Errores Sobre Hielo

Capitulo 25 "Después del hielo"

Felix

Hay fotos que se toman para portadas de revistas y fotos que se toman para el alma.

Seis meses después de la competencia Snow Price de Nueva York, el flash de la cámara del estudio fotográfico de Lucky Snow ya no se sentía como una agresión, sino como una celebración.

Me había convertido oficialmente en patinador de la agencia y mi área de especialidad era… patinaje en pareja.

Alina y yo estábamos en medio del set para la nueva campaña oficial de Lucky Snow, pero esta vez el ambiente era completamente diferente; ya no había tensión rígida, ni directores preocupados por el control de daños, ni un pasado oscuro acechándonos desde las sombras.

–Perfecto, chicos. Ahora una toma más natural… Felix, abraza a Alina por la espalda y Alina… mírame a la cámara– indicó la fotógrafa con una sonrisa.

Me coloqué detrás de ella, rodeando su cintura con mis brazos y apoyando mi barbilla sutilmente en su hombro.

Alina no se tensó, al contrario, se recostó contra mi pecho con una confianza absoluta que ya formaba parte de su naturaleza.

Llevaba un vestido rosa sencillo y yo un traje oscuro sin corbata.

En el segundo en que la fotógrafa disparó el flash, le soplé suavemente el cuello a Alina, haciéndole cosquillas.

–¡Felix, eres insoportable!– soltó ella con una carcajada limpia y sonora, girando el rostro para darme un golpe juguetón en el brazo.

–Esa es ¡No se muevan! ¡Esa sonrisa es al foto de portada!– exclamó la fotógrafa, disparando una ráfaga de clics.

Miré a Alina mientras ella recuperaba el aire, todavía con los ojos brillando de risa.

Internet ya no entraba en caos cada vez que aparecía un video de ella sonriendo, al contrario, el mundo se había acostumbrado a ver a la Reina de Hielo feliz al lado de su Spiderboy.

Nos habíamos convertido en la pareja más sólida del patinaje artístico, pero lo mejor de todo era que, cuando las luces del estudio se apagaban, seguíamos siendo simplemente nosotros.

⛸️⛸️⛸️

Alina

El sonido de la cafetera filtrándose en la cocina de mi departamento era mi alarma favorita de los sábados por la mañana.

Estaba sentada en la cama, con una de las camisetas gigantes de Spiderman de Felix puesta –la que tiene el estampado desgastado y que oficialmente ya le robé de su armario–, revisando mi tableta digital.

Leía los nuevos horarios de entrenamiento para la temporada internacional que Ariel nos había mandado por correo.

La puerta de la habitación se abrió lentamente y Felix entró caminando de puntitas, sosteniendo una taza humeante en cada mano; llevaba unos pantalones de pijama grises y el cabello castaño completamente alborotado por el sueño.

–Tu café con canela, mi Reina– dijo con esa sonrisa brillante que solía irritarme y que ahora era el motor de mis días.

Se sentó en el borde del colchón y me extendió la taza rosa.

–Gracias, Felix– tomé la taza, dejando que el calor inundara mis manos, y me incliné hacia él para dejar un beso suave y prolongado en sus labios.

Felix suspiro contra mi boca, rodeándome la cintura con un brazo.

Me recosté contra las almohadas, tomando un sorbo de café y Felix se acomodó a mi lado, estirando las piernas.

Miré la pantalla de mi tableta, donde las redes sociales mostraban una foto de nuestra sesión fotográfica de ayer con miles de comentarios positivos.

Ya nadie cuestionaba si él era demasiado inexperto o si yo era una compañera difícil, habíamos ganado el derecho de patinar bajo nuestras propias reglas.

–¿A qué hora quedamos con Isaac en la cafetería?– preguntó Felix, robándome un sorbo de mi café.

–En media hora, cuando termina su turno. Dijo que era urgente y que necesitaba hablar con nosotros de algo muy serio– fruncí el ceño, mirando el mensaje de texto en mi teléfono– Conociendo a Isaac, “urgente” significa que descubrió un nuevo sabor de helado o que quiere que veamos un meme.

–Bueno, hay que ir. No quiero que empiece a mandar mensajes grupales con mayúsculas– rió Felix, dándome un golpecito en la nariz.

⛸️⛸️⛸️

Felix

Quince minutos después, Alina y yo estábamos sentados en una de las mesas del fondo de la cafetería donde solía trabajar junto a Isaac.

Vaya, parece que ha pasado toda una vida.

Isaac llegó puntual, lo cual ya era la primera señal de alerta de que el mundo se estaba volviendo loco. Pero lo realmente extraño no fue su puntualidad, sino su actitud.

El chico que siempre entraba haciendo bromas, imitando voces o quejándose del frío, se sentó frente a nosotros en absoluto silencio; tenía las manos metidas en los bolsillos de su chamarra y una expresión de profunda concentración que nunca antes le había visto en el tiempo que llevaba de conocerlo.

Alina y yo nos miramos de reojo, compartiendo una muda señal de desconcierto.




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