Eternamente Enamorada

CAPÍTULO 4: CICATRICES EXPUESTAS

Narrado por Adan

Cuando me desperté e inicié los preparativos estéticos para asistir a la fiesta de gala de la firma de esta noche, jamás cruzó por mi mente la idea de que terminaría convirtiéndose en una velada desbordante de emociones encontradas, giros imprevistos y, sobre todo, una avalancha de crudos recuerdos de mi juventud. Haber tenido la oportunidad de ver a Isabella frente a frente después de haber dejado transcurrir casi diez años de absoluto distanciamiento y silencio fue un acontecimiento que dejó a más de un asociado de la junta con la boca abierta de la pura impresión; y, siendo honestos con la realidad, no era para menos.

Conservo el nítido recuerdo de nuestra etapa de adolescentes, cuando apenas asistíamos al instituto; en aquel entonces, Isabella ya poseía una fisonomía hermosa que, de manera inevitable, se robaba las miradas admiradas de todo el mundo a su paso. Sin embargo, ahora que ha regresado consolidada como una mujer madura, sofisticada y dueña de una elegancia arrolladora en los pasillos corporativos, su belleza física ha alcanzado un nivel superlativo, si es que semejante hazaña es biológicamente posible en una persona.

En el preciso instante en que mis ojos verdes se cruzaron con sus ojos azules claros sobre la alfombra roja, sentí cómo mi corazón comenzaba a latir con una fuerza descomunal y violenta dentro del pecho. Aunque apelé de inmediato a mi compostura profesional e intenté calmar mis pulsaciones mediante respiraciones pausadas, adjudicándole esa alteración a la pura sorpresa física de su inesperado retorno, lo cierto es que mi ritmo cardíaco no recuperó la normalidad en ningún momento de la velada. Incluso cuando dejamos de lado las formalidades y comenzamos a entablar diálogos fluidos, riéndonos de nuestras viejas frases existenciales y compartiendo copas de champaña, el pulso continuó acelerado; opté por ignorar la advertencia de mi cuerpo y simplemente me dejé arrastrar por la corriente de su presencia.

Después de pasar la mayor parte de la madrugada inmersos en una dinámica de charlas prolongadas, bebiendo sin control, riendo con complicidad y moviéndonos al compás de la música en la pista de baile, el cansancio del club comenzó a pasarnos factura física. Sin embargo, impulsados de forma temeraria por los efectos de la gran cantidad de alcohol que habíamos consumido a lo largo de las horas, tomamos la determinación conjunta de no dar por finalizada la noche y continuar con la celebración en un entorno significativamente más íntimo y privado.

En un arrebato de audacia, tomé la decisión de trasladarla directo hacia las coordenadas de mi departamento, un inmueble de alta gama que no quedaba muy lejos de la bahía. Ingresamos al interior de la propiedad de manera un tanto torpe debido a la embriaguez, tropezando sutilmente con los umbrales del recibidor, pero la falta de coordinación nos importó muy poco. Apenas aseguré la cerradura de la puerta principal, la atraje hacia mi cuerpo y comencé a besarla con una desesperación contenida por años, aferrándome a las dimensiones de su pequeña cintura con ambas manos. Con cada roce de nuestros labios y con cada caricia que le propiciaba sobre el tejido de su vestido vinotinto, una mezcla densa y caótica de emociones largamente sepultadas comenzó a sacudir la totalidad de mi ser, nublándome el juicio legal.

—Adan… detente un segundo… ¿se puede saber si estás completamente seguro de lo que estás haciendo en este instante? —inquirió Isabella entre suspiros, separando sus labios apenas unos milímetros de los míos.

En lugar de articular una réplica verbal, me incliné para depositar un nuevo beso posesivo en su boca, impidiéndole continuar con sus dudas corporativas.

—Menos palabras de análisis y más acciones concretas, Adan —sentenció ella con la respiración entrecortada, sin darme el tiempo necesario para responder antes de volver a enredar sus manos en mi cabellera negra para reanudar el beso.

Toda la atmósfera de la estancia se encontraba cargada de una tensión erótica innegable, pero en el momento más álgido del encuentro, el sonido estridente y agudo de mi teléfono celular comenzó a resonar desde el bolsillo de mi chaqueta de sastrería, la cual yacía tirada en el suelo del salón. Decidí ignorar la intrusión cibernética de forma olímpica, manteniendo mis manos fijas en su silueta; el aparato dejó de sonar por unos breves segundos, aportando una falsa calma, pero casi de inmediato volvió a activarse con una insistencia que resultaba insoportable para el ambiente.

—Adan, por favor… Responde a esa llamada de una vez por todas. Tal vez se trate de un asunto de extrema importancia en los tribunales o una emergencia real —pronunció Isabella, distanciándose sutilmente mientras intentaba recuperar el aliento y acomodaba los tirantes de su atuendo.

Me vi obligado a asentir con la cabeza, experimentando cómo los latidos de mi corazón marchaban a un millón de revoluciones por minuto. En cuanto me agaché para recoger el teléfono celular de la alfombra y deslicé la pantalla para verificar la identidad del remitente, la calidez de mis emociones se transformó de golpe en un profundo fastidio y un enojo visceral. Vacilé durante unos segundos sobre la conveniencia de presionar el botón de rechazo, pero Isabella aprovechó esa pausa para retirarse con pasos elegantes en dirección al cuarto de baño para retocar su apariencia, dejándome completamente solo en medio de la sala. Sin más opciones de escape, presioné el icono de aceptación y me llevé el dispositivo al oído.

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#### *Inicio de la llamada telefónica*

—Dime de una vez por todas qué es exactamente lo que quieres de mí a estas horas de la madrugada, Jehosely —espeté con un tono de voz gélido y cargado de un evidente desprecio corporativo.

—Vaya, Adan… Me parece que esa no es, bajo ninguna circunstancia, la forma correcta ni educada de tratar a la mujer que ostenta el título de ser la madre biológica de tu única hija —replicó la voz del otro lado de la línea, matizada por un tono de superioridad que me crispó los nervios.




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