PERSPECTIVA DE ISABELLA
El pasado
Nunca he creído en esa absurda jerarquía escolar donde los populares reciben toda la gloria, los aplausos y la atención, mientras tratan a los demás como si fueran auténtica basura. Los odio con todo mi ser. Y esa es, precisamente, la clase de persona que es Jehosely Rivas: una mujer frívola, superficial y diabólica. Ella es el mismísimo diablo en persona. Durante mi época de estudiante, fui testigo incontables veces de sus constantes abusos de poder y de las humillaciones que les infligía a los demás, escudándose siempre en el hecho de ser la hija de uno de los multimillonarios más grandes de todo el país.
Además de su crueldad, era la persona más promiscua que he conocido jamás; lo único que le importaba en la vida era el sexo, el dinero y el poder. Por esa exacta razón, cuando en su momento quisieron que me "uniera a ellas" y formara parte de su selecto grupo de arpías, les dije firmemente que no. Prefería mil veces ser una rechazada social antes que rebajarme a estar con gente como ellas. Claro que el tiro les salió por la culata. Al rechazar abiertamente a las populares, me convertí, sin buscarlo, en la reina de los marginados, mientras Jehosely seguía creyéndose la reina de los ricachones. A mí jamás me importó que me llamaran de ese modo y, a lo largo de todos mis estudios, puse todo mi empeño en evitarlos a ella y a su séquito.
Sin embargo, mantener la distancia resultó una tarea imposible. Verán, además de rechazar la oferta de Jehosely, me convertí de inmediato en la defensora de todos aquellos estudiantes vulnerables a los que ella humillaba a diario. Pero en este punto muchos se estarán preguntando: ¿por qué una tipa tan poderosa y vengativa como ella jamás me hizo nada en ese entonces? Bueno, la respuesta es muy simple: yo era la mejor amiga y, prácticamente, la hermana de vida de Adam Scott, el chico más popular, respetado y rico de todo el instituto. Yo era la protegida oficial de la familia Scott, de modo que nadie en todo el campus se atrevía a tocarme. O, al menos, eso era lo que yo ingenuamente creía en aquel tiempo.
—Quiero que dejes en paz a Adam de una buena vez —le exigí un día a Jehosely, plantándole cara en un pasillo solitario.
Jehosely me miró de arriba abajo con una mueca cargada de desprecio.
—¿Y se puede saber qué te hace pensar que voy a hacer semejante estupidez? —replicó ella de forma altanera.
En respuesta, saqué mi teléfono del bolsillo y reproduje un video muy específico, mostrándole una grabación nítida de ella teniendo relaciones sexuales con el profesor de biología en su propia oficina de la facultad. Al ver la pantalla, sus facciones se tensaron, dejándola totalmente sorprendida y desencajada por unos segundos.
—No quieres que Adam vea esto, ¿verdad? —le solté con veneno en la voz—. Tal vez él sea lo suficientemente ingenuo como para creerse todas y cada una de tus patéticas mentiras, pero yo no me trago tu papel de santa.
Jehosely me clavó una mirada rebosante de un odio puro y visceral, pero de un momento a otro, forzó una carcajada estridente y despectiva.
—Adelante, muéstraselo si tantas ganas tienes —se mofó, dando un paso intimidante hacia mí—. De todos modos, nadie en este lugar le va a creer una sola palabra a una huérfana muerta de hambre como tú.
Su mirada se volvió sumamente afilada y mi corazón empezó a latir con una fuerza descomunal en mitad del pecho, presa del pánico. Se suponía que ese era mi secreto mejor guardado, que absolutamente nadie en el instituto debía saberlo. ¿Cómo demonios se había enterado ella de eso?
—Sí, querida, sé perfectamente tu amado secreto —siseó con una sonrisa macabra al ver mi debilidad—. Dime algo... ¿Cómo crees que se tome la gente del pueblo y la prensa cuando se enteren de que la poderosa e intachable familia Scott tiene metida en su casa a una miserable huérfana que mató a sus propios padres? Qué terrible humillación para ellos, ¿no lo crees?
Apreté los puños con tanta fuerza que las uñas se me clavaron en las palmas, mientras las severas palabras del señor Antonio Scott resonaban con eco en mi mente: «Jamás, bajo ninguna circunstancia, debes permitir que la gente sepa que eres huérfana». El pánico me paralizó las cuerdas vocales.
—Claro que... yo puedo callarme este secreto para siempre, si tú te comprometes a dejar de fastidiarme la vida y te metes en tus propios asuntos —me propuso Jehosely, saboreando su victoria—. Secreto por secreto. No sé tú, pero a mí me parece una oferta sencillamente irresistible, querida.
Gruñí por lo bajo, tragándome el orgullo y la rabia contenida, y decidí darme la vuelta para marcharme de ahí a paso rápido. «Esta me la vas a pagar, maldita víbora», juré para mis adentros.
Desde ese fatídico día, Jehosely cumplió su palabra al pie de la letra: no abrió la boca con nadie sobre el hecho de que yo era adoptada, y yo, por mi parte, me vi obligada a hacerme la de la vista gorda ante cada uno de sus crueles actos de abuso en los pasillos. Por supuesto, el odio y el resentimiento de la gente marginada no tardaron en llover sobre mí al ver que ya no los defendía, pero no tenía otra opción; no podía exponer a la luz pública a la maravillosa familia que con tanto amor me había acogido y protegido de la desgracia.
A pesar de todo el caos interno, yo seguía saliendo y compartiendo tiempo con Adam y su grupo de amigos. Sabía que, aunque Jehosely intentara destruirme psicológicamente, ella no tenía el poder real para alejarme del lado de Adam, y yo estaba dispuesta a hacer lo que fuera necesario con tal de protegerlo de sus garras. Sin embargo, el panorama cambió drásticamente cuando ellos dos comenzaron a salir de manera oficial como novios; a partir de ese momento, me empecé a sentir más sola y desplazada que nunca en la vida.
Un tiempo después, la vida puso en mi camino a Emilie y las cosas finalmente empezaron a cambiar para mejor. Con su amistad, todo parecía marchar sobre ruedas. Incluso el hecho de que Adam me cancelara los planes de manera constante para salir corriendo con Jehosely dejó de dolerme tanto gracias a la compañía de mi nueva amiga. A pesar de la distancia, yo siempre me mantenía al pendiente de su bienestar, cuidándole las espaldas desde las sombras. Poco a poco, las cosas empezaban a tornarse normales y estables en mi rutina, hasta que llegó la noche de aquella fatídica fiesta de estudiantes.
Editado: 10.07.2026