PERSPECTIVA DE ADAM
Pasamos la tarde entera sumergidos en una extenuante sesión de trabajo con Édgar y el resto del equipo legal. Debido a la complejidad de las cláusulas, me resultó absolutamente imposible cruzar una sola palabra con Isabella en todo ese tiempo; sin embargo, en nuestro mundo, las responsabilidades corporativas siempre marchan en la primera línea. En cuanto logramos dar por concluida la jornada y firmar las actas pendientes, salí a toda prisa del salón de conferencias, logrando interceptarla en el pasillo justo unos metros antes de que cruzara el umbral de su oficina privada.
—Isabella, espera un segundo —le pedí, acortando la distancia. Ella se detuvo en el acto y se giró para mirarme con una ceja alzada, cargada de duda—. Emilie te comentó temprano que mi abuela insiste en vernos con urgencia, ¿verdad?
—Sí, me lo mencionó —asintió, acomodándose los papeles que llevaba entre los brazos.
—Bien... Estaba pensando que lo mejor es que vayamos hoy mismo a su casa —propuse, pero ella de inmediato negó con la cabeza de forma tajante.
—Lo siento mucho, Adam, pero hoy es imposible. Estoy sumamente ocupada con los cierres de cuentas y tengo pendientes que no puedo postergar —respondió, amagando con dar la vuelta para marcharse, pero la tomé suavemente del antebrazo para retenerla.
—Escúchame bien, Isabella: si no nos presentamos hoy los tres juntos en su residencia, te aseguro que ella misma va a tomar un auto y se va a aparecer aquí en la firma mañana por la mañana —le advertí con total seriedad. Ella me clavó una mirada de absoluto horror al procesar la idea—. Y tú conoces perfectamente el carácter de mi abuela; sabes el escándalo que es capaz de armar en mitad de la recepción si no se cumplen sus caprichos.
Isabella soltó un largo y cansado suspiro de resignación, dejando caer los hombros.
—Está bien... Déjame entrar a buscar mis pertenencias personales para poder marcharnos de una buena vez —cedió. Una sonrisa de completa satisfacción se dibujó en mi rostro al ver que mi estrategia había funcionado.
Mientras ella se encargaba de organizar su escritorio, aproveché esos minutos para ir directo a mi despacho y recoger mis propias cosas. Cuando estuve listo y salí al pasillo principal, me la encontré ya armada con su bolso, esperándome junto al ascensor con una postura impecable.
—¿Dónde está Fernanda? —preguntó en cuanto las puertas metálicas se abrieron frente a nosotros.
—Ella nos está esperando abajo en el estacionamiento, se quedó en el vehículo bajo el cuidado y la supervisión de Luz —le colé la información. Ella se limitó a asentir con la cabeza en silencio mientras iniciábamos el descenso en la cabina.
Una vez que el elevador llegó al sótano, nos dirigimos a paso rápido hacia la zona de los vehículos ejecutivos. Apenas Fernanda divisó nuestra silueta a la distancia, abrió la puerta del coche y salió corriendo a toda velocidad hacia donde estábamos. Me agaché a mitad de camino para recibirla con los brazos abiertos, cargándola en vilo contra mi pecho con una enorme sonrisa. Me acerqué al auto para despedirme formalmente de Luz, agradeciéndole el apoyo, y acomodé a mi pequeña en el asiento trasero asegurando su cinturón. Isabella, por su parte, prefirió caminar hacia su propio vehículo para seguirme en la ruta. Con todo en orden, encendí el motor y salimos formalmente de las instalaciones de la oficina.
Conduje de manera pausada durante unos treinta minutos aproximadamente, sorteando el tráfico interurbano, hasta que finalmente llegamos a la residencia de mis abuelos. Es una propiedad de arquitectura sencilla pero hermosa, rodeada por un extenso y paradisíaco jardín trasero repleto de flores. Hace muchos años, cuando las finanzas familiares eran colectivas, solíamos vivir todos apiñados en una enorme propiedad común; sin embargo, ahora que la gran mayoría de mis primos y tíos están formalmente casados o tienen sus propios hijos, cada núcleo aprendió a construir su propio espacio independiente. Por esa misma razón, mis abuelos tomaron la sabia decisión de vender la antigua casa donde todos crecimos y adquirir esta vivienda diseñada exclusivamente para las necesidades de ellos dos, una elección que siempre me pareció una excelente idea para su tranquilidad.
Al cruzar el portón principal, estacionamos los autos y fuimos recibidos de inmediato con una gran cortesía por el personal de servicio de la casa, quienes nos guiaron con amabilidad directamente hacia el jardín posterior. Mientras recorríamos los pasillos internos, noté de reojo cómo Isabella paseaba la mirada por cada rincón del lugar, sus ojos abiertos de par en par reflejando un asombro genuino y espontáneo. Su expresión me causó una profunda gracia, pero al mismo tiempo despertó en mi pecho una oleada de nostalgia sumamente familiar.
—¿De qué demonios te estás riendo tanto, Adam Scott? —inquirió de repente, girando el rostro hacia mí al notar mi diversión.
—Estoy recordando, con lujos de detalles, la primera vez que fuiste de visita a nuestra antigua casa familiar cuando éramos apenas unos adolescentes —le confesé con alegría.
Isabella me miró con una total sorpresa y un leve pero evidente color rojo comenzó a teñir sus mejillas por la vergüenza del recuerdo. De inmediato me dio la espalda, acelerando el paso por el sendero de piedra.
—Por el amor de Dios, Adam... En esa época yo era tan solo una niña ingenua; hazme el favor de olvidar eso de una buena vez, que sucedió hace miles de años —protestó con voz queda.
Apresuré el andar hasta ponerme a su altura y, sin pedirle permiso, extendí mi mano derecha para entrelazar mis dedos con los suyos, sosteniendo su mano con firmeza pero con una suavidad inmensa.
—Puede que haya pasado el tiempo, Isabella... pero la realidad es que sigues siendo exactamente igual de adorable cuando te enojas —le solté, obligándola a detenerse un segundo. Nuestras miradas se cruzaron en mitad del jardín en una tensión silenciosa, y no pude evitar dedicarle una sonrisa sincera.
Editado: 10.07.2026