Eternamente Enamorada

CAPÍTULO 5: REGLAS DE SUPERVIVENCIA

Narrado por Isabella

Salí lo más rápido que mis pies me lo permitieron de ese lugar, sintiendo que las paredes del departamento de Adan se me venían encima tras escuchar aquella llamada telefónica. Apenas puse un pie en la acera pública, comencé a caminar por las calles de la ciudad sin ningún tipo de rumbo fijo ni destino establecido, mientras de mis ojos brotaban lágrimas saladas sin parar, empañando por completo mi visión de la bahía.

«Qué tonta soy, verdaderamente soy una tonta», me repetía a mí misma en un eco mental colmado de autorreproche. Me había jurado solemnemente, con una convicción inquebrantable durante mis años de exilio, que jamás volvería a derramar una sola lágrima por ningún chico del pasado y, muchísimo menos, por él. Sin embargo, aquí me encontraba una vez más, desarmada en la penumbra de la madrugada y volviendo a caer de forma inevitable en el mismo círculo vicioso de siempre. ¿Cómo es posible que, después de haber dejado transcurrir una década entera de distancia y crecimiento profesional, mi corazón aún conserve la debilidad de quererlo a él con esta intensidad?

—Vamos, reacciona, Isabella… Tú ya no eres la misma niña indefensa de antes —me dije en voz alta, intentando insuflarme una dosis de ánimo y fortaleza para frenar el llanto.

Pero el consuelo fue efímero; así como llegó a mi mente, se esfumó por completo ante el peso de la realidad actual. Un sentimiento de profunda frustración me oprimió el pecho, impulsándome a detenerme en medio de las dimensiones de un parque urbano adyacente.

—¿Por qué demonios tenía que aparecer ella otra vez en medio de nosotros? —grité con todas las fuerzas de mis pulmones, lanzando el reclamo hacia la inmensidad del cielo nocturno.

Las instalaciones del parque se encontraban completamente desiertas debido a las altas horas de la noche, por lo que tuve la absoluta certeza de que nadie en los alrededores era testigo de mi quiebre emocional. Por un instante efímero durante la gala de la firma, me había permitido albergar la ingenua ilusión de que las circunstancias de nuestras vidas tal vez habían cambiado lo suficiente como para brindarnos una oportunidad real de estar juntos, consolidando ese anhelo que siempre proyecté desde mi niñez. Pero, ¿a quién pretendo engañar en este punto de mi madurez? Eso solo representaba el sueño utópico de una niña tonta e ingenua que no comprendía los hilos de la sociedad jurídica.

Habiendo recuperado un poco el dominio sobre mis emociones, determiné que lo más sensato era dar la vuelta y dirigirme a las instalaciones de mi propio departamento para intentar descansar. No obstante, en cuanto el taxi me depositó frente al edificio residencial de alta gama y procedí a ingresar al vestíbulo principal, me percaté de un detalle técnico verdaderamente irónico: el complejo habitacional al que me había mudado era exactamente el mismo del cual acababa de salir huyendo minutos atrás. Magnífico. Ahora resultaba que la ironía de la vida no solo nos obligaría a compartir labores ejecutivas en el mismo piso del bufete, sino que además seríamos vecinos de pasillo en el ámbito privado. Esto definitivamente no podía perfilarse de mejor manera. Forcé a mi mente a dejar de procesar más pensamientos analíticos, abrí la cerradura de mi puerta, me despojé de los tacones vinotinto y me entregué por completo a los brazos de Morfeo.

A la mañana siguiente, los estragos del desvelo me pasaron factura y me levanté de la cama algo más tarde de lo habitual. A pesar del contratiempo y de las prisas por ponerme el traje sastre, logré cronometrar mis tiempos para arribar con total puntualidad a las inmediaciones del rascacielos corporativo. El señor Edgar me había dejado instrucciones precisas de que nos congregáramos a primera hora en las instalaciones de la sala de conferencias principal para formalizar mi inducción, por lo que apenas las puertas del ascensor se abrieron en mi piso, me encaminé de forma directa hacia allá.

En cuanto crucé el umbral de cristal esmerilado de la sala, lo primero que captó mi atención fue la presencia de un hombre alto, dueño de una contextura física imponente y de hombros sumamente anchos. Su cabellera era de un negro intenso, a juego con una barba recortada con esmero y unas pupilas oscuras que, apenas registraron mi ingreso a la estancia, me barrieron de arriba a abajo con una mirada densa y escrutadora. Vi cómo sus ojos se oscurecieron aún más si aquello era físicamente posible, provocando que un sutil pero innegable mal presentimiento me recorriera la totalidad de la columna vertebral.

—Hola… Tú debes de ser, sin lugar a dudas, la nueva socia estrella de la que todo el mundo estuvo comentando en la fiesta de gala de anoche, ¿verdad? —pronunció el sujeto, modulando una voz sumamente profunda y arrastrada.

Intenté dibujar una sonrisa estrictamente amable en mis labios y asentí con la cabeza con cortesía institucional.

—Tenía toda la intención de presentarme formalmente ante ti durante la celebración nocturna, pero me resultó una tarea absolutamente imposible debido a que llamas demasiado la atención de la concurrencia —añadió, volviendo a repasar las líneas de mi silueta con un descaro que me resultó sumamente incómodo.

—No me sentía del todo bien de salud avanzada la noche, de modo que tomé la determinación de retirarme de las instalaciones antes de que concluyera el evento —repliqué, manteniendo la distancia física mientras él comenzaba a acortar el espacio entre ambos.

—Qué auténtica lástima escuchar eso… Pero asumo que en este momento ya te encuentras completamente restablecida y lista para la acción jurídica, ¿verdad? —inquirió con un deje de superioridad.

Antes de que mi mente lograra procesar sus intenciones o ejecutar un movimiento de repliegue, el hombre estiró la mano con una velocidad pasmosa, tomó la mía entre sus dedos y, aproximándola hacia su rostro, comenzó a depositar un beso prolongado sobre mi piel, aderezando el gesto con una caricia sumamente gentil en el dorso.




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