Alina
Cruzar la barandilla del Madison Square Garden se sintió como entrar al coliseo romano.
El rugido de miles de personas vibraba directamente en las cuchillas de mis patines, y las luces blancas del techo se reflejaban en el hielo como un espejo infinito; el aire olía a frío, a laca para cabello y a expectativa.
En las gradas, los flashes de las cámaras parpadeaban sin descanso.
Sé lo que buscaban…
Buscaban el más mínimo rastro de mi antigua máscara gélida, el tropiezo que confirmara los titulares de la prensa; pero al mirar a mi derecha, me encontré con Felix.
Me sostuvo la mano con un agarre firme, y esa simple conexión fue como el escudo del Capitán América bloqueando todo el ruido del mundo exterior.
Nos colocamos en el centro de la pista, en nuestra posición de inicio; el silencio cayó sobre el estadio, denso y cargado de tensión.
Respiré hondo.
Por años, me había visto a mí misma como Elsa en su castillo de cristal: aislada, intocable, repitiéndome que el frío de la soledad era mi única protección para no salir lastimada.
Pero el chico a mi lado, con su persistencia absurda y su luz cálida de sol, había derretido cada uno de mis muros; ya no quería gobernar un reino de aislamiento.
Sonaron las primeras notas de nuestra melodía: A Million Dreams de la pelicula The Greatest Showman.
Nos movimos al únisonido.
Mi cuerpo se deslizó por el hielo con una fluidez que nunca antes había experimentado; ya no era una ejecución mecánica, sino que era una liberación.
Con cada giro y cada cruce de pernas, sentía que me despojaba de los fantasmas de Leo y de mi hermano Adam, de las dudas de la prensa y del miedo al fracaso; estábamos dibujando nuestra propia historia sobre el lienzo blanco.
“El uno por el otro”
Me recorde esas palabras cuando la música empezó a ganar intensidad, preparándonos para el clímax del programa.
El momento de la verdad.
Felix cambió de frente, sus ojos avellana fijos en los míos con una concentración absoluta. Era la transición al Lasso Lift, la elevación en la que nos habíamos estrellado contra el suelo en Toronto ante los ojos del mundo.
⛸️⛸️⛸️
Felix
Este era mi momento de lanzar la telaraña y salvar el día.
No podía existir margen de error.
La música alcanzó su punto más alto, un crescendo épico que nos exigía alma.
Tomé a Alina de la cintura, sentí el calor de su cuerpo a través de la tela de su vestido azul y, por un milisegundo, el fantasma de la caída intentó colarse en mis músculos; pero Alina no se tensó, no hubo un solo gramo de duda en su postura.
Al contrario, me miró con una confianza tan ciega y pura que me dio el superpoder que necesitaba.
La impulsé hacia arriba.
Alina se despegó del hielo con la ligereza de un copo de nieve arrastrado por el viento, subió recta, perfecta, desafiando las leyes de la física; extendió la pierna libre y arqueó la espalda en el aire, suspendida sobre mis hombros mientras yo me deslizaba a toda velocidad por la pista.
Para todo el Madison Square Garden, ella era la Reina de Hielo alcanzando su máximo esplendor, brillando como un diamante bajo los reflectores de Nueva York.
Para mí, ella era mi mundo entero, y yo la estaba sosteniendo en la cima del universo… se sentía como si estuviéramos volando.
Sostuve el eje con una firmeza milimétrica, mis piernas cortando el hielo con la fuerza de un titán, antes de deslizarla suavemente de vuelta a la superficie.
La caída de la elevación fue tan perfecta que pareció flotar.
En el segundo en que sus cuchillas tocaron el hielo, el Madison Square Garden estalló en un grito ensordecedor que hizo temblar las paredes del estadio.
Pero nosotros no habíamos terminado.
Nos enlazamos de nuevo para la secuencia final de pasos, moviéndonos con una velocidad vertiginosa.
Ya no éramos el agua y el aceite, éramos una tormenta perfecta.
Su elegancia helada y mi energia desbordante se fusionaron en una coreografía que ya no pertenecía a los manuales técnicos, sino a lo que sentíamos en el pecho.
La última nota de la música resonó y nos detuvimos en seco en la pose final.
Yo estaba de rodillas sobre el hielo y Alina arqueada sobre mí, con su mano descansando en mi pecho y nuestras respiraciones agitadas mezclándose en una sola nube de vapor.
Durante dos segundos, el mundo se congeló… y entonces, llegó la locura.
El público se puso de pie en masa, una lluvia de osos de peluche y flores comenzó a caer sobre la pista.
Los apalusos eran un trueno constante…
Miré a Alina, que seguía sobre mí, y ví que las lágrimas finalmente desbordaban de sus ojos oscuros, pero no eran causadas por tristeza ni rabía.