PERSPECTIVA DE ADAM
La intensa luz del sol se cuela sin piedad por las rendijas de la ventana, pegándome directamente en los ojos. Con un quejido sordo, me empiezo a mover lentamente sobre las sábanas para acomodarme mejor en la cama, pero al extender de manera instintiva mi mano derecha buscando el calor del cuerpo de mi esposa, lo único que noto es un vacío helado a mi lado. Abro los ojos de golpe para verificar si me encuentro solo en la habitación y confirmo que así es. Suelto un gran suspiro colmado de frustración y desconcierto; supongo que debí haber esperado una reacción de este tipo por su parte.
Anoche ella estaba sumamente borracha y definitivamente no sabía con claridad lo que hacía. Yo tenía la estricta obligación moral de haberme negado a sus avances, pero en ese momento la felicidad absoluta me invadió por completo y me nubló el juicio. Soy realmente un estúpido. Justo cuando estaba a punto de retirar las cobijas para levantarme de la cama y vestirme, la puerta de la habitación se abrió de par en par, dejándome completamente sorprendido y maravillado por la visión que se presentaba ante mis ojos. Isabella se encontraba allí de pie, usando únicamente una de mis camisas de vestir que le quedaba enorme y con la que intentaba cubrir sutilmente su silueta. Traía entre sus manos una bandeja de madera cargada con un desayuno humeante.
—Buenos días —pronunció con timidez, terminándose de acercar al borde del colchón para colocar la bandeja con cuidado a un costado—. Quise prepararte algo de desayunar.
Mi cerebro todavía no ha caído en cuenta de lo que está sucediendo a mi alrededor; me quedo estupefacto y lo único que logro hacer es pestañear varias veces seguidas, incapaz de articular palabra.
—¿Te encuentras bien, Adam? —me preguntó con genuina preocupación al ver mi parálisis.
En respuesta, me doy una fuerte y sonora cachetada a mí mismo en la mejilla, asustando a Isabella por el repentino arrebato.
—¡Adam! ¿Pero qué rayos te pasa? ¿Te volviste loco? —exclamó.
—No... No estoy soñando... —susurré, mirándola con devoción—. En verdad estás aquí conmigo...
No aguanto más la distancia, extiendo los brazos y me lanzo hacia ella para atraparla por la cintura, atrayéndola hacia el colchón para darle un gran beso lleno de intensidad, ternura y un deseo acumulado por años. Sin dudarlo ni un solo segundo, la envuelvo en mis brazos dispuesto a hacerla mía nuevamente bajo la cálida luz de la mañana.
—Realmente no es un hermoso sueño... —murmuro contra sus labios una vez que nos separamos por falta de aire. Ella deja escapar una risa suave y melodiosa por lo bajo.
—Realmente eres un tonto integral, Adam Scott —me dice con cariño.
La tomo firmemente de la cintura para pegarla más a mi pecho y le deposito un tierno beso en la coronilla de su cabeza.
—Quiero quedarme así contigo para siempre, Isa —confieso, apretándola contra mí mientras siento cómo una enorme e indescriptible felicidad me inunda el alma—. Te quiero, Isabella... Te quiero como no tienes una idea.
Ella no dice nada en respuesta a mi declaración, pero se aferra con fuerza a mi cuerpo desnudo, ocultando su rostro en mi cuello en un elocuente silencio que me llena de esperanzas. Después de todo lo que experimentamos la noche anterior y el simple hecho de tenerla aquí, entregada y a mi lado, todo en mi vida se ha vuelto muchísimo más claro y transparente. Cada día que paso a su lado me convenzo más de que Isabella es la única persona con la que quiero compartir el resto de mis días, y juré que esperaré pacientemente el tiempo que sea necesario hasta que ella se sienta completamente convencida de la pureza de mi amor por ella.
En ese preciso instante de idilio, el teléfono celular de Isabella comenzó a sonar insistentemente sobre la mesa de noche. Ella se estiró sobre mi cuerpo para tomarlo y contestar la llamada.
—Hola... Sí, dime... ¿Qué? ¡¿Cómo?! —las palabras que sea que la otra persona le estaba comunicando del otro lado de la línea bastaron para hacerla levantarse de la cama de un solo brinco, con el rostro visiblemente alterado y un deje de asombro—. Entiendo perfectamente... —añadió, volteando a mirarme con seriedad—. Sí, de acuerdo, vamos de regreso de inmediato.
Suelto un gran y pesado suspiro de decepción. Esas eran justamente las palabras que menos quería escuchar en este viaje.
—Tenemos que regresar a la ciudad ahora mismo, Adam —me comunicó, colgando la llamada mientras yo gruñía por lo bajo entre las almohadas, sin el más mínimo ánimo de moverme de ese oasis. Isabella se acomodó nuevamente a mi lado en la cama y me acarició el brazo—. Mira el lado positivo... Si regresamos ahora mismo, podemos empezar formalmente con la mudanza para establecernos definitivamente en tu casa.
La miré fijamente con los ojos abiertos de par en par, completamente incrédulo ante lo que acababa de proponer.
—¿Lo dices en serio, Isa? —le pregunté con el corazón acelerado. Ella asintió con una hermosa sonrisa.
—Ahora que estamos casados ante la ley, lo mejor y más sensato es que empecemos a vivir juntos bajo el mismo techo. De esa manera, tu pequeña hija podrá adaptarse muchísimo más rápido y fácil a mí y a nuestra nueva dinámica familiar —explicó con dulzura.
Preso de la emoción, me lanzo nuevamente a los brazos de Isabella para llenarle la cara de un sinfín de besos ruidosos, provocando que suelte una carcajada genuina que me ensancha el pecho de orgullo.
—Sabes perfectamente que me estoy enamorando perdidamente de ti, ¿verdad? —le susurré al oído, haciéndola sonreír.
Ella se apartó suavemente los mechones de cabello del rostro y me plantó un tierno beso en los labios antes de incorporarse.
—Empezaré a hacer las maletas ahora mismo —me indicó—. ¿Podrías encargarte tú de apartar los boletos de avión para el primer vuelo disponible?
—Por supuesto que sí, mi amor —asentí con total entusiasmo.
Editado: 10.07.2026