Esta es la esposa de mi hermano

Capítulo 15. Sofía

La mañana me recibió con frío. Como si todo el calor que hubo por la noche hubiera desaparecido con él. Antón se había marchado y yo desperté sola, envuelta en una sábana que aún conservaba su olor.

Me quedé mucho rato tumbada, con la mirada clavada en el techo. Los pensamientos se me enredaban como un nudo imposible de desatar. No sabía qué sentía con más fuerza… si miedo, vergüenza o esa extraña alegría que me palpitaba dentro a pesar de todo.

Sabía que había estado mal. Sabía que entre nosotros no tendría que haber pasado nada. Pero pasó. Y ahora ya no podía quitármelo ni a mí ni a él.

«Antón ha sido mi primer hombre». Aquel pensamiento cortaba y al mismo tiempo daba calor. Porque había sido mi decisión, mi libertad, aunque solo fuera por una noche.

Y Vladislav… Con solo acordarme de él me invadía el frío. Se creía que ya había ganado, que yo le pertenecía. Pero ni se imaginaba que lo más valioso ya se lo había entregado a otro. A su propio hermano.

Le tenía miedo a aquel día, le tenía miedo a la boda, a aquel brillo, a la alianza, a las manos ajenas sobre mi cuerpo. Pero al mismo tiempo me ardía una chispa. Pequeña y peligrosa. Porque ahora sabía que era capaz de saltarme sus reglas. Y volvería a hacerlo si hiciera falta.

Estaba sentada junto a la ventana, mirando el jardín bañado de sol, y me susurraba a mí misma:
— No dejaré que me rompa.

Aunque tuviera que representar el papel de novia. Aunque el mundo entero estuviera en mi contra.
Unos minutos después, la puerta se abrió de golpe.

— Sofía — en la puerta estaba mamá. Le brillaban los ojos de emoción, pero no de esa que tendría que haberme tranquilizado. Aquella mirada tenía algo ajeno, como si no hubiera venido a ver a su hija, sino a la novia a la que había que entregar cuanto antes.

— ¿Qué haces aquí? — me tembló la voz.

— Nos ha invitado Vladislav — dio un paso dentro de la habitación—. Hoy es tu día. Tengo que ayudarte a arreglarte.

«Mi día»… las palabras me abrasaron peor que el fuego. Estuve a punto de soltar una carcajada. ¿Acaso el día en que te entregan contra tu voluntad puede ser tuyo?

Detrás de mamá apareció papá. Tenía un aspecto orgulloso, casi ufano, como si las deudas que lo habían asfixiado toda la vida por fin hubieran desaparecido y él estuviera ante su gran victoria.

— Deberías estar agradecida, hija — dijo con severidad—. Te casas con un hombre que ha resuelto todos nuestros problemas.

Me entraron ganas de gritar.
— ¿Agradecida? ¿Por qué, papá? ¿Por tus deudas? ¿Por tu orgullo?

Él frunció el ceño, pero se calló. Y mamá se acercó más, me tocó el hombro, intentando calmarme.

— Sofía, sé que es difícil. Pero con el tiempo aprenderás a vivir en este matrimonio. Es un hombre fuerte, te asegurará el futuro.

La miraba y solo sentía frío. Antes había sido mi sostén, la única persona en quien podía confiar. Y ahora estaba del lado de quien me tenía en una jaula.

La boda. Hoy. Me vestirán, me peinarán, me llevarán del brazo como a una marioneta. Me mordí el labio hasta hacerme sangre para contener el grito que pugnaba por salir.

No. No es mi día. Es el día en que o me rompo del todo… o encuentro la forma de destrozar todo lo que han estado construyendo con tanto empeño.

Mamá extendió sobre la cama el vestido, los zapatos, las joyas. Le temblaban las manos, pero no de miedo por mí, sino de una emoción que yo no compartía. Trajinaba junto al espejo, sacando horquillas, peines, como si de verdad nos estuviéramos preparando para el día más feliz de mi vida.

Me senté frente al espejo y mi reflejo me resultó ajeno.

— Agacha un poco la cabeza — me pidió mamá, mientras me recogía el pelo con destreza en un peinado delicado.

Me miraba y no me reconocía. La chica de mejillas pálidas, los ojos enrojecidos por las lágrimas y los labios apretados no podía ser aquella Sofía que soñaba con la universidad, la libertad y el amor.

— Mamá… — dije en voz baja.

— ¿Qué, hija? — se detuvo un instante, buscándome los ojos en el espejo.

— ¿De verdad crees que esto es la felicidad para mí?

Apartó la mirada.

— Creo que es mejor que la miseria. Vladislav es fuerte e influyente. Hará de ti una buena esposa y tendrás todo lo que sueñas.

— Todo menos la libertad — susurré.

Se le quedaron los dedos quietos en el pelo. Soltó el aire, pero no dijo nada y volvió a su tarea.

Notaba cómo cada horquilla que me clavaba en el peinado se me hincaba en la piel como un clavo en un ataúd. Cada abalorio, cada pliegue del vestido que me ajustaba me convertía en la novia que nunca había querido ser.

— Estás preciosa — dijo mamá al terminar. Le temblaba la voz, teñida de orgullo.

Me miré en el espejo. El vestido blanco envolvía mi cuerpo, el brillo de las joyas refulgía en el reflejo. De verdad parecía una novia de cuento de hadas. Solo que aquel cuento era un horror del que no podía despertar.

Susurré apenas, casi inaudible:
— Parezco una prisionera.

Mamá fingió no haberlo oído.

Una hora después ya estaba lista. El vestido me oprimía el pecho, el pesado velo me caía sobre los hombros, y la sensación de las joyas en el cuello me provocaba ganas de arrancármelas al instante. Seguía sentada en el borde de la cama cuando la puerta se abrió y Vladislav entró en la habitación.

Su mirada se deslizó sobre mí despacio, como evaluando cada detalle. En las comisuras de sus labios apareció una sonrisa de satisfacción.

— Perfecto — dijo con sequedad—. Exactamente el aspecto que debe tener mi esposa.

La palabra «mi» me produjo un escalofrío. Pero no respondí nada. Él me tendió la mano. Fría y fuerte. Dudé, pero no tuve más remedio que poner la mía sobre la suya. Vladislav me condujo por el pasillo hacia la planta baja, como a una muñeca que al fin exhibe ante el público.

En el patio ya esperaba el coche. Al volante iba Antón. Tenía el rostro concentrado, pero cuando me vio, sus ojos se transformaron un instante. Capturé aquel destello apenas perceptible de dolor, de fascinación y de desesperación.




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