Eternamente Enamorada

CAPÍTULO 10: ECO DE UN INVIERNO OLVIDADO

PERSPECTIVA DE ADAM

Camino con una parsimonia y una tranquilidad que no había experimentado en toda la semana por el largo pasillo alfombrado del bufete. Siento como si un yugo invisible se hubiera aligerado de mi cuello, permitiéndome finalmente llenar los pulmones de aire sin el temor constante a la asfixia legal. Avanzo a paso firme hasta llegar a las oficinas de mi constructora, dirigiéndome directamente a mi despacho privado. Al abrir la puerta, la tensión residual de mi encuentro con el viejo Antonio termina de disiparse. Allí, sentadas cómodamente en el amplio sofá de cuero marrón, se encuentran Luz y Fernanda, inmersas en una conversación animada que llena el espacio de una calidez reconfortante.

Me detengo bajo el marco de la puerta, recostando el hombro contra la madera y metiendo las manos en los bolsillos de mi pantalón de sastre. Dejo escapar un suspiro largo, cargado de un cansancio físico y mental tan evidente que llama de inmediato la atención de Luz. Ella levanta la vista, desclávandola de mi hija, y me dedica una expresión ambivalente: una media sonrisa de alivio combinada con una mirada cargada de profunda preocupación analítica.

—Hola... —habla Luz con voz suave, escudriñando mis facciones—. ¿Todo está bien por allá?

Asentí con la cabeza de forma pausada, transmitiéndole la victoria silenciosa sin necesidad de articular palabras. Sin embargo, Luz, siempre precavida y consciente de que los muros tienen oídos y las mentes infantiles captan más de lo debido, se vuelve hacia mi hija con una dulzura maternal.

—Fernandita, mi amor, ¿me esperas un momento aquí sentada? Voy a hablar un asunto rápido de la oficina con tu padre y regreso de inmediato, ¿sí?

Mi hija, sin despegar los ojos del cuaderno que tiene apoyado en sus rodillas, asiente con la cabeza de forma ausente mientras busca entre sus lápices de colores el tono exacto para continuar con su labor. Dibujar es, sin lugar a dudas, una de las mayores pasiones de Fernanda; una vía de escape donde su mente se abstrae por completo del mundo exterior, algo que en estos momentos agradezco con el alma. Luz se levanta con elegancia del mueble y se acerca a grandes zancadas hacia el umbral donde me encuentro. Por mutuo acuerdo y sin necesidad de hablarlo, ambos nos alejamos ligeramente de la entrada, moviéndonos unos metros por el pasillo exterior para asegurarnos de que mi hija no escuche ni una sola palabra de nuestras maquinaciones, aunque manteniendo el ángulo de visión abierto a través del cristal para que ella pueda seguir viéndonos y no se asuste.

—Por lo que alcancé a divisar desde el pasillo de la oficina de Isabella... asumo que aceptó la descabellada propuesta de casarse contigo, ¿me equivoco? —pregunta Luz en un susurro apresurado, cruzándose de brazos.

—No te equivocas —respondo, asintiendo con una mezcla de triunfo y pesadumbre—. Aceptó. Aunque el proceso fue un maldito torbellino.

—¿Cómo demonios lograste convencerla en tan poco tiempo, Adam? Conociendo el orgullo de Isabella, pensé que te echaría a patadas.

—No tuve que hacer demasiado, a decir verdad. El destino o la suerte jugaron a nuestro favor de la forma más retorcida posible —explico, pasando una mano por mi nuca—. Al parecer, mi abuelo Antonio tenía intenciones reales de sacarla de su caso corporativo utilizando como argumento legal que ella no poseía una familia constituida. El viejo llegó al extremo de ordenarle explícitamente a mis tíos que hicieran todo lo humanamente posible para bloquear sus propuestas y no llegar a ningún acuerdo con ella, todo para sabotearla. Pero en el instante en que se enteró, por el teatro que armamos, de que Isabella y yo supuestamente mantenemos una relación amorosa desde hace dos años, cambió de idea de forma radical. Retiró la demanda en mi contra y restableció el testamento.

Luz enarca una ceja, asimilando la información con la rapidez mental que la caracteriza.

—Eso quiere decir, en términos claros, que van a casarse estrictamente por un acuerdo de beneficio mutuo. Un contrato para salvar tu pellejo y el prestigio de ella.

—Al parecer, sí. No hay otra forma de llamarlo —admito con amargura—. Ella quedó en mandarme un mensaje escrito en los próximos días para coordinar un encuentro en un lugar neutral. Necesitamos sentarnos a hablar con calma, establecer las condiciones, los límites de la farsa y firmar los términos antes de dar el siguiente paso.

Luz asiente, procesando la estrategia.

—Es lo más sensato. Hay que blindar cada cabo suelto.

—Por ahora —continúo, entornando los ojos mientras diseño la táctica en mi mente—, creo que sería una excelente idea empezar a mover hilos en las sombras. Necesito que comiences a filtrar, de manera estrictamente anónima y muy sutil, cierta información en las columnas de chismes y entre los conocidos del círculo social: el rumor de que Isabella y yo estamos juntos.

Luz frunce el ceño, mirándome con evidente escepticismo.

—¿No te parece que es demasiado pronto para eso, Adam? Sinceramente, pienso que lo más inteligente sería esperar a que tú e Isabella tengan esa conversación pendiente, dejen las reglas claras y luego decidan cómo manejar la opinión pública.

Niego con la cabeza de inmediato, descartando su objeción con un ademán firme.

—No, Luz. Estás viéndolo desde la perspectiva legal, no desde la social. Si Isabella y yo empezamos a mostrarnos en público como una pareja consolidada de la noche a la mañana, y encima anunciamos un matrimonio repentino, levantaremos sospechas inmediatas. Jehosely y los abogados de su bufete olerán el fraude a kilómetros de distancia y buscarán pruebas de que es una boda por conveniencia para el juicio de custodia. Es muchísimo mejor ir sembrando la duda desde ahora. Crear sospechas, alimentar los rumores pasillo por pasillo, para que cuando decidamos hacerlo completamente oficial ante los medios, la sociedad ya lo asuma como algo que se venía venir. Así nadie se extrañará.




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