Eternamente Enamorada

CAPÍTULO 9

**ISABELLA**

El silencio en la oficina se volvió denso, casi asfixiante, en el preciso instante en que la silueta del señor Antonio recortó el umbral. Se encontraba parado bajo el marco de la puerta con el ceño profundamente fruncido, dibujando líneas rígidas en su frente que denotaban una severidad implacable. Sin embargo, si prestaba la suficiente atención, entre las comisuras de sus labios marchitos se podía vislumbrar una muy ligera e imperceptible sonrisa; una chispa de ironía que, desafortunadamente, quedaba opacada por la dureza de su mirada.

El pánico inicial me obligó a reaccionar. Me separé abruptamente de Adam, cuyas manos todavía me tenían firmemente tomada de la cintura, dejando un rastro de calor frío tras el repentino distanciamiento. Bajé un poco la cabeza en un intento inútil de ocultar la evidencia. Aunque el impulso del beso había nacido puramente de mí, sentía las mejillas encendidas, ardiendo en una oleada de vergüenza insoportable por haber sido atrapada de una forma tan comprometedora en mi propio espacio de trabajo.

—Abuelo, yo te lo puedo explicar... —comenzó a decir Adam con la voz ligeramente alterada.

El anciano no respondió de inmediato. En su lugar, avanzó un paso y se apoyó con pesadez en su bastón de madera oscura, aferrando ambas manos sobre el pomo de plata con una parsimonia exasperante.

—Eso mismo estoy esperando —sentenció, arrastrando las palabras con una parsimonia que helaba la sangre—. A menos, claro, que la respuesta lógica a este espectáculo sea que son amantes. Debo admitir que eso sería caer demasiado bajo, incluso para usted, señorita Isabella.

El insulto implícito me golpeó directamente en el orgullo. Sentí una punzada de indignación recorriéndome la espina dorsal. Traté de respirar profundo, expandiendo mis pulmones con lentitud para controlar el enojo que amenazaba con desbordarse y arruinar mi postura profesional. Jamás en la vida me había dejado humillar por nadie, sin importar su estatus, y él no iba a ser el primero, a pesar de que en el fondo lo considerara parte de mi círculo más cercano, casi como a un miembro de la familia.

—Emilie, cierra la puerta por favor —ordené, manteniendo un tono firme y gélido mientras levantaba la cabeza con mucho orgullo, sosteniéndole la mirada al patriarca.

Nunca daría el brazo a torcer si me atacaban. El señor Antonio terminó de avanzar hacia el centro de mi despacho, mientras Emilie, que observaba la escena con los ojos abiertos de par en par, asintió rápidamente y cerró la puerta a sus espaldas, devolviéndonos una privacidad tensa. Sin decir más, todos nos dirigimos hacia el juego de muebles de piel que decoraba la zona de visitas de mi oficina. El señor Antonio, manteniendo su aire de superioridad indiscutible, se sentó en un sillón individual, adoptando una postura rígida. Por nuestra parte, Adam y yo nos acomodamos en el mueble más amplio, sentándonos bastante cerca el uno del otro, compartiendo una complicidad forzada por las circunstancias.

—Abuelo, veras... —Adam rompió el hielo, mirándome de reojo antes de concentrar toda su atención en el anciano—. Isabella y yo estamos en una relación. —Hizo una pausa dramática, acomodándose los puños de la camisa—. Y es algo completamente serio, abuelo.

El señor Antonio entrecerró los ojos, procesando la declaración. Desvió su mirada escrutadora hacia Adam y luego, con la lentitud de un juez a punto de dictar sentencia, pasó su atención hacia mí.

—¿Es eso cierto, señorita Isabella?

Tragué saliva, manteniendo la espalda recta, y asentí con la cabeza con toda la naturalidad que pude fingir. Si íbamos a mentir, teníamos que hacerlo con absoluta convicción.

—Si eso es verdad... ¿por qué no me lo dijo antes, señorita Isabella? —cuestionó con un tono cargado de sospecha—. Recuerdo perfectamente que una de mis mayores dudas hacia usted cuando la contraté era que no tenía una familia constituida, un pilar que le diera estabilidad.

—Usted dijo en su momento que le gustaría que su abogada tuviera una familia propia —respondí con rapidez, apelando a la semántica legal—. Yo solo estoy saliendo con su sobrino; todavía no somos una familia formal en el sentido estricto. No creí que un noviazgo fuera un dato relevante para mi desempeño en el caso.

El anciano meditó un poco en mi respuesta, golpeteando rítmicamente un dedo sobre el bastón. Pareció sopesar mis palabras antes de volver a mirar a su nieto.

—¿Por cuánto tiempo llevan saliendo en secreto?

Adam respiró profundo, recostándose en la silla y tratando de proyectar una calma que estaba muy lejos de sentir.

—Comenzamos a salir hace más o menos dos años, abuelo.

—¿Dos años? ¿Y por qué demonios no me habías dicho nada al respecto en todo este tiempo? —El señor Antonio nos miró alternativamente, las dudas pintadas en cada arruga de su rostro.

Adam se tensó visiblemente, abriendo los labios sin saber qué decir. Sabía perfectamente que debíamos haber coordinado una historia antes de lanzarnos al vacío, pero ya nos encontrábamos en un punto de no retorno y la improvisación era nuestra única aliada.

—Teníamos pensado hacerlo público tarde o temprano —intervine, atrayendo la atención de ambos hombres hacia mí—. Pero entonces me ofrecieron este trabajo en el bufete. Como usted sabe, conozco de forma muy cercana al señor Édgar. Pensamos que si el resto del consejo o los clientes descubrían que también mantenía una relación sentimental con Adam, los demás creerían que yo estaba aquí por puro interés, por nepotismo o por favores personales, y no por mi verdadero talento y capacidad profesional.

Fijé mis ojos directamente en los del señor Antonio, transmitiéndole una seguridad inquebrantable.

—Lo peor que puede pasarle a un profesional en esta industria es que cuestionen su ética por culpa de malos entendidos o chismes de pasillo. ¿Verdad, señor Antonio? Usted mejor que nadie sabe cómo se destruyen las reputaciones.




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