Eternamente Enamorada

CAPÍTULO 1: EL RETORNO A LAS RAÍCES

Narrado por Isabella

Recuesto mi espalda contra el cómodo respaldo del sofá de cuero del club y cruzo las piernas de manera pausada. Al hacerlo, el dobladillo de mi vestido rojo carmesí se desliza hacia arriba, quedando un poco más arriba de la rodilla; con un movimiento rápido y mecánico, lo acomodo de vuelta en su lugar, devolviéndole la compostura a mi atuendo. Sostengo mi vaso con delicadeza y hago girar el hielo, observando cómo el líquido ámbar se mueve en círculos concéntricos. Levanto la mirada para pasearla por el lugar: a mi alrededor, la escena es siempre la misma. Hay una masa difusa de gente bailando bajo las luces de neón, bebiendo sin parar y perdiéndose en el ruido ensordecedor de la música. Suelto un suspiro pesado, invadida por un cansancio prematuro de estar en este sitio. Para distraerme, tomo mi teléfono celular de la mesa e inicio un mensaje de texto dirigido a mi mejor amiga para apresurarla.

—Una chica tan hermosa y sofisticada como tú no debería estar pasando el viernes por la noche en absoluta soledad —interrumpe una voz masculina a mis espaldas.

Levanto la cabeza con parsimonia para evaluar al intruso que ha decidido invadir mi espacio personal. Frente a mí se encuentra un hombre alto, de complexura atlética y piel morena; viste un traje que pretende lucir costoso y me despliega una gran sonrisa ensayada, intentando proyectar una seguridad que no posee. Sus ojos fijos en mí delatan sus intenciones desde el primer segundo.

—¿Me permitirías el honor de invitarte una bebida? —continúa, apoyando una mano en el borde del mueble—. Una buena chica como tú solo merece lo mejor de este bar.

Sostengo su mirada, imperturbable, mientras mantengo el movimiento del hielo en mi vaso.

—¿Y qué es exactamente lo que te hace pensar que soy una buena chica? —replico, arqueando una ceja con un toque de ironía.

La sonrisa del hombre se amplía aún más, interpretando mi respuesta como una invitación al juego de la seducción, y la intensidad de sus ojos se oscurece con un brillo de evidente interés predatorio.

—Bueno, en ese caso, déjame presentarme formalmente para cambiar esa percepción. Mi nombre es César, mucho gusto —declara, extendiendo su mano derecha en un gesto caballeroso.

Me limito a mirar su mano extendida sin hacer el menor ademán de corresponder el saludo. Al notar mi indiferencia, retira la mano con sutil incomodidad, aclarándose la garganta antes de formular la siguiente pregunta de su manual de conquista.

—¿Y a qué te dedicas por aquí, si se puede saber?

Respiro profundo, adoptando una postura erguida, y coloco ambas manos sobre mis piernas con una calma que contrasta con la rigidez que empieza a mostrar mi interlocutor. Decido que no tengo el tiempo ni la paciencia para este tipo de interacciones genéricas.

—Mira, César, te seré completamente clara porque detesto los rodeos —comienzo a decir, modulando mi voz para que se escuche nítida a pesar del ruido ambiental—. Es obvio, por el corte de tu traje barato y tu intento forzado de lucir relajado, que has estado analizando meticulosamente todas las opciones disponibles en el bar antes de acercarte a mí. Pasaste de largo a la chica de estilo emo que está sola en la barra —apunto sutilmente con la mirada hacia la joven del fondo—, y descartaste a la chica del vestido brillante porque sabes perfectamente que, a pesar de que se ve divertida, representa el tipo de complicaciones que no quieres gestionar. El verdadero problema aquí es que tú solo buscas una aventura de una sola noche; una aventura rápida, sin compromisos, donde cada quien tome su rumbo al amanecer.

César parpadea, completamente desconcertado por la frialdad de mi análisis. Yo continúo sin darle tregua.

—Y en parte es una conducta entendible, ya que eres el típico hombre patético en busca de un poco de acción un viernes por la noche para escapar de la rutina, debido a que, con total seguridad, tienes a una esposa aburrida esperándote en casa con la cena fría.

Le muestro una gran sonrisa impecable, carente de cualquier rastro de calidez real. El hombre se me queda viendo con la boca entreabierta, incapaz de procesar el golpe directo a su ego.

—¿Me faltó algún detalle por mencionar en mi diagnóstico, César? —concluyo, ladeando la cabeza.

El sujeto baja la mirada, completamente avergonzado y con las mejillas encendidas. Se rasca la nuca en un ademán torpe y, sin articular una sola palabra de réplica, da la vuelta para retirarse a pasos apresurados, perdiéndose entre la multitud del club. Suelto una ligera carcajada ante la estupidez de su estrategia de conquista. Casi en el mismo instante en que el hombre desaparece de mi campo visual, una cabellera rubia y corta se materializa frente a mí; es mi amiga, quien finalmente llega a nuestra mesa.

—Llegas tarde, Esmeralda —le reclamo en tono de broma, cruzándome de brazos mientras observo cómo se acomoda en el asiento contiguo.

Esmeralda se sienta desplegando una gran sonrisa y pasea la mirada en la dirección por la que acaba de huir el hombre del traje.

—Lo volviste a hacer, ¿verdad? —me cuestiona, negando con la cabeza pero sin perder el buen humor—. Isabella, ¿por qué tienes que ser siempre así con los pretendientes? Dios mío, ¿es que no eres consciente de lo hermosa que eres? Tienes una silueta espectacular, unos ojos que impactan y prácticamente todos los hombres del lugar caen rendidos a tus pies con solo verte pasar, pero tú te empeñas en rechazarlos a todos con una crueldad corporativa.

Tomo un sorbo de mi bebida, sosteniendo su mirada con total serenidad.

—Tú conoces perfectamente la respuesta a esa pregunta, Esmeralda. No es una novedad para ti.

La gran sonrisa de mi amiga disminuye paulatinamente hasta transformarse en una sola línea recta, matizada por la comprensión y una pizca de lástima.

—Isabella… ya han transcurrido once años desde todo aquello —pronuncia con suavidad, inclinándose hacia mí—. Ha pasado más de una década. Deberías considerar la opción de dejar el pasado atrás y seguir adelante con tu vida personal.




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