Carlos llega y no ve el auto de los guardaespaldas de Lorena.
—¿Dónde están? ¿No les pago para que cuiden a mi novia? Estoy en el edificio donde está ella y no veo el auto que les di.
—Jefe, estamos escondidos. La señorita Smith no nos quiere cerca; la estamos cuidando, pero no nos dejamos ver de ella. Dejamos el auto en otro garaje.
Cuelga y sube al décimo piso.
—La arquitecta Smith, por favor.
—Ya le aviso.
En la oficina de Mary está Lorena conversando con ella y leyendo reseñas de varios portales sobre la captura del socio pervertido.
—Arquitecta, la buscan en la recepción.
Mary sale junto con Lorena.
—Tengo que pedirte perdón, Carlos. Yo sembré la duda en Lorena, pero todo apuntaba hacia ti y me llené de dudas. ¿Me perdonas?
—Te perdono porque sé lo desesperada que estás por encontrar a tu hermana.
Se dan la mano para hacer las paces.
—Carlos toma la mano de Lorena—. ¿Y tú quieres fumar la pipa de la paz conmigo? —le dice bromeando y se marchan tomados de la mano.
En el ascensor, Carlos la toma en sus brazos y la besa como un sediento que encuentra agua.
—¡No me dejes nunca más, por favor! ¡Te amo!
—Yo también te amo, estaba muriendo sin ti.
—Te veo más delgada.
—Casi no comía; sufrí mucho pensando cosas que no eran ciertas. Perdón, mi amor.
—No tengo nada que perdonarte. Estoy feliz porque estás conmigo de nuevo, mi novia hermosa.
Esa noche Carlos le regala un hermoso vestido y la invita a cenar.
—Iremos a casa de mi madre, que estás invitada hace meses; luego vamos a bailar, ¿de acuerdo?
—Sí, mi amor. Quiero compartir con mi suegra.
Lorena se está vistiendo y Carlos la ayuda a subir el cierre. Ella escoge unos zapatos de tacón de aguja plateados que despiden brillos; maquillada ligeramente con su cabello largo suelto, se ve hermosa. Para completar el ajuar, Carlos le coloca un collar de diamantes que hace juego con la pulsera que él le regaló.
—Es tuyo; es mi regalo de reconciliación —le dice y le da un suave beso en la mejilla.
—¡Gracias!
Bajan felices y enamorados; suben a la limusina que los esperaba. Ya sentados cómodamente, Carlos le habla:
—Mi amor, no puedes echar a los guardaespaldas. No quiero que corras peligro; deja que te cuiden, por favor.
—Eso era antes, cuando estaba enojada contigo. Además, nunca se fueron; yo los vi siguiéndome. Desde que me secuestraron me he puesto más atenta.
Llegan a una espectacular villa con grandes jardines y vistas naturales. El mayordomo les abre la puerta.
—¡Bienvenidos! ¡Señor Carlos, qué hermosa dama viene con usted!
—¡Ten cuidado, que es mi novia!
Los tres se ríen. Carmen sale a recibirlos.
—¡Qué alegría! Te he invitado muchas veces, Lorena; por fin te dignas a venir a mi humilde morada. Pasen, esperemos que la cena esté lista.
—Gracias por las invitaciones, pero su hijo nunca me dijo nada... bueno, hasta hoy.
—Sí, te creo; él siempre tan despistado. ¡Dios mío, Lorena, eres hermosa! ¿Cuándo se casan? Quiero tener nietos, han de salir bellos.
Carmen observa las manos de Lorena y luego mira a Carlos; este le guiña un ojo.
—Pronto te daremos esas buenas noticias, madre.
Pasan a cenar y hay una variedad de platillos del agrado de Lorena.
—Me dijo Carlos que te gustan los platos con productos del mar; preparé todo con lo que te gusta, espero disfrutes la cena.
—Gracias, eres muy amable y atenta; ya sé de quién heredó Carlos su amabilidad.
Lorena cena gustosa los excelentes platos, preparados con exquisitos ingredientes, mientras hablan de múltiples cosas. Luego de la cena pasan a una sala donde toman un té caliente.
—Lorena, por favor, ven cuando quieras; esta es tu casa. Me han dicho que eres una arquitecta moderna y con muy buenos gustos; necesito construir un ala nueva que tenga vista al bosque, quiero que diseñes esa área. ¿Aceptas?
—Por supuesto que sí; vendré de día para estudiar el área.
Se despiden con besos y Carmen le dice al oído a Carlos algo y él contesta:
—Ahora.
Se marchan y van en la limusina. Carlos la lleva abrazada, la besa con amor, acaricia su suave cabellera y contempla la belleza angelical de su amada novia.
—¡Nunca había sufrido tanto! Fue una agonía estar sin ti.
—¿Y crees que para mí fue fácil? Me dolía de verdad el corazón.
—¿Por qué no me respondías? Te llamaba todos los días.
—Veía tus llamadas y me salía a otro lugar; si me quedo, de seguro que te contestaba, pero no podía, pensando todo eso; creía que estabas implicado.
—Ahora, con toda la publicidad del caso, los de la banda, los que capturan y venden a las chicas, se esconderán y tendrán un perfil bajo para evitar ser capturados. Dice el pervertido que atrapamos que él solamente compraba, que no sabe nada más.
—De seguro es parte de la banda o de alguna manera colabora con ellos.
—Sí, es posible.
Llegan a una discoteca muy de moda; al frente, una fila de personas queriendo entrar, pero no pueden; está llena la capacidad de la discoteca. Las mesas están reservadas con días de antelación. Lorena y Carlos llegan en la limusina; varios reporteros siguen a la pareja, haciendo preguntas. Los guardaespaldas no los dejan acercarse e inmediatamente se abren las puertas de la disco y entran. Los que están en la entrada se quedan murmurando:
—¡Si fuéramos millonarios no estaríamos aquí haciendo fila! ¿Quién será esa hermosa mujer?
—¡Hacen una linda pareja!
En la discoteca están divirtiéndose de lo lindo. La mujer que se les acercó en otra ocasión en un restaurante está cerca de su mesa y los miró llegar. Hay un intervalo y anuncian a una cantante famosa; la exuberante mujer canta como los ángeles.
—¡Ah! Es aquella chica; canta muy bien, por eso su cara se me hizo conocida.
Editado: 06.03.2026