Esclavas

No quiero separarme de ti

​El almuerzo transcurre en medio de conversaciones sobre negocios e inversiones. Cuando hablan sobre un proyecto para la construcción de un edificio como sede de negocios, Lorena, que había estado callada, interviene:

​—Tengo un proyecto para un edificio, me gustaría presentarlo.

​—¡Claro! Nos reuniremos mañana a ver propuestas de varios arquitectos, puede ir y veremos qué propuesta gana —dice un hombre que parece tener mucho dinero, a juzgar por las joyas de su esposa.

​La madre de Carlos llega retrasada y saluda a todos. Mira a la mujer que acompaña a su hijo y sonríe complacida. Carlos le da un beso y la conduce a su asiento justo al lado de Lorena. Carmen, la madre de Carlos, la saluda como si la conociera de toda la vida y le estampa un beso en la mejilla.

​El almuerzo continúa y las dos mujeres hablan amenamente. Cuando la reunión llega a su fin, se toman varias decisiones para los siguientes días, todos se despiden y cada quien sale a sus ocupaciones.

​—¿Cuándo vas a llevar a tu novia a mi casa a cenar?

​—Pronto, madre.

​—Me avisas para preparar algo especial —se despide y se va con paso ligero.

​Cuando todos se han marchado, Carlos pide la cuenta y paga con una de sus tarjetas.

​—No sabía que eras el anfitrión.

​—A veces me toca asistir a estas aburridas reuniones, pero hoy no me aburrí contigo a mi lado.

​Salen tomados de la mano hacia el ascensor.

​Carlos la toma en sus brazos y la besa largamente, calmando así sus deseos reprimidos durante horas. Ella le corresponde abrazando su cuello y metiendo su lengua en la boca de Carlos, quien la acaricia y la pega contra su cuerpo.

​—Deseo poseerte, me traes loco desde que vi tu cuerpo desnudo anoche, cuando te bañé.

​Ella, apasionada, lo abraza y lo besa más.

​—Pero hoy no; será cuando esté lista.

​—¿Y cuándo estarás lista?

​—No sé.

​Él se siente excitado y la acaricia con deseos; ella se deja acariciar. El ascensor se abre y un grupo de personas los ven besándose apasionadamente. Lorena se sonroja y Carlos sonríe con picardía.

​Dos chicas que suben al ascensor cuchichean entre sí:

​—Era el jefe.

​—¿Y quién es esa mujer?

​—¡Qué suertuda! —comentan y sienten envidia.

​Suben al auto deportivo de Carlos y repica el móvil de Lorena. Ella atiende y luego dice:

​—Llévame a la calle Quinta, edificio Johnson, por favor.

​Se dirigen a la dirección indicada. Al llegar, Lorena baja rápido del auto.

​—¿Te espero o voy contigo?

​—No sé cuánto voy a tardar, te llamo cuando termine.

​—Ok.

​Lorena acude a la oficina donde la entrevistaron el día anterior.

​—Me llamaron para que me presentara aquí por mi solicitud del puesto de arquitecto.

​La secretaria observa a la bella mujer vestida con un traje de diseñador y responde:

​—Sí, la esperan, pase adelante —y le indica el camino abriendo la puerta de una elegante oficina.

​—¡Qué sorpresa! No esperaba que mi próxima arquitecta de nuevos proyectos iba a ser mi reciente amiga —dice Mary mientras se levanta del escritorio para saludar a Lorena.

​—¡Qué sorpresa, amiga! No sabía que esta era tu empresa.

​—Cuando vi tu foto en el currículum, enseguida pedí que te llamaran. Bienvenida a la empresa, el cargo es tuyo —termina diciendo alegremente.

​—¿Cuándo empiezo?

​—El lunes, ¿te parece bien?

​—¡Claro, buena idea! —responde Lorena muy contenta—. No te quito más de tu tiempo, nos vemos el lunes.

​En el pasillo, Lorena llama a Carlos.

​—Baja, que aquí estoy —responde de una vez.

​Ella sonríe y sale a la calle. Carlos la recoge en la acera frente al edificio.

​—Llévame a buscar mi auto, por favor, no puedes ser mi chofer, tendrás cosas por hacer.

​—No quiero dejarte, pasa el día conmigo, por favor.

​Ella responde:

​—¡Me gusta tu compañía también, pasemos el día juntos!

​—Te llevaré a un sitio que te va a gustar.

​Toma una autopista y sale en un desvío; conduce por un sendero lleno de árboles gigantes y mucha vegetación. Al final del sendero, él abre los portones con un control remoto que saca de la guantera y estaciona en un puesto con el número uno.

​Carlos baja corriendo y le abre la puerta. Lorena sonríe y le da un beso suave en los labios, donde juguetea una sonrisa sexy. Entran a un salón y se dirigen a la barra.

​—Dos copas de champán —ordena.

​Ella lo mira preocupada, pero él responde:

​—Solo serán dos, nada más.

​Le dice él. La toma de la mano y la arrastra hasta la orilla de un lago tranquilo, donde se sientan a una mesa rústica debajo de un techo de bambú hermosamente dispuesto. Saborean su copa mirando la tarde, que asemeja una pintura, con un sol naranja que se sumerge en el lago, bañándose y dejando su luz reflejada en las aguas que se mecen y disparan luminosidad por todos lados.

​Toman su copa callados, observando el atardecer, luego Carlos le dice:

​—¿Cómo te sientes?

​—¡Muy bien! Gracias.

​—¿Sabes jugar billar?

​—Sí, jugaba con mi padre, que tenía una mesa en casa.

​Carlos se levanta y, a su vez, Lorena también. Aprovechan para abrazarse y se besan un largo rato. Carlos pasa su mano por el suave cabello de Lorena.

​—Vamos, o me quedaré pegado a ti aquí.

​Van a la sala de juegos. Lorena toma las bolas y las acomoda en el triángulo.

​—Te voy a derrotar —amenaza a Carlos.

​—Daré la pelea —dice Carlos, sonriendo pícaramente.

​Juegan un largo rato.

​—Estamos dos a dos, ¿quedamos así? ¿Empate o vamos al desempate?

​—¡Vamos al desempate! —dice Lorena.

​—Nooo, mejor quedemos así para volver otro día a jugar el partido del desempate —opina Carlos.

​—Ok, está bien.

​—Vamos a la discoteca.

​Y la arrastra por la mano a una puerta metálica donde brilla una luz que parpadea. Entran y son atendidos por una chica vestida de conejita.



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En el texto hay: accion, aventura, naugragio

Editado: 06.03.2026

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