Eternamente Enamorada

CAPÍTULO 14: EL ECO DE LOS VIEJOS ENEMIGOS

PERSPECTIVA DE ADAM

Cerré la puerta de su despacho con una lentitud casi reverencial, convencido de que lo mejor en ese momento era dejarla sola en la inmensidad de su oficina para que pudiera ordenar sus pensamientos y recuperar la calma. Caminé por el pasillo con la mirada fija en el suelo alfombrado, masticando el sabor amargo de la frustración. Sé perfectamente que mi declaración ante Isabella pudo haber salido muchísimo mejor; sé que mis palabras carecieron de la precisión necesaria y que la semántica me traicionó en el peor momento imaginable. Sin embargo, en medio del torbellino que arrastro en el pecho, hay una sola certeza inamovible de la que estoy completamente seguro: sé lo que quiero y la quiero a ella. La quiero de vuelta en mi vida, desprovista de las armaduras que yo mismo la obligué a forjar.

El simple hecho de haberla visto en una posición tan íntima con Jorge, rodeada por sus brazos, provocó que la sangre me hirviera en las venas con una furia primitiva. En un segundo, los fantasmas del pasado regresaron en tromba a mi mente, desenterrando un odio visceral que creía haber sepultado bajo los años de madurez corporativa.

Jorge Rivas. El hermano mayor de Jehosely. A diferencia de su hermana, que ostentaba una belleza artificial y calculada, Jorge poseía una fisonomía salvaje y directa; el cabello de un negro azabache y unos ojos oscuros, tan profundos y fríos como los de su madre, reflejaban una oscuridad innata. En nuestros años de instituto, era conocido por toda la comunidad estudiantil como el típico chico malo al que debías evitar a toda costa si apreciabas tu integridad. Siempre estaba metido en los peores problemas imaginables: involucrado en la venta de sustancias ilícitas en los callejones cercanos al campus, asistiendo a fiestas clandestinas que terminaban en redadas y manteniendo relaciones casuales con cualquier falda que se cruzara en su camino. Para mí, y para cualquiera con dos dedos de frente, Jorge representaba la peor escoria que había pisado el instituto.

Todo el mundo sabía que estar cerca de su órbita significaba una sola cosa: peligro inminente. Por supuesto, él nunca estuvo de acuerdo con la idea de que yo me casara con su hermana, y mucho menos digirió el hecho de que la hubiera dejado embarazada a los dieciocho años. Nos odiábamos con la fuerza de dos elementos incompatibles. Años más tarde, cuando la farsa de mi matrimonio con Jehosely finalmente se desmoronó y firmamos el divorcio, Jorge me buscó en un estacionamiento techado. Aquella tarde nos caímos a golpes con una brutalidad animal, desatando años de resentimiento acumulado; nos ensangrentamos los puños y nos quebramos las costillas en una pelea tan salvaje que casi terminamos matándonos mutuamente en el asfalto. Por pura suerte, una patrulla de la policía llegó a tiempo para intervenir. Nos arrestaron a los dos, pasamos una noche deplorable tras las rejas y, luego de que nuestros respectivos abogados pagaran las fianzas para dejarnos libres, juramos no volver a dirigirnos la palabra por el resto de nuestras vidas.

Desde ese día, le prohibí terminantemente que volviera a acercarse a mi hija. No quería que su influencia tocara la inocencia de Fernanda. Sin embargo, sé perfectamente que cuando mi pequeña pasa los fines de semana bajo la custodia de su madre, a veces se ven a escondidas. ¿Cómo lo sé? Porque mi propia hija, con esa honestidad desarmante de la infancia, me lo ha confesado en sus noches de cena. A pesar de que utilizo mis mejores argumentos paternos para insistirle en que se mantenga alejada de ese hombre, Fernanda siempre me mira con sus ojos brillantes y me repite, con una madurez que me asusta, que su tío Jorge no es el monstruo que yo he pintado durante años, sino una persona completamente diferente y cariñosa. Yo no le creo absolutamente nada. Para mí, la mala hierba nunca muere; solo aprende a camuflarse mejor entre el jardín para no ser arrancada.

Sacudí la cabeza para apartar los recuerdos y entré finalmente en mi oficina ejecutiva, donde me encontré de golpe con Luz y Nicolás. Ambos estaban instalados en los sillones de piel, esperándome con expresiones que oscilaban entre la curiosidad y la pura tensión.

—Vaya, hermano... si esa es la cara que traes después de haber ido a firmar el contrato prenupcial con el amor de tu vida, no quiero ni imaginarme cómo será tu expresión el día que tengan que pararse frente al altar —soltó Nicolás con ironía, evaluando mis facciones crispadas.

Le dediqué una mirada cargada de pocos amigos y pasé de largo, dirigiéndome directamente al minibar que se encuentra empotrado en la pared de madera de mi despacho. Con los dedos ligeramente temblorosos por la adrenalina, tomé una botella de whisky escocés, me serví un trago corto y me senté en el sofá de enfrente, dejando escapar un suspiro de frustración.

—¿Tan horriblemente te fue con Isabella en la oficina de al lado? —insistió Nicolás, entornando los ojos y enderezando la postura al notar la gravedad de mi silencio.

—El problema no es solo ella —respondí, levantando la mirada para sostenerle el escrutinio—. Jorge Rivas estaba metido en su despacho. Y cuando entré... ambos estaban fuertemente abrazados en mitad de la habitación.

Nicolás frunció el ceño de inmediato, la sorpresa borrando cualquier rastro de burla en sus facciones. Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en sus rodillas.

—¿Jorge Rivas? ¿El hermano de Jehosely? —Asentí con la cabeza, dándole un sorbo amargo al alcohol—. Eso sí que es sumamente extraño, Adam. Que yo recuerde, ellos dos jamás se llevaron bien en la juventud; Isabella siempre le tuvo un asco tremendo por su reputación. ¿Lograste averiguar por qué demonios se estaban viendo a escondidas?

—No —admití, apretando el vaso de cristal—. No dejé que me diera ninguna clase de explicación. En cuanto lo vi tocándola, perdí la cabeza y simplemente lo expulsé a gritos de la oficina de Isabella.




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