Decidí pasar por casa de Vladislav. Decirme a mí mismo que era una simple visita entre hermanos resultaba más fácil que admitir la verdadera razón.
La casa me recibió con la misma grandeza severa que él adoraba. Grandes ventanales, escaleras de mármol, un orden impecable… ni un solo detalle que insinuara desorden. Vladislav siempre vivía como si el caos existiera únicamente fuera de sus paredes.
Lo encontré en la sala. Frente a él, sobre el sofá, había varios trajes extendidos: azul oscuro, negro clásico y gris claro. Estaba de pie frente al espejo con una camisa blanca, probándose una chaqueta.
—El día perfecto se acerca —dijo al verme reflejado en el espejo—. Debo lucir impecable.
—Tú siempre luces como si fueras a un funeral o a una negociación —comenté, dejándome caer en un sillón—. ¿Por qué tanto drama?
—No es solo una boda, Antón —se acomodó el puño de la camisa y se giró lentamente hacia mí—. Es una alianza. Todo debe ser perfecto.
Me encogí de hombros intentando ocultar mi irritación.
—Una alianza con una chica que ni siquiera alcanzó a decir una palabra antes de que ya la declararas tuya.
Vladislav inclinó ligeramente la cabeza y entrecerró los ojos.
—¿Otra vez empiezas?
—Solo quiero entender —tomé un sorbo del whisky que estaba sobre la mesa—. ¿Para qué la quieres? Con todas tus posibilidades, podrías tener a cualquiera.
No respondió de inmediato. Se acercó a los trajes, rozó la chaqueta oscura y dijo en voz baja, con ese mismo frío que congelaba el aire:
—Porque esa chica me pertenecerá. Y precisamente por eso la elegí.
Sus palabras cayeron entre nosotros como una piedra. Y por primera vez sentí que aquel traje de boda parecía más una armadura antes de una guerra.
Vladislav volvió a acomodarse la chaqueta y caminó lentamente hacia mí.
—Llegaste justo a tiempo —dijo con calma—. Precisamente iba a ir a casa de Sofía.
—¿Y para qué? —entrecerré los ojos.
—El vestido de novia ya está encargado —sus labios se curvaron apenas en una sombra de sonrisa—. Lo entregaron ayer. Hoy quiero que se lo pruebe. Y de paso terminaremos de acordar la fecha de la boda.
Me recosté en el sillón sintiendo la rabia hervir dentro de mí.
—Actúas como si no fuera una persona viva, sino una muñeca a la que solo le queda asentir.
—A veces es mejor que sea exactamente así —respondió con tranquilidad—. Obediente, silenciosa e incuestionable.
Apreté los dientes, conteniendo las palabras que querían escapar. Quería gritarle, romper su máscara fría, obligarlo a entender que estaba destruyendo a esa chica. Pero Vladislav hablaba con una seguridad absoluta, y en su mundo cualquier duda era debilidad.
—Vendrás conmigo —añadió, no como una pregunta, sino como una orden—. De todas formas no tienes nada mejor que hacer.
Suspiré y dejé el vaso vacío sobre la mesa.
—Bien —respondí secamente.
Dentro de mí luchaban dos fuerzas: el deseo de evitar ese viaje y una atracción extraña y peligrosa por volver a ver a Sofía. La chica por la que aquel traje de boda y aquel vestido parecían no una celebración, sino unas cadenas.
El trayecto transcurrió en silencio. Vladislav iba sentado a mi lado revisando documentos en su tablet, como si nuestro viaje fuera solo una visita de negocios. Para él, realmente lo era. Otro acuerdo. Otro paso hacia la “alianza perfecta”.
Yo observaba por la ventana cómo cambiaba el paisaje. Cuanto más nos acercábamos a su casa, más fuerte latía mi corazón. Intenté convencerme de que solo era curiosidad, pero mentirme a mí mismo era inútil.
Quería ver a Sofía. Quería asegurarme de que existía de verdad y que no había sido solo una imagen imaginaria en mi cabeza.
—Ya deberían estar preparados —comentó Vladislav secamente, sin apartar la vista de la pantalla—. Avisé de nuestra visita con antelación.
Solté una risa breve.
—Siempre controlándolo todo, ¿eh?
Ni siquiera levantó la cabeza.
—El control es mi fuerza.
El coche se detuvo frente a la vieja casa. El mismo porche crujiente, las paredes descascaradas, las ventanas estrechas… todo parecía aún más miserable comparado con la grandeza de la mansión de Vladislav.
Vi a la madre de Sofía acomodando nerviosamente las cortinas, mientras su padre ya estaba de pie en el porche, erguido, como si esperara salvación en forma de mi hermano.
La puerta se abrió y entramos. El aire de la casa olía a hogar… y a ansiedad.
Y entonces la vi.
Sofía estaba de pie en el pasillo. Con un sencillo vestido claro, sin joyas ni maquillaje, y aun así se veía de una manera que me cortó el aire en los pulmones. Sus ojos, ligeramente enrojecidos por noches sin dormir, seguían brillando con algo que me desgarraba por dentro.
—Sofía —Vladislav pronunció su nombre como si declarara su derecho de propiedad—. Tengo algo para ti.
Hizo una señal y el asistente que venía detrás desplegó el paquete con el vestido de novia. La tela blanca se derramó por la habitación como una ola.
Miré el vestido y, en ese mismo instante, Sofía me miró a mí.
Solo un segundo.
Pero fue suficiente para entender que esa chica no estaba preparada para esa boda. Y quizás nunca lo estaría.
—Pruébatelo —dijo Vladislav como si no fuera una petición, sino una orden.
Sofía parpadeó y dio un paso atrás.
—No quiero…
—Eso no está en discusión —asintió hacia su madre, pero fue el padre quien avanzó primero.
—¡Sofía, obedece! ¡Vladislav tiene razón! ¡Debes mostrar respeto!
—¿Respeto? —su voz se quebró y en ella temblaba la desesperación—. ¡Me están vendiendo como si fuera una muñeca! ¡¿Y todavía quieren que me pruebe estas cadenas?!
Editado: 01.06.2026