PERSPECTIVA DE ISABELLA
Dios, creo que en toda mi existencia jamás me había sentido tan sumamente descolocada y nerviosa como en este preciso instante. Todavía no soy capaz de procesar que haya pronunciado semejante confesión con tanta ligereza, y para colmo, justo enfrente de la mirada atenta e inocente de Fernanda. Sin embargo, una parte de mí intenta justificarse: me vi obligada a articular algo contundente; no podíamos permitir que nuestra coartada se cayera a pedazos antes de tiempo por un desliz de timidez. «Isabella, reacciona y mantén los pies sobre la tierra», me repetí internamente en un intento desesperado por recuperar la compostura. «Tienes que recordar perfectamente que esto no es una historia de amor real; se trata única y exclusivamente de un matrimonio por contrato corporativo».
Me sumergí tanto en el laberinto de mis propias reflexiones que perdí por completo la noción del tiempo y del espacio, a tal punto que ni siquiera me percaté del momento exacto en el que el vehículo se detuvo. Al levantar la vista, me di cuenta de que ya habíamos llegado a la residencia de los abuelos de Adam. Al igual que el día anterior, el personal de servicio nos recibió en el portón principal con una cortesía impecable, pero esta vez noté un detalle inusual: por alguna extraña razón, todos vestían uniformes de gala sumamente arreglados y formales. Uno de los mayordomos nos guió con solemnidad a través de los pasillos de la casa principal hasta llegar al patio trasero. En cuanto di el primer paso hacia el exterior, me quedé completamente paralizada, con el aire atorado en los pulmones por la impresionante escena que se desplegó ante mis ojos.
Todo el jardín trasero se encontraba transformado por completo. El césped estaba repleto de arreglos florales majestuosos, hileras de mesas redondas vestidas con mantelería fina, sillas decoradas con listones de seda y un sinfín de ornamentos elegantes que daban al lugar un aspecto sacado de un cuento de hadas.
—¡Ay, pero por fin se dignan a llegar los homenajeados! —exclamó la abuela Victoria, aproximándose hacia nosotros a paso presuroso mientras lucía un vestido de gala espectacular, digno de una gran celebración familiar—. ¡Pero qué maravilla! Sabía perfectamente en mi interior que ese anillo te iba a quedar a la medida y que luciría espectacular en tu mano, mi niña —añadió con gran alegría, tomándome de los dedos para admirar la joya.
—Abuela... ¿Se puede saber qué significa exactamente todo esto? —intervino Adam, recorriendo el lugar con una mezcla de desconcierto y sospecha en el rostro.
La respuesta de la anciana no se hizo esperar: le propinó un golpe certero en la nuca a su nieto con el abanico que llevaba en la mano.
—¿Pero qué otra cosa va a ser, niño despistado y cabeza hueca? ¡Es su boda! —sentenció con total naturalidad.
En ese instante, abrí los ojos de par en par, perdiendo por completo el habla, experimentando exactamente el mismo impacto que dejó a Adam con la mente en blanco.
—¿Bo... bo... boda? ¿Dijiste boda, abuela? —tartamudeé, con la boca abierta, completamente desarmada y sin la menor idea de cómo reaccionar ante semejante emboscada familiar.
—¡Pues claro que sí, mi niña linda! —respondió ella, cruzándose de brazos con una postura de absoluta determinación—. Bajo ninguna circunstancia podíamos sentarnos a esperar que este muchacho se decidiera a actuar por cuenta propia. Al paso que va, mi pequeña Fernanda se nos va a casar primero que él —soltó con un deje de ironía. A pesar de los nervios que me carcomían, ese comentario tan típico de su carácter me provocó una pequeña risa nerviosa—. Ahora dejen de perder el tiempo haciendo preguntas tontas y vayan directo a cambiarse; los invitados de honor comenzarán a cruzar el portón muy pronto.
La matriarca de los Scott no nos otorgó el más mínimo margen para refutar o emitir alguna queja. Con una autoridad implacable, nos guió a Adam, a Fernanda y a mí hacia habitaciones separadas en el ala de huéspedes de la propiedad. Al entrar al dormitorio que me habían asignado, me topé de frente con un espectacular vestido blanco dispuesto sobre la cama principal. Tenía un diseño entallado a la perfección en la zona de la cintura con un sofisticado corte de sirena, un escote delicado sostenido por tiras finas y se encontraba completamente recubierto por un intrincado bordado de pedrería fina que brillaba con luz propia. Era una pieza de alta costura sencillamente hermosa, la viva imagen del vestido de novia con el que alguna vez, en mis años más ilusos, imaginé caminar hacia el altar. Un dolor punzante se instaló en mitad de mi pecho al ser consciente de que toda esta maravillosa puesta en escena estaba cobrando vida sobre los cimientos de una gigantesca farsa.
Obligándome a dejar a un lado las divagaciones sentimentales, procedí a colocarme la prenda con cuidado. Escasos minutos después, un equipo de estilistas contratado por la abuela ingresó a la habitación con la misión de ayudarme a ultimar los detalles: se encargaron del maquillaje, esculpieron un peinado elegante en mi cabello y finalmente fijaron el largo velo de novia sobre mi cabeza. Una vez que terminaron con su labor y se retiraron a un lado, me planté frente al espejo de cuerpo entero. Me quedé estupefacta ante el reflejo; la mujer que me miraba desde el cristal, envuelta en tanta sofisticación y belleza nupcial, parecía una completa desconocida. No parecía yo en lo absoluto.
—¡Isabella! —una voz dulce y emocionada interrumpió mi trance.
Me giré hacia la puerta y me encontré con Fernanda, quien entró corriendo a la habitación con los brazos abiertos directo hacia mí.
—¡Guao! Te ves verdaderamente hermosa, como una reina de cuentos —exclamó con los ojos brillando de una genuina adoración infantil. Yo no pude evitar esbozar una sonrisa cargada de ternura.
—Muchísimas gracias, mi pequeña princesa... Tú también lucis espectacular esta tarde —le respondí, detallando su atuendo. Tenía puesto un vestido blanco de corte semilargo, acompañado de medias tupidas y zapatos de charol negro; la parte superior de la prenda estaba adornada con delicados sutiles y su cabello suelto caía adornado por unas delicadas trenzas decoradas con pequeñas flores silvestres.
Editado: 10.07.2026