Esclavas

Atendiendo a la Realeza

​El día está espléndido, todo está preparado para la boda de la pareja real. A la boda asistirán doscientos invitados y se llevará a cabo en el castillo imperial, en las afueras de la ciudad. El castillo fue comprado por Omar como regalo para Raiza, pero luego decidió hacer un anexo para no separarse de ella.

​Raiza no conoce el castillo aún, así que será una sorpresa para ella. El lugar está engalanado para la ocasión; la extensa entrada, rodeada de árboles a cada lado del camino, está adornada con luces, globos blancos y flores.

​El castillo está adornado con flores, globos blancos y luces. Las mesas y sillas para la recepción están vestidas de blanco con moños de raso en el espaldar. Se han dispuesto doscientas mesas en el salón de recepciones, y todas tienen un jarrón de rosas blancas en el centro.

​El salón es una amplia estancia con un techo abovedado y lámparas gigantescas que dan un toque majestuoso al lugar. Hay una tarima con alfombra blanca, rodeada de flores, con dos tronos muy lujosos y cómodos en el centro; cuatro escalones alfombrados anteceden al trono.

​Empezando el día, el sultán tiene una reunión con sus hombres de confianza, incluyendo a Carlos, Rubén y Santiago.

​—Llegarán varios invitados, reyes y reinas de diferentes partes. Les encargo que los reciban y sean corteses. Carlos, Rubén y Santiago, que hablan varios idiomas, ayudarán con la tarea.

​El visir toma la palabra:

​—Tendrán una limusina con dos guardaespaldas cada uno para trasladarlos desde el aeropuerto hasta el hospedaje. Les estaré entregando una lista con los invitados que les tocará atender a cada uno.

​—Carlos, te tocan dos compromisos en la mañana para que estés desocupado el resto del día y puedas atender a tu novia.

​—Gracias. Ya casi me toca, me pongo el saco y me voy.

​—Son una pareja real; allí está el sitio de hospedaje y, si ellos quieren quedarse en un hotel, los trasladas en la limusina.

​Carlos está esperando en el aeropuerto a los reyes; los reporteros están siendo contenidos por una barrera dispuesta para ello. Los reyes bajan del avión acompañados por la hermosa princesa Sofía, famosa por su belleza y por llevar una vida nocturna muy desordenada.

​Carlos les da la bienvenida. Los reyes son muy amables y la princesa coquetea con él abiertamente. Carlos los conduce con la amabilidad que lo caracteriza hasta la limusina, donde el chofer les abre la puerta. Dentro del auto, él les ofrece hospedaje en un castillo dispuesto para ello.

​—¿Te hospedas tú allí? —pregunta la princesa.

​—No, su majestad, yo estoy hospedado en el castillo real.

​—Qué lástima —expresa la princesa con cara de decepción—. ¿Estás invitado a la boda?

​—Sí, estoy invitado.

​—¡Qué bien, nos vemos allí!

​—Claro, su majestad.

​—Soy Sofía para ti, un placer.

​—Carlos, un gusto conocerla en persona.

​Los reyes están viendo las edificaciones y admirando la ciudad mientras su hija coquetea.

​Carlos se baja y los conduce hasta el castillo, donde los espera una comitiva.

​—Hasta luego, su majestad —se despide de cada uno con una reverencia y se marcha a su otro compromiso.

​Al llegar al aeropuerto, está Rubén con una comitiva recibiendo al presidente de Francia; están luchando con los medios de comunicación. Carlos oye en los altavoces que el vuelo de la reina que espera está aterrizando y corre a su lugar.

​—Bienvenida, su majestad —la saluda y le hace una reverencia.

​La reina le sonríe; es una mujer de mediana edad muy hermosa. Unos reporteros foráneos le hacen preguntas y ella responde algunas con amabilidad. Carlos trata de conducirla hasta la limusina, pero ella está encantada con toda la atención que genera.

​—Por aquí, su majestad —le indica Carlos el camino.

​Ella se guinda de su brazo hasta llegar a la limusina; los reporteros y cámaras de TV se dan un gusto tomando fotos y transmitiendo la noticia. Carlos traslada a la reina al mismo castillo donde llevó a los anteriores; se despide amablemente y la reina le brinda una de sus mejores sonrisas. Se marcha rápidamente al castillo; está ansioso por ver a Lorena y consentirla. El chofer se baja a abrirle, pero él abre la puerta y baja sin esperar. Llega al anexo.

​—¡Lorena, mi amor, ya llegué!

​Encuentra a Lorena enojada.

​—¿Qué te pasa, mi amor? ¿Hice algo que te molestara?

​—Sí, ¿qué hacías del brazo de la reina esa?

​—Fue en misión diplomática y, cuando le indicaba el camino, se colgó de mi brazo. No pasa nada, mi amor, no podía ser descortés.

​Carlos la abraza.

​—Yo soy tuyo, mi amor, mi corazón te pertenece. Nadie es más importante para mí que tú, te amo, eres mi mundo.

​La besa y la consiente hasta hacerla sonreír.

​—Si me toca ir a despedir a la realeza, tú irás conmigo, ¿quieres así?

​—Ok, no desconfío de ti, mi amor, pero no me gusta verte del brazo de una mujer desconocida.

​—Te entiendo, mi amor; yo moriría si algún día te veo del brazo de otro. ¿Cómo está mi bebé? Hola, bebé, soy tu papá.

​Le acaricia el aún vientre plano de Lorena y le habla al bebé.

​—¿Cómo te has sentido hoy?

​—No vomité en la mañana, me siento bien.

​—Qué bueno, mi linda. ¿Vamos a almorzar?

​—Vamos.

​Salen del anexo tomados de la mano.

​—No quiero comer mucho, quiero dejar espacio para degustar el banquete nupcial.

​—No puedes dejar de comer, el bebé necesita que te alimentes.

​—Voy a comer, pero no mucho.

​El comedor está concurrido; algunos invitados están a la mesa.

​—Buenas tardes —saludan y se sientan.

​Carlos está pendiente de atender a Lorena: la ayuda a sentarse; cuando le sirven la comida, está pendiente de que se alimente, le alcanza lo que desea y no tiene ojos para más nadie. No nota que, del otro lado del comedor, está la princesa Sofía, que observa todos sus movimientos.

​Cuando de repente siente un roce en su pierna por debajo de la mesa, Carlos aparta rápido la pierna; mira al frente y esta le sonríe con coquetería. Lorena mira a la sonriente Sofía y presiente algo, ya que Carlos cambió su actitud.



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En el texto hay: accion, aventura, naugragio

Editado: 06.03.2026

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