Esclavas

Primer día de trabajo

​Contra todo pronóstico y haciendo caso omiso a la preocupación de Carlos, Lorena se levantó temprano para ir a trabajar. Bajan a desayunar.

​—Hay un detective en la puerta que pide hablar con la señorita Lorena —anuncia Joel, el mayordomo.

​—Hazlo pasar a la sala, que espere.

​Desayunan y van a la sala.

​—Necesito hacerle algunas preguntas —adelanta el detective.

​—No tengo mucho tiempo, tengo que ir a trabajar; si desea, de camino a la oficina puedo contestar.

​Al detective le parece bien y Lorena pide las llaves de su auto nuevo. Carlos va por ellas y se las entrega.

​—Nos vemos luego.

​Le da un beso y se marcha con el detective.

​—¿Cuántos hombres la secuestraron?

​—Tres —responde Lorena.

​—¿Sabe qué querían? ¿Pedir recompensa a su novio?

​—Querían vendernos a hombres que pagan muchos millones por mujeres vírgenes para tenerlas de esclavas sexuales.

​—¿Cómo se enteró de eso?

​—Los oí hablar cuando vendieron a una chica. Éramos tres chicas secuestradas; una fue vendida a un tipo millonario que la tendría de esclava sexual, según oí decir a un gordo que fue quien me raptó.

​—¿Y la otra chica?

​—No sé qué hicieron con ella, cuando Carlos me rescató ya no estaba.

​Llegan al edificio.

​—Tengo que trabajar, pero quería decirle que atrás venía siguiéndonos aquel auto que se estacionó allá —dice ella.

​—Iré a ver. Esta es mi tarjeta por si recuerda algo. ¿Me regala su número? Por si tengo algo que preguntar que me ayude en la investigación.

​Lorena le da el número y se marcha.

​Cuando sube el ascensor, dos hombres corren y alcanzan la puerta que ya estaba cerrando. Entran y Lorena reconoce a uno como el chofer del carro que la seguía. Se pone muy nerviosa, repica el móvil y da un salto.

​—Aló.

​—Soy el detective Rangel, son sus guardaespaldas los hombres que la seguían.

​—Muchas gracias.

​Baja en el piso diez y se da prisa.

​—Soy Lorena Smith, hoy es mi primer día de trabajo, ¿me indica mi estación de trabajo, por favor?

​—Su oficina será por aquí, pero la jefa la espera en su oficina.

​—¿Quiénes son los hombres que están afuera?

​—Mis guardaespaldas.

​La mujer hace una mueca de asombro, le indica el camino de su oficina y luego se dirige a la oficina de la jefa.

​—¡Bienvenida, amiga!

​—Gracias.

​—Siéntate, tengo algo que contarte. Me llamaron de la policía, tienen una pista posible, rescataron a una chica secuestrada y tienen una pista: parece ser que secuestran chicas vírgenes para venderlas.

​—Yo fui secuestrada por unos rufianes que venden chicas para esclavas sexuales, pero mi novio me rescató. La policía al final no hizo nada.

​—¡Dios mío, amiga, cuéntame! Qué experiencia tan horrible.

​—Me tenían esposada de pies y manos a una cama y había dos chicas más. A una la vendieron y la otra no sé qué hicieron con ella, pero oí que hablaban entre ellos de una subasta al mejor postor.

​—Cuando llegó mi novio le pedí que las ayudara, pero ya no estaban.

​—¿Cómo eran? ¿Viste sus caras?

​—Sí, una me parece haberla visto en algún lugar... muéstrame las fotos de tu hermana.

​De repente, su mente hace una conexión con un recuerdo.

​—¡Es ella la otra chica que iban a subastar!

​—¡Dios mío, mi pobre hermana, cuánto debe haber sufrido!

​—No llores, por favor, vamos a la policía. Espera, tengo la tarjeta del detective que lleva el caso, lo llamaré.

​—Aló, detective, soy Lorena Smith, venga a mi sitio de trabajo, tenemos cosas importantes sobre el caso que investiga.

​—Voy enseguida.

​El detective llega y le informan de todo lo nuevo que han descubierto.

​—Y también recordé que querían subastarla —concluye Lorena.

​El detective toma nota de todo y se marcha.

​Tocan a la puerta de la oficina y entra Carlos.

​—¿Puedo pasar?

​—Ya estás dentro —le dice Mary.

​—Vine a traer la pastilla que te toca tomar y a invitarte a almorzar.

​Habla con sus ojos puestos en Lorena.

​—Amiga, tómate esta semana libre, ven la próxima semana cuando ya estés bien.

​—Estoy bien, quiero integrarme al equipo, trabajar me hará bien.

​—Le tomo la palabra, señorita, le dije que no debería venir, pero insistió y no pude hacer nada. Mucho gusto, señorita, soy Carlos Santeliz —se presenta tendiendo su mano.

​—Un placer conocerle.

​—¿Nos vamos, Lorena? Te llevaré a un sitio muy lindo, te va a gustar.

​—Invitemos a Mary.

​—Claro, vamos, qué descortés de mi parte.

​Los tres salen y Mary quiso ir en su auto. Llegan a un restaurante que tiene una gran pecera como pared.

​—¡Qué lindo! Tito sería feliz aquí.

​A lo que él responde:

​—No, quizá se lo comerían los peces más grandes.

​—Carlos, Tito debe haber muerto de hambre, vamos ahora, hay que ir ya.

​—No te preocupes, Tito está muy feliz en su casa nueva, hasta una novia tiene —dice sonriendo.

​Lorena lo mira interrogando con la mirada.

​—Saliste temprano y rápido, no me dio tiempo de decirte.

​—Mary, Tito es mi pez mascota —explica Lorena.

​Piden la especialidad de la casa y, mientras llega, ponen al tanto de todo lo referente a la hermana de Mary a Carlos.

​—Te ayudaré a investigar, encontraremos a tu hermana.

​Hace una llamada a su hacker personal y le pide que investigue todos los autos que llegaron y salieron de la casa de los secuestradores, le pide que investigue sobre subastas de chicas vírgenes y cuelga. Comen y hablan; al finalizar su comida, Lorena está un poco estresada, se retuerce las manos.

​—¿Qué te pasa, mi amor?

​—Quiero ir al tocador... pero tengo miedo de ir sola, hay un hombre grande allá.

​—Yo te acompaño, no te preocupes —le dice con cariño y le aparta un mechón de la cara.

​Va con Lorena al tocador de damas y entra con ella. Lorena protesta, pero Carlos entra de todas maneras y la espera adentro. Al salir, se van los tres al garaje del restaurante.



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En el texto hay: accion, aventura, naugragio

Editado: 06.03.2026

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