalla con amargura.

–¿Qué pasa?– preguntó él, frunciendo el centro de su frente.

–Internet…– apreté los puños– Ahora dicen que eres demasiado inexperto para mí, que tu falta de trayectoria me está arrastrando al fracaso. Felix… ¿Y si tienen razón? Siento que… estoy arruinando tu carrera al meterte en todo este circo mediático y en mi propio drama.

Felix soltó una carcajada seca, tomando mi rostro entre sus manos para obligarme a mirarlo.

–Alina, escúchame bien: mi carrera no existía antes de que me asignaran como tu compañero. Estaba patinando en pistas del centro comercial o comunitarias, sin un rumbo fijo; Si estoy en el mapa hoy es debido a ti, deja que hablen lo que quieran… no saben nada de nosotros.

Le sostuve la mirada, intentando creerle, pero el peso de la culpa seguía flotando en el aire.

⛸️⛸️⛸️

Leo

Ver como entraban juntos a ese edificio me provocó unas náuseas insoportables.

Estaba sentado en mi auto, a unos cincuenta metros de la entrada del complejo de departamentos de Alina, con las manos apretadas alrededor del volante hasta que los nudillos se me pusieron blancos.

En el asiento del copiloto, mi cámara digital descansaba junto a una carpeta con decenas de fotografías impresas: fotos de ella entrenando, fotos de ella saliendo de la agencia… fotos que yo mismo había tomado desde los rincones oscuros de Lucky Snow.

Pero las fotos de Alina riéndose con él, especialmente esas… me hacian sentir cómo algo me retorcía el estómago.

Porque era esa la parte que nadie entendía: ni Ariel, ni Felix… yo era quien conocía realmente a Alina.

La había visto llorar después de los entrenamientos, sangrar por las ampollas, quedarse sola a entrenar cuando todos se iban; yo había estado ahí primero, y aun así ella eligió a alguien más.

Apreté la fotografía hasta arrugarla.

No, eso no era correcto ni justo, porque si ella podía convertirse en esta nueva versión de sí misma para Felix, significaba que siempre pudo hacerlo…

Pero nunca quiso hacerlo conmigo.

Y esa era una verdad que no estaba dispuesto a aceptar.

Mi mirada volvió a la ventana iluminada del tercer piso, los vi moverse detrás de las cortinas, sombras y risas normales, como si no estuvieran construyendo una historia que me pertenecía.




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