Esta es la esposa de mi hermano

Capítulo 13. Antón

Aguanté en el restaurante exactamente lo que pude. Minuto a minuto, ver cómo Vladislav mantenía a Sofía a su lado, cómo elegía el tono de la boda, cómo le enseñaba dónde ponerse y qué decir… era peor que una tortura. Sabía que en cualquier momento estallaría. Así que hice lo único que podía hacer. Me fui.

El coche me sacó del brillo de los letreros chillones y de las sonrisas ajenas, y me lanzó a las calles de la ciudad. Conducía sin pensar adónde. Solo quería acallar el ruido de mi cabeza, ahogar aquel fuego que me devoraba por dentro.

El primer bar que apareció estaba en la esquina. No era un local selecto, nada del gusto de Vladislav, sino uno sencillo, en penumbra, con olor a tabaco y café barato, y rock viejo sonando en los altavoces. Justo lo que necesitaba.

Entré, notando cómo un par de clientes de paso se giraban hacia mí. Me quité la chaqueta, la eché al respaldo de una silla junto a la barra y me senté.

— Whisky — le dije escueto al camarero—. Y no escatimes.

El vaso apareció delante de mí en un segundo. Lo cogí, le di una vuelta entre las manos y lo vacié de un trago. La garganta me ardió, pero me sentó bien. Al menos algo me distraía del infierno que llevaba dentro.

Pedí un segundo. Luego un tercero. En algún momento entre el segundo y el tercero, la cabeza se me aligeró. Los pensamientos seguían dando vueltas alrededor de Sofía, de sus ojos, de su voz, pero el alcohol lo iba embotando todo.

«Es la prometida de mi hermano. Es lo único que tengo que recordar», me repetía, golpeteando con los dedos el vaso.

Pero con cada sorbo entendía que olvidarla iba a ser más difícil de lo que creía. Ya iba por el cuarto cuando noté que alguien me observaba.
Levanté la vista: junto a la barra había una chica. Esbelta, con un vestido corto, el pelo oscuro cayéndole en ondas sobre los hombros. Jugueteaba con un cóctel entre las manos, y en su sonrisa había más seguridad que en la mayoría de los hombres de aquel bar.

— Pareces un tipo con ganas de olvidarse del mundo entero — dijo con tono juguetón, sentándose más cerca.

— ¿Y si es justo lo que estoy haciendo? — mascullé, apurando las heces del whisky.

Ella se rio. Una risa ligera, cantarina. Su mirada era directa, desafiante.

— Entonces deja que te ayude.

La observé con más atención. Cara bonita, labios intensos, piernas largas. Y aun así… algo no encajaba. Intenté sentir aunque fuera una chispa de interés, pero en lugar de eso, contra mi voluntad, me vino a la cabeza otra imagen.

Pelo claro, ojos grandes que ardían de protesta, labios que pronunciaban temblorosos «no me obligues»… Me giré bruscamente, recostándome en el respaldo.

— Eres guapa — dije con frialdad—, pero no me impresionas.

La chica parpadeó sorprendida, como si no estuviera acostumbrada a algo así.

— ¿Y qué es lo que no te ha gustado?

Yo solo hice una mueca. ¿Cómo explicarle que el problema no era ella? Que ni la sonrisa más radiante de aquel lugar podía compararse con aquella terquedad, con aquella desesperación que brillaba en los ojos de Sofía.

— No eres mi tipo — zanjé, y le hice un gesto al camarero para que me sirviera otro.

La chica murmuró algo, puso los ojos en blanco y se marchó, dejándome solo. Volví a llevarme el vaso a los labios. Y comprendí que nada conseguiría distraerme. Porque Sofía ya se había convertido en mi peor veneno.

Me quedé un buen rato más junto al vaso, mirando a través del líquido ambarino como si allí pudiera hallarse una respuesta. El bar se iba llenando poco a poco de rumor de voces; alguien reía junto a la mesa de billar, otro discutía por la música, pero todo se fundía en un fondo sordo. Yo no pintaba nada allí.

Dejé unos billetes sobre la barra y me levanté, notando que las piernas me pesaban un poco por lo bebido. No tanto como para perder el control, pero sí lo justo para que la cabeza se me volviera más borrosa y el alma aún más vacía.

En la calle se respiraba mejor. El aire otoñal golpeaba con frío, y por un instante todo se aclaró dentro de mí. Me metí en el coche, encendí el contacto y arranqué el motor.

No me apetecía volver a casa. Podría haberme esfumado, perderme aquella noche en un hotel o irme a casa de unos conocidos. Pero algo me arrastraba de vuelta. A aquella casa que detestaba. A aquella chica a la que no tenía derecho ni siquiera a imaginar como mía.

Solté una maldición entre dientes y pisé el acelerador. La ciudad centelleaba de luces, pero yo solo veía su cara. Cómo se desplomó en mis brazos. El temblor de sus dedos. Su voz queda en el coche: «No le digas nada…». Me estaba volviendo loco. Y lo hacía a conciencia.

Cuando la silueta familiar de la casa apareció ante mí, sentí algo pesado oprimiéndome el pecho. Detuve el coche, apagué los faros y me quedé unos minutos a oscuras, intentando convencerme de que no entrara.
Pero luego solté el aire y salí.

Porque por mucho que huyera, de ella no se puede huir. Sofía ya era mi maldición. Apenas lograba mantener el equilibrio al cruzar el umbral. El alcohol me había vuelto los pasos un poco más torpes, pero la conciencia seguía afilada. El vestíbulo estaba iluminado y, con un solo vistazo, supe que no me había equivocado al volver.

En el salón, bajo la luz de la araña de cristal, estaba Sofía con el vestido de novia blanco. El pecho se me oprimió tanto que por poco me paro en seco.

La tela envolvía su cuerpo con suavidad, el encaje le rozaba los hombros y caía en líneas delicadas. Parecía frágil y majestuosa al mismo tiempo, como si hubiera nacido para ese papel de novia, pero sus ojos… Sus ojos destruían toda la ilusión. Llenos de desesperación, buscaban una salida, suplicaban salvación. En aquella mirada no había felicidad ni expectación, solo un grito mudo.

Tragué el nudo de la garganta. Estaba increíble. La más hermosa que jamás había visto. Y al mismo tiempo, la más desdichada.

Veía cómo el vestido realzaba su delicadeza, cómo el blanco contrastaba con el tono encendido de sus mejillas y el temblor de sus labios. Parecía un ángel. Y justamente eso me desgarraba por dentro. Porque quería admirarla, embriagarme de su belleza, pero en cada detalle, en cada gesto, solo veía dolor.




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