Eternamente Enamorada

CAPÍTULO 21: EL PRECIO DE LAS MÁSCARAS

PERSPECTIVA DE NICOLÁS

Sabía perfectamente que Isabella guardaba un gran secreto, un muro invisible que la distanciaba del resto del mundo, pero jamás me habría esperado algo de una magnitud tan colosal. Esto supera por completo cualquier expectativa o teoría absurda que me hubiera formulado en la cabeza. Sin embargo, ahora que la verdad está al descubierto, la sensación de claridad es nula; al contrario, tengo muchísimas más dudas desgarradoras que respuestas.

—¿En qué estás pensando tanto? —la voz de Luz interrumpió el hilo de mis pensamientos.

Fijo la mirada en ella. Se encuentra sentada justo al frente de mí, apoyada sobre el borde de mi escritorio de madera. Emilia, después de soltar aquella bomba y dejarnos claro que debíamos esperar el regreso de Isabella para profundizar en los detalles, se retiró de la estancia a paso rápido, dejándonos en un completo y denso silencio.

—¿Cuándo pasó todo esto, Luz? ¿Quién carajos es el padre de esa criatura? ¿Cuál es el empeño tan desesperado de Isabella en mantener este dolor en el más absoluto secreto? —suelto un suspiro cargado de una frustración que me quema el pecho—. Y lo peor de todo... ¿Cómo se lo voy a decir a Adam?

Al parecer, a Luz no le hace ninguna gracia esa última idea. Sus facciones se tensan de inmediato.

—Nicolás, no. Bajo ninguna circunstancia le puedes decir una sola palabra a Adam sobre esto —sentencia con un tono tajante.

—¿Por qué no? —le reclamo, enderezándome en mi silla—. Él es su esposo, es su amigo. ¡Merece saber la verdad de lo que ocurrió!

—Nicolás, piensa por un segundo con la cabeza fría —me rebate ella, inclinándose hacia mí—. Adam jamás se ha perdonado a sí mismo por el daño que le causó a Isabella en el pasado. Su culpa lo carcome a diario. ¿Cómo crees que va a reaccionar cuando se entere de que el único hijo que Isabella pudo haber tenido en la vida fue brutalmente asesinado por Jehosely en un accidente? Se va a volver completamente loco, Nicolás. No podrá soportar el peso de esa culpa indirecta.

Suelto un suspiro de puro cansancio, sintiendo el peso del mundo sobre mis hombros, y me paso las manos por toda la cara en un intento de borrar la tensión.

—Y esto es solo la punta del iceberg... —murmuro con la voz apagada—. ¿Qué más cosas turbias descubriremos a partir de ahora?

Luz, con un gesto suave pero firme, me quita las manos del rostro y las toma entre las suyas, obligándome a mirarla.

—Lo que sea que venga, Nicolás. Lo que sea que descubramos, lo usaremos juntos para proteger y ayudar tanto a Isabella como a Adam —asegura.

Una ligera sonrisa se dibuja en mis labios ante su lealtad incondicional, y me limito a asentir. En ese instante, la mirada de Luz se conecta de una manera extrañamente profunda con la mía; me pierdo por unos segundos en la inmensidad de sus ojos negros, tan oscuros pero a la vez tan brillantes y expresivos. Siento un vuelco de fuerza en el estómago y mi corazón empieza a latir con una fuerza inusual, desbocado. Asustado por la intensidad de lo que estoy experimentando, aparto rápidamente esos pensamientos intrusivos junto con esos peligrosos sentimientos que no tienen cabida aquí, y suelto las manos de Luz con brusquedad, rompiendo el momento.

—Lo... lo descubriremos todo cuando Isa regrese de Hawái —declaro, carraspeando para recuperar la postura. Ella me observa con una evidente duda reflejada en el rostro, desconcertada por mi repentino cambio de actitud y la frialdad de mis movimientos—. Por ahora, tengo una reunión importante que atender fuera del edificio.

Me levanto de la silla y Luz emula mi movimiento, pero antes de que encamine sus pasos hacia la salida, la detengo con un gesto de la mano.

—Luz, olvida lo de más tarde. Me surgió una cita imprevista para cenar, así que no podré acompañarte esta noche —le miento descaradamente.

Ella no parece sorprenderse en lo absoluto por mi excusa; su rostro vuelve a ser esa máscara neutral de siempre. Se limita a asentir con la cabeza en silencio y da la media vuelta para regresar a su propio escritorio en el área común.

Apenas me quedé completamente solo en la inmensidad de mi oficina, solté un prolongado y sonoro suspiro de alivio. Me acerqué a paso lento al escritorio, tomé mi teléfono móvil y busqué en la agenda un contacto específico para redactar un mensaje de texto.

Mensaje para: Rubia Estas libre esta noche

La respuesta no tardó ni dos minutos en parpadear en la pantalla.

De: Rubia Para ti siempre querido

Mensaje para: Rubia Nos vemos en el hotel a las 7pm habitacion 323

De: Rubia ¿Quieres que lleve algo?

Mensaje para: Rubia Una cuerda, aceite de coco y chocolate yo llevare lo demas

De: Rubia Te espero con ansias bebe

Fin de los mensajes.

Después de coordinar telefónicamente los detalles de la habitación del hotel que usaría con la rubia —una chica de la cual, para ser completamente honesto, ni lo intentaba y ni siquiera recordaba el nombre—, pasé el resto de la tarde trabajando para mantener la mente ocupada. Cerca de las ocho de la noche, finalmente abandoné las instalaciones de la oficina para dirigirme de forma directa al hotel. En cuanto abrí la puerta de la habitación, me percaté de que ella ya se encontraba esperándome allí.

—Justo a tiempo bebe... —me recibió con un gran beso, enredando sus brazos alrededor de mi cuello—. Me has tenido todo el dia esperando por esto.

La separé de mi cuerpo con suavidad pero con firmeza, necesitando espacio para terminar de entrar a la habitación y cerrar la puerta a mis espaldas.

—¿Trajiste lo que te pedi? —inquirí, aflojando el nudo de mi corbata.

Ella asintió con una gran sonrisa.

—¿Recuerdas las reglas? —añadí, procediendo a desabotonarme los 2 primeros botones de mi camisa formal justo enfrente de ella, manteniendo una mirada dominante.




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