PERSPECTIVA DE ISABELLA
Tras estampar las rúbricas definitivas en los dos juegos de documentos, la pesada atmósfera de la oficina comenzó a disiparse muy lentamente a medida que todos fueron saliendo uno a uno. Jorge se marchó con una última mirada burlona hacia Adam, Luz se retiró con discreción para revisar unos expedientes y Emilie regresó a su puesto en la recepción tras lanzarle una advertencia muda a mi futuro esposo. Finalmente, quedamos solo Adam y yo en mitad de la inmensidad del despacho.
Sintiéndome de repente asfixiada por la cercanía, decidí levantarme del sofá de piel y caminé a pasos rápidos hacia la seguridad de mi escritorio, sentándome en la silla de roble con la firme intención de concentrarme en cualquier archivo para distraer la mente antes del próximo paso. Sin embargo, el andar errático y nervioso de Adam, que insistía en medir la habitación de un extremo a otro con zancadas ruidosas, provocó que mis propios nervios se dispararan por las nubes.
—¿Quieres por favor dejar de caminar por toda la habitación sin rumbo fijo? Me estás poniendo sumamente nerviosa —le pedí, intentando fijar la vista en un informe de auditoría, aunque las letras parecían bailar frente a mis ojos—. De verdad, Adam... ¿quieres parar ya?
—No puedo evitarlo, Isabella —admitió, deteniéndose un segundo para mirarme con los hombros tensos—. No puedo controlar la ansiedad. No tengo la menor idea de cómo vaya a reaccionar mi hija ante toda esta situación. No sé qué decirle.
Lo miré fijamente durante unos segundos. Al ver la genuina vulnerabilidad reflejada en sus facciones, sentí que la rigidez profesional que había adoptado comenzaba a tambalearse. Solté un suspiro prolongado, me levanté de la silla de roble y caminé lentamente hacia él, acortando la distancia física que nos separaba.
—Sé perfectamente que mentirle a tu propia familia es un proceso sumamente difícil y doloroso, Adam... pero tienes que recordar que este matrimonio por contrato es para el beneficio de todos. Es la única salida limpia —le hablé con un tono suave, intentando transmitirle una calma que yo misma no poseía.
Él por fin se detuvo por completo, girando su cuerpo hacia mí. Se me quedó mirando con una intensidad magnética que me descolocó.
—¿Mentirles? —repitió, y sus ojos oscuros se profundizaron tanto que sentí que todo mi ser temblaba bajo su escrutinio—. Isabella, yo jamás he mentido con respecto a lo que siento en esta habitación. Yo estoy verdaderamente interesado en ti.
Miré sus ojos sin parpadear. En su mirada descubrí una seguridad tan aplastante y honesta que me asustó; sin embargo, en lo más profundo de mi mente, hay una pequeña y persistente voz de alarma que me advierte que no debo volver a confiar en él tan fácilmente. A pesar de esa barrera defensiva, me resultó terriblemente difícil no derretirme ante la calidez de su cercanía. Justo cuando abrí la boca, a punto de articular una respuesta que pusiera distancia, la puerta principal del despacho se abrió de golpe.
Me sobresalté un poco debido a la adrenalina del momento. «Tienes que controlarte de inmediato, Isabella», me reprendí internamente, obligándome a respirar hondo. «No puedes volver a caer otra vez como una tonta del instituto». Cuando logré recuperar la compostura absoluta, giré la cabeza hacia el umbral. Era Nicolás, quien avanzaba con una sonrisa amable, trayendo a la pequeña Fernanda tomada de la mano.
—¡Hija! Qué bueno que ya llegaste —anunció Adam, alejándose de mí de inmediato para acortar el espacio hacia su pequeña, agachándose para cargarla en vilo con una facilidad que demostraba la costumbre.
—¿Pasa algo malo, papá? ¿Por qué me querías ver aquí con tanta urgencia? —preguntó la niña, rodeando el cuello de su padre con sus pequeños brazos.
Adam solo le dedicó una sonrisa llena de ternura y la transportó en vilo hasta el sofá principal, sentándola con cuidado sobre sus rodillas. Desde mi posición, le hice una seña discreta a Nicolás con la mano, agradeciéndole el favor e indicándole que ya podía dejarnos solos. Él captó mi indicación al instante, asintió con la cabeza y se retiró del despacho cerrando la puerta tras de sí. Cuando nos quedamos a solas los tres, preferí mantenerme de pie a unos metros de distancia, cruzada de brazos, observando la dinámica familiar hasta que considerara que era el momento adecuado para intervenir.
—Hija... ¿te acuerdas de aquella vez cuando te comenté si estarías de acuerdo en que yo pudiera encontrar a alguien a quien amar en el futuro? —comenzó Adam, hablando con una naturalidad y una madurez que me sorprendieron profundamente; siempre me ha impresionado cómo maneja temas tan delicados con su hija. De verdad, cuando él está en su rol de padre, se transforma en una persona completamente diferente, desprovista de cualquier rastro de soberbia corporativa.
—Sí, claro que me acuerdo, papá —respondió Fernanda, asintiendo con total seriedad—. Y yo te dije muy claramente que mientras tú fueras feliz, por mí estaba bien... pero con la única condición de que fuera una mujer muchísimo mejor que Jehosely.
El comentario de la niña, soltado con esa honestidad brutal y sin filtros típica de la infancia, me hizo dejar escapar una pequeña risa suelta. Me tapé la boca de inmediato con la mano para no romper la solemnidad de ese momento íntimo entre padre e hija, pero lamentablemente mi esfuerzo fue inútil: ambos se giraron al unísono para clavar sus miradas en mí.
—A ver, Fernanda... ¿tú crees que Isabella es mejor persona que Jehosely? —inquirió Adam, una chispa de diversión brillando en sus ojos oscuros.
Mi risa desapareció en el acto y tragué grueso, sintiendo que la garganta se me secaba. Fernanda se me quedó mirando fijamente, recorriéndome con la mirada de pies a cabeza en un escrutinio minucioso. Mis nervios aumentaron considerablemente; me sentí sumamente extraña e incómoda al ser evaluada y escaneada de esa manera por una niña de menos de diez años de edad. Tras unos eternos segundos de suspenso, la pequeña relajó las facciones y me dedicó una sonrisa enorme, desbordante de felicidad.
Editado: 10.07.2026