PERSPECTIVA DEL NARRADOR
Mientras que Adam e Isabella intentaban descifrar los nuevos matices de su relación durante su luna de miel en las paradisíacas tierras de Hawái, el clima en las oficinas corporativas de San Francisco era radicalmente distinto. En la sala de juntas principal, ajenos al idilio tropical, Nicolás, Luz y el señor Édgar mantenían una reunión ejecutiva de rutina para revisar los reportes trimestrales de la firma. Sin embargo, la tranquilidad de la sesión se vio interrumpida de golpe por una presencia que, para ser sinceros, muchos en el edificio ya esperaban que apareciera tarde o bien temprano.
—¡¿DÓNDE ESTÁN?! —el grito, agudo y cargado de una histeria mal contenida, retumbó con fuerza desde el umbral del pasillo, haciendo que los tres ejecutivos voltearan a ver de inmediato a la mujer que acababa de irrumpir de esa manera tan deplorable—. ¡¿DÓNDE ESTÁN ESOS MALDITOS?! —bramó Jehosely Rivas, con las facciones desfiguradas por un arranque de ira incontrolable.
El señor Édgar, sin perder la compostura que lo caracterizaba, se limitó a cruzarse de brazos sobre la mesa, mirándola con una profunda desaprobación y molestia evidente.
—¡¿DÓNDE CARAJOS ESTÁ ADAM?! —exigió saber ella, plantándose en mitad de la sala.
—Señorita Jehosely, por favor le exijo que baje el tono de su voz, guarde las formas y se calme de inmediato —intervino Édgar, empleando un tono gélido y autoritario que, lejos de aplacarla, pareció avivar las llamas de su rabieta.
—¡Yo hablo como a mí me de la regalada gana! —le espetó ella, señalándolo con el dedo de forma altanera—. ¡Ahora mismo les exijo que me digan exactamente dónde se metió Adam! Tengo todo el derecho legal del mundo a saberlo, ¡soy su esposa!
Semejante declaración, descarada y fuera de toda realidad, terminó por colmar la paciencia de Luz, quien despegó la espalda de su asiento y se cruzó de brazos, exhibiendo una sonrisa cargada de un orgullo sumamente provocador.
—Te recuerdo, por si tu selectiva memoria ya lo olvidó, que ustedes dos ya firmaron el divorcio de mutuo acuerdo y están legalmente separados —soltó Luz con ironía, disfrutando cada palabra—. Además, por si no te has enterado del chisme del año... Adam acaba de casarse en una ceremonia preciosa con Isabella.
De inmediato, Jehosely clavó una mirada rebosante de un odio puro y visceral sobre Luz.
—Es más... —continuó Luz, decidida a picarle el orgullo de la peor manera—, conociendo lo mucho que se quieren, no me extrañaría en lo absoluto que en este preciso instante estén teniendo sexo salvaje, disfrutando al máximo de su luna de miel.
Fue tal el impacto de la rabia y la humillación en el pecho de Jehosely que, perdiendo los últimos estribos de cordura, estiró la mano hacia una de las repisas laterales y tomó un pesado jarrón de porcelana ornamental para lanzárselo con violencia directo al rostro de Luz. Sin embargo, el objeto no llegó a impactar su objetivo original: Nicolás, reaccionando con la velocidad de un felino, se interpuso en la trayectoria, recibiendo el brutal impacto del jarrón de lleno en mitad de su espalda para evitar que su compañera resultara lastimada. El adorno se estrelló contra su cuerpo y luego cayó al suelo, reduciéndose a un millar de fragmentos ruidosos.
—¡Nicolás! Por Dios, ¿estás bien? —exclamó Luz, levantándose de golpe con el rostro pálido por el susto.
Nicolás, a pesar del dolor punzante que le recorría la columna, soltó una pequeña risa ahogada al ver la expresión de genuino pánico de su amiga.
—Tonta... Solo fue un golpe en los músculos, no es nada grave —le restó importancia con un quejido, alejándose un par de pasos para encarar con severidad a la agresora—. Por cierto, Jehosely... ¿Tenías idea de que ese jarrón que acabas de hacer pedazos era, por mucho, la pieza de arte favorita de Adam? Está valuado en el mercado internacional por un costo de más de treinta millones de dólares.
En un abrir y cerrar de ojos, las facciones de Jehosely se transformaron por completo: la ira desapareció de su rostro, siendo sustituida por una palidez cadavérica y un pánico absoluto ante la perspectiva de una demanda multimillonaria.
—Pero... Si te largas de este edificio inmediatamente, en este mismo segundo y sin armar un solo escándalo más en los pasillos, puedo considerar la opción de hablar con Adam para abogar por ti y salvarte de la ruina legal —le propuso Nicolás con un tono falsamente compasivo.
Jehosely apretó los dientes, consumida por la frustración; sin embargo, consciente de que no tenía las de ganar, dio la media vuelta y se retiró de la sala a paso presuroso, sin emitir un solo ruido.
—Nicolás... —el señor Édgar rompió el silencio, mirándolo con una mezcla de diversión y sarcasmo una vez que la mujer estuvo lo suficientemente lejos.
—Dígame, señor Édgar.
—Ese jarrón que estaba ahí... ¿No era acaso el mismo cacharro horrible que Adam detestaba con el alma por lo feo que se veía, y que si la memoria no me falla, compramos en una tienda de rebajas por escasos cinco dólares?
Nicolás miró a Édgar, conteniendo a duras penas una carcajada que amenazaba con estallarle en el pecho.
—Bueno... Tal vez... ¿Quieres que vaya detrás de ella y se lo aclare? —bromeó el joven.
En ese instante, los tres dirigieron la mirada hacia el indicador del ascensor al final del pasillo. Las puertas metálicas se estaban cerrando lentamente, dejando ver por última vez el rostro de Jehosely, quien los observaba desde el cubo con una expresión de puro odio prometeico al percatarse de que se habían burlado de ella.
—Creo que, por el bien de todos, me callaré la boca por esta vez —concluyó Nicolás con una sonrisa traviesa.
El señor Édgar metió las manos en los bolsillos de su pantalón de vestir y se retiró de la sala de juntas con una mueca de viva satisfacción impresa en las facciones.
Mientras el personal retomaba sus actividades habituales en los distintos departamentos de la firma, Nicolás sintió la vibración de su teléfono móvil en el bolsillo. Al revisarlo, descubrió un mensaje de texto de su investigador privado de cabecera, solicitando una reunión presencial con carácter de urgencia. Nicolás se acercó a Luz y le pidió de favor que estuviera sumamente pendiente de cualquier eventualidad o llamada de emergencia que pudiera surgir en la oficina durante su ausencia. Ella asintió, dándole su palabra de que mantendría todo bajo control, lo que le permitió a Nicolás abandonar las instalaciones del complejo corporativo a paso veloz.
Editado: 10.07.2026