Eternamente Enamorada

CAPÍTULO 11: EL CONTRATO DE LAS CENIZAS

PERSPECTIVA DE ISABELLA

La alarma rasga el silencio de la habitación exactamente a las cinco de la mañana. Fiel a una rutina que se ha convertido en mi armadura contra el caos, me levanto de inmediato para hacer mis ejercicios diarios. El esfuerzo físico me ayuda a disipar la bruma mental antes de regresar a casa para ducharme y arreglarme para otra jornada en el bufete. Esta mañana elijo un atuendo que proyecta la seguridad que tanto me cuesta sostener por dentro: una camisa azul claro de mangas largas, de seda suelta pero elegante, combinada con unos pantalones de corte A en tono beis, tacones bajos a juego y una cartera negra de líneas sobrias. Me maquillo de forma simple, casi invisible, y dejo que mi cabello caiga suelto sobre los hombros, peinado en ondas suaves.

Al salir de mi apartamento, el movimiento de mis llaves se congela en el aire. Me detengo en seco en el umbral y, de forma casi magnética, mi mirada se clava en la puerta del frente; la puerta del apartamento de Adam.

Han pasado tres días desde nuestro tenso encuentro en mi oficina. Tres días de un silencio sepulcral entre los dos. Ambos hemos estado tan sumergidos en nuestras respectivas montañas de trabajo que no hemos encontrado un solo minuto para sentarnos a discutir lo que pasó, ni cómo vamos a ejecutar la farsa que le vendimos a su abuelo. Sin embargo, el mundo exterior no se ha detenido. El rumor de que mantenemos una relación sentimental ha corrido como la pólvora por cada pasillo, cubículo y ascensor de la empresa. Desconozco quién inició la filtración, pero al final del día, tal vez sea mejor así; la mentira ya tiene vida propia. Suelto un gran suspiro, sacudo la cabeza para apartar los pensamientos y termino de cerrar la puerta para dirigirme al trabajo.

Llego al bufete con mi puntualidad matemática de siempre y me dispongo a avanzar por el pasillo principal. Apenas pongo un pie en el piso, los murmullos y las miradas de reojo empiezan a sonar a mi alrededor. Es un runrún molesto, un enjambre de comentarios maliciosos que se desplaza a medida que avanzo. Trato de ignorarlos, manteniendo la vista al frente y la espalda recta, pero la insistencia de la gente se vuelve sumamente irritante. Lo más rápido que puedo, me refugio en la seguridad de mi oficina. Me sumerjo de cabeza en los expedientes, concentrándome al máximo en cada cláusula para despistar mi mente de los chismes corporativos. La estrategia funciona tan bien que la mañana se me esfuma entre los dedos; cuando levanto la vista, ya es medio día.

—Emilie, ¿puedes mandarme al correo el contrato de la perdición? —le pido a través del intercomunicador, usando el humor negro como válvula de escape.

Ella suelta una risita cómplice al otro lado de la línea.

—En seguida, Isa. Te lo envío ahora mismo.

—Gracias, Emilie. En cuanto lo hayas hecho, puedes irte a almorzar tranquila.

La llamada se corta y, a los pocos segundos, el pitido de la bandeja de entrada me avisa que el documento ha llegado. Lo reviso rápidamente en la pantalla, verificando cada término del borrador que preparé. Satisfecha, me levanto de mi silla, aliso las arrugas invisibles de mi pantalón beis y salgo de mi oficina con una resolución firme. Cruzo el pasillo y me dirijo directamente a la oficina de Adam. En la recepción de su constructora me encuentro primero con Luz, quien levanta la vista y me recibe con una gran sonrisa que parece ensayada.

—Hola, Luz. Buenas tardes —la saludo con cortesía.

—Buenas tardes, Isabella. ¿Cómo va todo el día de hoy? —pregunta, mirándome con una curiosidad mal disimulada.

—Estoy bien, gracias —asiento, forzando una sonrisa ligera y formal—. ¿Se encuentra tu jefecito disponible?

Luz suelta una pequeña risa y asiente con la cabeza de inmediato, indicándome la puerta de madera.

—Puedes pasar, Isabella. Al igual que tú, ha estado completamente concentrado en sus planos y contratos toda la mañana. Prácticamente no ha levantado la cabeza.

Asiento en silencio y avanzo hacia la puerta, abriéndola con suavidad. Al entrar, lo veo. Adam está inclinado sobre su escritorio, sumergido en una marea de documentos. Desde esta distancia, el desgaste es evidente: se ve agotado, con ojeras marcadas y una rigidez en los hombros que delata un cansancio monumental. Me pregunto de inmediato si su aspecto demacrado tiene que ver con la presión de su caso familiar o con la farsa en la que nos hemos metido. Sin darme cuenta, las palabras se me escapan antes de poder filtrarlas.

—No te ves muy bien...

Adam levanta la cabeza bruscamente, sorprendido por el sonido de mi voz. Me mira fijamente, con el ceño fruncido y una expresión de confusión que tarda unos segundos en transformarse.

—Qué extraño verte por aquí, Isabella. ¿Pasa algo malo con el caso? —pregunta, mientras se levanta de su silla ejecutiva para acortar la distancia entre los dos.

A medida que camina hacia mí, un impulso traicionero me obliga a repasar mi mirada por todo su cuerpo, detallando la firmeza de sus pasos y la pulcritud de su porte. Con cada centímetro que se acerca, mi corazón empieza a acelerarse de una manera estúpida. Aprieto los puños, obligándome a respirar con normalidad y luchando por mantener el control absoluto de mis emociones antes de que termine de plantarse frente a mí.

—¿Quieres almorzar conmigo? —le suelto a bocajarro, manteniendo el tono lo más neutral posible.

Adam me mira con los ojos abiertos de par en par, completamente estupefacto, como si acabara de hablarle en otro idioma.

—Perdón... pero creo que no escuché bien —dice, soltando una ligera risa nerviosa—. ¿Acaso me acabas de invitar a una cita, Isabella?

El sonido de su risa y la implicación de sus palabras provocan que una oleada de calor suba por mi cuello, tiñendo mis mejillas de un rojo encendido por la vergüenza.

—Por favor, no te avergüences conmigo —añade con una suavidad que me desarma, sus ojos brillando con una calidez que no veía en años—. Me sorprendiste, es verdad... pero estoy muy feliz de que estés aquí.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.