PERSPECTIVA DE ISABELLA
Me encontraba en mi oficina tratando de retomar el ritmo de trabajo, aunque seguía con un nudo en el estómago por el encuentro con Alexander en la cafetería. Por suerte, él es un hombre sumamente astuto y logró manejar la situación cuando Jorge apareció, pero la tensión no terminaba de abandonarme. Estaba sumida en mis pensamientos cuando, de repente, la puerta de mi despacho se abrió de golpe sin previo aviso. El susto fue tan visceral que mi instinto de supervivencia tomó el control: en una fracción de segundo, ya tenía la pistola que guardaba escondida bajo el escritorio apuntando hacia la figura que entraba.
—¡Tranquila, Isabella, soy yo! —exclamó Jorge, alzando las manos en señal de paz, visiblemente impactado por mi reacción.
—¡Dios, Jorge, casi me das un infarto! —bajé el arma, devolviéndola a su escondite con manos temblorosas—. Te he dicho mil veces que no vuelvas a hacer eso.
Él asintió, acercándose a mí con una expresión seria que me puso en alerta.
—¿Qué pasa? ¿Por qué entras de esa manera y con esa cara?
—Tengo noticias importantes, Isabella, y lamentablemente no son buenas.
Miró hacia la puerta, verificando que estuviéramos solos, y luego volvió sus ojos a los míos.
—¿Qué tan segura es tu oficina? —preguntó en un susurro apenas audible.
Lo miré extrañada y me crucé de brazos, intentando mantener la compostura.
—Es cien por ciento segura. ¿Por qué lo dices?
Él rodeó el escritorio para quedar a escasos centímetros de mí. Se pegó tanto que instintivamente me preparé para apartarlo, pero el peso de sus siguientes palabras me dejó paralizada:
—Tenemos un infiltrado.
Apenas escuché su susurro en mi oído, mi mente comenzó a trabajar a toda velocidad. Tomé sus hombros y lo empujé suavemente hacia la pared de cristal de mi oficina, fingiendo un beso en su cuello para ocultar el movimiento de nuestros labios. Por fortuna, Jorge comprendió el juego y se prestó a la farsa.
—¿Sabes quién es? —pregunté, cambiando de posición para que no pareciera sospechoso.
—Luis Pérez. El abogado de mi hermana —respondió él.
Sentí un escalofrío recorrer mi columna. Jorge me levantó y me sentó sobre el escritorio mientras me explicaba que estaban organizando algo grande en mi contra. Le agarré del cabello para atraerlo más hacia mí y poder hablarle con seguridad.
—Mandaré a revisar cada rincón de esta oficina de inmediato —murmuré contra su piel.
Al inclinar la cabeza hacia atrás, mis ojos escanearon el techo y mi sangre se heló: un pequeño punto rojo parpadeaba discretamente. Jorge tenía razón. Le tiré del cabello con fuerza para dirigir su mirada hacia el objetivo. Parecía que iba a decirme algo más, pero el teléfono de la oficina comenzó a sonar, rompiendo el momento. Contesté: era Emilie notificándome sobre la agenda del día.
—¿Quieres que nos veamos esta noche para terminar lo que empezamos? Le daré una excusa a Emilie y tendremos la noche para nosotros —dije, mirando a Jorge con una sonrisa que no llegaba a mis ojos.
—Claro —respondió él, metiéndose las manos en los bolsillos y saliendo de la oficina con una actitud fingida.
En cuanto se fue, solté un suspiro de frustración y saqué mi teléfono para enviar un mensaje urgente a Alexander: "Necesito una limpieza profunda en mi oficina. Parece que las cosas van a tener que adelantarse". Alexander respondió que en dos horas alguien estaría allí. Estaba a punto de guardar el dispositivo cuando recibí un mensaje de un número desconocido: "¿Qué diría tu mejor amiga si supiera que te acuestas con su novio?". Adjunta venía una foto de Jorge y yo, tomada hace apenas unos minutos en mi escritorio mientras fingíamos aquel beso.
Una risa sin gracia escapó de mis labios. Jehosely, no tienes ni idea de lo que te espera. Esperaba que lo que Jorge tuviera que decir fuera realmente vital, porque esto empezaba a retrasar mis planes, pero por ahora, dejaría que ella creyera que me tenía acorralada.
Pasé el resto de la tarde luchando por concentrarme, pero la ansiedad me carcomía. Al llegar la hora, tomé mis cosas y me dirigí al hotel donde me vería con Jorge. Entré en la habitación 243 y lo encontré sentado en el borde de la cama, sosteniendo una copa de champán.
—¿Quieres una? —me ofreció.
Cerré la puerta y negué, aunque mis nervios me traicionaban.
—Créeme, Isabella, lo necesitas —insistió.
Dudé un segundo, pero tomé la copa y me la bebí de un solo trago.
—¿Qué es lo que tanto querías decirme? —pregunté, yendo al grano.
Él soltó un suspiro pesado y me tendió una hoja. Comencé a leer y sentí que el mundo se me venía encima. Mis ojos se abrieron desmesuradamente: si esa declaración se presentaba ante el juez, Adam perdería la custodia de Fernanda.
—Nunca pensé que Jehosely sería capaz de llegar tan lejos... ¿Mentir en la corte para lastimar a Adam? ¿Usar a su propia hija? —balbuceé, incrédula.
—Es porque Fernanda no es su verdadera hija —sentenció Jorge.
El corazón me dio un vuelco.
—¿Qué quieres decir con eso? —pregunté, sintiendo un vacío en el estómago mientras él se levantaba para servirse otra copa.
—Escuché cuando hablaba con Luis: Fernanda no es su hija biológica.
Mis pensamientos se volvieron un caos. Si no era de Jehosely ni de Adam, ¿quiénes eran sus padres?
—Investigué un poco después de salir de tu oficina, pero Jehosely me tiene muy vigilado. Sin embargo, tengo una suposición y necesito tu ayuda para confirmarla. Hace años, diste a luz a un hijo, ¿verdad? —sus ojos se clavaron en los míos—. Entiendo que te dijeron que murió.
Solo pude asentir, con la garganta cerrada.
—Si Fernanda no es de Jehosely, pero sí es hija de Adam... ¿con quién tendría un hijo Adam? —Jorge se cruzó de brazos—. ¿Qué tal si Fernanda es tu hija y de Adam?
—¡No! —empecé a negar frenéticamente—. Jorge, mi bebé murió, ¡no puede estar vivo!
Editado: 10.07.2026