Eternamente Enamorada

CAPÍTULO 13: EL PRECIO DE LAS PALABRAS A MEDIAS

PERSPECTIVA DE ISABELLA

Cuando la puerta de mi despacho se cierra tras la salida de Luz, el silencio cae sobre mí como una losa pesada, densa, casi asfixiante. Me quedo mirando el vacío durante varios minutos, con las manos apoyadas sobre el escritorio y la respiración contenida. Sé perfectamente que remover las cenizas del pasado solo sirve para quemarse de nuevo; lo hecho, hecho está, y no hay una sola fuerza en el universo capaz de alterar las decisiones cobardes que destruyeron mi juventud. No me permito desmoronarme ahora. Clavo los ojos en los expedientes acumulados sobre la madera, obligándome a enfocar cada gramo de mi atención en las líneas legales, en los tecnicismos, en la fría seguridad de mi trabajo. Funciona. La rutina laboral logra distraer la tormenta que ruge en mi pecho, sumergiéndome en un letargo controlado hasta que, de pronto, el sonido de la puerta al abrirse de par en par, sin previo aviso ni cortesía, rompe mi concentración.

Levanto la mirada de golpe, con el ceño profundamente fruncido y una mueca de fastidio instalándose en mis labios. Lo veo cruzar el umbral. Entra en mi oficina arrastrando una sombra oscura y densa, una presencia imponente que se refleja con total fidelidad en la negrura de su cabello y en la frialdad de sus ojos oscuros. Camina con paso seguro hasta detenerse justo en frente de mi escritorio, obligándome a mirarlo desde abajo.

—Entonces... sí es verdad que estás trabajando en este lugar —suelta con una voz que intenta sonar casual, pero que arrastra un eco del pasado que me eriza la piel.

—¿Qué demonios estás haciendo aquí, Jorge? —le pregunto, mi tono gélido, desprovisto de cualquier calidez—. Como sea, en realidad no me interesa lo que tengas que decir. Voy a llamar de inmediato al personal de seguridad para que te saque del edificio; no te quiero cerca de mi oficina, ni de mí.

Estiro la mano con determinación, dispuesta a levantar el auricular del teléfono de línea interna, pero antes de que mis dedos puedan rozar el aparato, él se inclina hacia adelante con una rapidez asombrosa y me sostiene la mano, deteniendo mi movimiento con firmeza, aunque sin lastimarme.

—Isabella, por favor, te lo ruego... escúchame —me pide, la urgencia tiñendo sus palabras.

Lo miro con un odio visceral, una rabia contenida que se alimenta de cada uno de los recuerdos amargos que compartimos hace una década.

—Sé perfectamente que no me lo merezco, sé que fui un bastardo —continúa, sosteniendo mi mirada con una fijeza que me descoloca—, pero te lo pido por favor. Solo concédeme unos minutos.

Lo observo con una duda profunda, sopesando el peligro de sus intenciones. El Jorge Rivas que yo conocí en mi juventud jamás se rebajaría a suplicar, ni mucho menos a usar la palabra por favor conmigo. Tras unos segundos de un tenso silencio donde solo se escucha el tic tac del reloj, suelto un suspiro largo y cargado de cansancio, cediendo terreno a regañadientes.

—Tienes exactamente cinco minutos, Jorge Rivas —sentencio, clavando mis ojos en los suyos—. Y más te vale que me sueltes ahora mismo.

Una sonrisa de medio lado, sutil y carente de la burla habitual de sus años mozos, se dibuja en su rostro. Enseguida me libera la mano, retrocede un paso y se sienta en la silla confidente que está frente a mi escritorio, acomodándose la chaqueta con un aplomo distinto.

—Bien, te escucho —cruzo los brazos sobre el pecho, manteniéndome a la defensiva—. ¿Qué es exactamente lo que quieres de mí después de tanto tiempo?

—Quiero pedirte perdón, Isabella.

Me quedo helada en mi sitio. Está bien, tengo que admitir que esa declaración es algo que no me esperaba bajo ninguna circunstancia. Abro los ojos con sorpresa, pero la desconfianza no tarda en empañar mi expresión; el Jorge de nuestro pasado era un tipo arrogante, cruel, un hombre que disfrutaba del dolor ajeno y que jamás habría tenido la decencia de pedir una disculpa genuina.

—¿Qué clase de juego es este? ¿Qué estás tramando ahora mismo? —le pregunto, entornando los ojos, completamente en alerta ante lo que asumo es una nueva trampa.

—No es ninguna trampa, Isabella, te lo juro —niega con la cabeza, apoyando las manos en sus rodillas en un gesto de total apertura—. Es una disculpa real. Me quiero disculpar de corazón por todas y cada una de las canalladas que te hice en el pasado, por lo miserable que fui contigo.

Fijo mi atención en la profundidad de sus ojos oscuros, buscando la mentira, el destello de ironía o la burla oculta que siempre lo caracterizó. Sin embargo, por un breve e incómodo momento, solo soy capaz de distinguir una sinceridad aplastante en sus palabras. Siento que el suelo se mueve bajo mis pies, pero me niego a creerle tan fácilmente; el dolor enseña a desconfiar de las ovejas que antes fueron lobos. Él nota mi resistencia, mi rigidez, y suelta un suspiro teñido de un cansancio maduro.

—Sé que no es fácil creerme, soy consciente de que ganarse tu confianza después de todos estos años es una tarea casi imposible... pero en verdad ya no soy el mismo de antes, Isabella. He cambiado.

—¿Y a qué se debe este cambio tan repentino y milagroso? —pregunto, arqueando una ceja, sin terminar de asimilar la situación.

—Es por Emilie —responde, y en el mismo instante en que pronuncia su nombre, la dureza de sus facciones se ablanda por completo, transformándose en algo que jamás creí ver en él—. Ella me cambió la vida. Me mostró una parte de mí mismo que ni siquiera sabía que existía... y me enamoré perdidamente de ella, Isabella. Cambié mi forma de ser porque sabía que era lo mejor para mi propio futuro, y principalmente porque ella se merece a su lado a alguien muchísimo mejor de lo que yo era antes. No quería perderla por culpa de mi propio veneno.

Levanto la ceja, procesando la confesión. Observo detenidamente sus gestos, su postura, la falta de malicia en su tono de voz. Tengo que admitir internamente, con un deje de asombro, que el hombre que está sentado frente a mí no tiene nada que ver con el Jorge manipulador y déspota que conocí hace diez años atrás. El amor parece haber hecho un milagro en su arrogancia.




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