Esta es la esposa de mi hermano

Capítulo 4. Antón

La vida siempre me enseñó a vivir rápido y no mirar atrás. A los treinta y cinco años ya tenía todo lo que otros hombres soñaban conseguir: dinero, éxito y libertad. Nunca me aferraba demasiado ni a las mujeres ni a los lugares. Para mí, el mundo era un enorme escenario donde uno podía tomar lo que quisiera y seguir adelante sin volver la vista atrás.

Pero había una carga de la que ningún viaje ni fortuna podía liberarme: mi apellido.

Ser el hermano de Vladislav significaba vivir bajo su sombra. Él era el mayor. Más serio, dominante, poderoso. Yo, en cambio, siempre fui el irresponsable. El contraste con el que nos comparaban desde niños.

En los negocios jamás fui su competencia, porque nunca quise conquistar el mundo como él. A mí me atraían la libertad, la adrenalina y las victorias rápidas. Pero cada vez que veía a Vladislav, algo parecido a la envidia despertaba dentro de mí. Él tenía poder. Sabía mirar de una manera que obligaba a la gente a bajar la cabeza.

Y aun así, nunca imaginé que llegaría tan lejos… casarse con una chica joven solo por un acuerdo.

Había visto a Sofía apenas unas horas, pero eso bastó para que su imagen quedara atrapada en mi cabeza.

Sus ojos…

Eran como una ventana abierta en una habitación oscura. Limpios, un poco asustados, pero reales. Y yo sabía que mi hermano los rompería sin piedad.

Debía mantener distancia. Olvidar aquella mirada y seguir adelante. Pero la cena de anoche había dejado un sabor extraño dentro de mí. Su protesta. Su voz temblorosa. Incluso la lágrima que resbaló por su mejilla… nada de eso me dejaba en paz.

Regresé a casa tarde por la noche, pero el sueño nunca llegó. Demasiado fuerte resonaba en mi cabeza una pregunta:

¿Por qué yo, Antón, siempre soy el que observa desde afuera?

Mi vida hacía tiempo se había convertido en un ritual de libertad.

Por la mañana, gimnasio, donde descargaba mis pensamientos nocturnos sobre las máquinas. Después, una cafetería en el centro de la ciudad, donde la camarera me recibía con una sonrisa que ya había visto decenas de veces y sabía que, si quisiera, podría hacerla mía por una noche.

Pero no quería.

Las mujeres siempre habían formado parte de mi vida. Hermosas, brillantes y temporales. Venían y se iban, dejando tras de sí perfume y un vacío al que ya me había acostumbrado.

Mis amigos me consideraban un afortunado.

—¡Antón, vives la vida con la que todos soñamos! —decían entre tragos y fiestas.

Yo me reía con ellos, levantaba la copa, pero en algún rincón profundo de mí vivía un silencio que intentaba ahogar con el ruido de la ciudad.

Y solo la noche anterior regresaba una y otra vez.

Sofía.

Sus ojos.

Su protesta desesperada cuando Vladislav habló de la boda.

Su rabia y, al mismo tiempo, su impotencia… algo que despertaba en mí una sensación peligrosa.

La imaginaba despertando aquella mañana en la misma casa donde las paredes se habían convertido en una prisión para ella. Y de repente algo me irritó profundamente:

¿Por qué tenía que vivir según las reglas de mi hermano?

¿Por qué su voz no valía nada?

Me serví whisky incluso antes del mediodía y me acerqué al enorme ventanal. La ciudad seguía viviendo su propia vida. Los coches corrían, la gente iba al trabajo, unos reían, otros discutían.

Todo seguía igual.

Pero dentro de mí… algo había cambiado.

No tenía derecho a intervenir.

Y aun así, por primera vez en mucho tiempo, sentí que no podría quedarme al margen.

Llamé a Vladislav al caer la tarde.

Él odiaba las llamadas inesperadas, pero conociendo su carácter, entendí que si no hablaba hoy, mañana ya sería demasiado tarde.

—Antón —su voz sonó tan fría y controlada como siempre—. ¿Ocurre algo?

—Tenemos que hablar —respondí—. Cara a cara.

Una hora después estábamos sentados en su despacho. Paredes oscuras, un escritorio enorme, cortinas cerrando la vista de la ciudad nocturna.

Vladislav parecía un hombre al que el mundo entero pertenecía.

El traje impecable. Una copa de vino a su lado. Ni un solo movimiento innecesario.

—Habla —dijo, mirándome fijamente.

Respiré más hondo de lo que quería.

—Es demasiado joven, Vladislav. Sofía. Esto está mal.

Una chispa apareció en sus ojos. No era enojo… más bien curiosidad.

—¿Ahora decidiste darme lecciones de moral?

—Solo digo lo que pienso —apreté el puño bajo la mesa—. Necesitas una compañera, una mujer que entienda tu vida. Pero ella… ella no está preparada para algo así.

Vladislav bebió un sorbo de vino sin apartar la mirada de mí.

—Esté preparada o no, no importa. Será mi esposa, y eso es suficiente.

—¡Maldita sea, Vladislav! —las palabras salieron más bruscas de lo que planeaba—. ¡Esto no es un negocio, es la vida de una chica!

Su rostro permaneció tranquilo, pero su voz se volvió más grave.

—¿La vida de una chica? ¿O hay algo más que te preocupa, Antón?

Sentí el pecho tensarse. Sus palabras me atravesaron por completo.

—Ves fantasmas donde no los hay —respondí secamente—. Solo no quiero que cometas un error.

—¿Un error? —repitió, y una sonrisa torcida apareció en sus labios—. No, hermano. Esto es un acuerdo. Y ya está hecho. Sofía será mía.

Bajé la mirada, aunque por dentro todo ardía.

Él siempre estaba acostumbrado a ganar.

Pero esta vez las apuestas eran demasiado altas.

Y por primera vez me pregunté qué pasaría… si rompía sus reglas.

Salí del despacho sintiendo que la puerta se cerraba detrás de mí con más peso que cualquier prisión. El aire del pasillo me pareció sofocante y apenas logré contener una maldición.

Vladislav siempre había tenido el poder de destruir todo a su alrededor, incluso hablando con calma.

Pero ahora no solo me irritaba eso.

Me consumía el hecho de que ni siquiera veía a Sofía como una persona.




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