PERSPECTIVA DE ISABELLA
El pasado
Ese mismo día, con el corazón latiéndome con fuerza en la garganta y una mezcla de pánico y determinación recorriéndome las venas, me subí a mi automóvil y me dirigí a la imponente mansión de la familia Scott. Necesitaba desesperadamente hablar con Adam, mirarlo a los ojos y confesarle de una vez por todas que el hijo que crecía en mi vientre era suyo. Sin embargo, la suerte nunca ha estado de mi lado. Al llegar, una de las empleadas me informó que, aprovechando las vacaciones de verano, Adam se había ido de viaje con la familia de Jehosely a un retiro espiritual en una zona completamente aislada. Para colmo de males, se habían marchado dejando los teléfonos celulares para desconectarse por completo. Genial. Sencillamente genial. Las circunstancias no podían ponerse mejor para mí.
Durante los siguientes dos meses, me vi obligada a guardar el secreto un poco más de tiempo. Comencé de inmediato con los tratamientos médicos, las vitaminas y cada uno de los cuidados rigurosos para mi bebé. Eran atenciones que, por pura ignorancia y negligencia, no había tenido durante los primeros meses de gestación, pero el doctor me había asegurado que todavía estaba muy a tiempo de regularizar todo. Esperaba con toda el alma que mi pequeño o pequeña saliera completamente sano. Junto a Emilie, había tomado la firme decisión de esperar hasta el momento del nacimiento para conocer el sexo del bebé; prefería que fuera una sorpresa. Asimismo, empecé a trabajar el doble y a ahorrar cada centavo que caía en mis manos. No tenía la menor idea de cómo reaccionaría la poderosa familia Scott cuando se enteraran de que estaba esperando un hijo del heredero de su dinastía. Sabía que me tenían aprecio, pero el futuro con gente de esa alcurnia siempre era incierto. Me juré a mí misma que si se atrevían a presionarme para abortar o para regalar a mi bebé, desaparecería de la faz de la tierra con él para jamás volver. No estaba segura de absolutamente nada en mi vida, pero de lo que sí tenía una certeza inquebrantable era de que, pasara lo que pasara, mi bebé se quedaría conmigo para siempre.
Así transcurrió el tiempo hasta que me encontré en el octavo mes de mi embarazo. A pesar del peso y del cansancio físico, me sentía sumamente feliz y plena; dentro de muy poco tiempo conocería por fin el rostro de mi hijo. Pero toda esa frágil burbuja de paz se reventó en mil pedazos una tarde de agosto, cuando una notificación estridente sonó en la pantalla de mi teléfono móvil.
NOTICIA DE ÚLTIMA HORA El futuro heredero de la multimillonaria familia Scott ha anunciado oficialmente su compromiso matrimonial con la joven Jehosely Rivas. ¿Serán estos los próximos reyes de la alta sociedad?
Al leer aquellas líneas, mis ojos se llenaron instantáneamente de lágrimas ardientes y un sinfín de sentimientos caóticos me invadieron el pecho por completo: un enojo ciego, celos enfermizos, una tristeza devastadora y una rabia que me quemaba la garganta. Sin pensarlo dos veces, sin medir las consecuencias de mis actos, tomé las llaves de mi carro y conduje como una loca de regreso a la propiedad de los Scott. Al llegar, irrumpí en la casa ignorando las llamadas de los sirvientes y busqué por todos los rincones hasta que, finalmente, encontré a Adam solo en la cocina.
—¿Es verdad lo que dice la prensa? ¿Te vas a casar? ¿Y precisamente con Jehosely? —escupí las palabras, entrando a la estancia totalmente enfurecida, pero él se limitó a mirarme en silencio, sin emitir una sola palabra en su defensa—. ¿Es que acaso pensabas decírmelo en algún momento de tu vida, Adam?
—No te molestes en reclamarle nada, querida. Adam solo está haciendo lo que es mejor para el bienestar de nuestro futuro bebé —esa voz fastidiosa y chillona interrumpió la discusión.
Jehosely entró a la cocina contoneándose con superioridad, se acercó a Adam y le plantó un beso posesivo en los labios. Sus palabras cayeron como un puñal envenenado directo en mi corazón.
—¿Qué pasa, Isabella? ¿No nos vas a felicitar? Dentro de muy poco tiempo seré legalmente la señora Scott —añadió con una sonrisa de absoluta victoria.
En ese preciso instante, la poca cordura que me quedaba se evaporó por completo. Solo podía ver de color rojo, cegada por la furia.
—¡ERES UNA BRUJA MALDITA! —grité con todas mis fuerzas, descargando un puñetazo violento sobre la mesa de la cocina, un gesto que sobresaltó a Adam por la agresividad—. ¡Ese maldito bebé que pretendes estar esperando no es de Adam!
—¡Isabella, por Dios! ¿Pero qué te pasa? —chilló Jehosely, comenzando a derramar lágrimas falsas de manera teatral mientras se encogía, buscando la protección de Adam.
Él, como era de esperarse, la rodeó con sus brazos para protegerla de mí, cuando en realidad la historia debió haber sido completamente al revés.
—Por supuesto que ese bebé es mío, Isabella —intervino Adam, mirándome con severidad—. Jehosely y yo hemos estado juntos, hemos tenido sexo.
—¡Contigo, con su chofer y con casi todos los malditos chicos del instituto! ¿Es que eres completamente estúpido y no te das cuenta de la realidad, Adam? —le grité, desesperada por hacerlo reaccionar—. ¡Ella solo te está usando! ¡Ella lo único que busca y quiere es quedarse con tu maldito dinero!
Adam me miró con una expresión totalmente horrorizada y desencajada; sabía perfectamente que para él era sumamente difícil y doloroso asimilar una acusación de ese calibre, pero yo no podía permitir bajo ninguna circunstancia que arruinara su vida casándose con ese monstruo.
—¡Eso es una terrible mentira, mi amor! Yo te amo con toda mi alma, jamás en la vida te sería infiel —sollozó Jehosely, aferrándose aún más al pecho de Adam con fuerza dramática—. Lo que pasa es que ella está completamente obsesionada contigo desde que éramos niños y solo busca inventar calumnias para separarme de tu lado. Sé perfectamente que te crees muchísimo más hermosa y perfecta que yo, Isabella, pero no por eso tienes el derecho de querer quitarle el padre a mi hijo —añadió, mirándome de reojo.
Editado: 10.07.2026